Entre anoche y hoy me dieron un cachetazo de realidad. No hablo de la segunda noche de la Cruzada; eso, más que cachetazo, fue un mimo de Dios, con confirmación de muchas cosas íntimas y un direccionamiento personal y para la iglesia.
Es que anoche me pasó algo realmente loco: recibo un mensaje de un “amigo/conocido” —más conocido que amigo— con quien compartimos tiempo, charlas y salidas… hace más de 30 años. Aclaro por las dudas que hace esos más de 30 años que no hablábamos ni teníamos ningún contacto.
Teníamos una relación comercial: él era vendedor en una empresa a la que la empresa donde yo trabajaba le compraba sus productos. Como en toda relación vendedor/comprador, se genera un vínculo y, junto a otro vendedor más, todos los meses salíamos a almorzar. Recuerdo que teníamos una ronda de pago donde cada mes le tocaba pagar a uno de los tres.
La cuestión es que me escribe. Me sorprendo —más por el hecho de que tenga mi teléfono—, veo que fue por estado de WhatsApp (o sea que yo también tenía su teléfono… ¿por qué tenía su teléfono?) y conversamos solo un minuto. Intercambio de saludos con el típico compromiso: “nos vemos pronto”.
Pero en esa súper mínima y rápida conversación me dice: “Estoy jubilado, pero sigo trabajando en el mismo rubro”. STOP. ALERTA. URGENTE FLASH DE NOTICIAS.
¡¿Cómo que jubilado?! ¿Tengo un “amigo” jubilado? Está bien que siempre fue mayor que yo (aclaro por las dudas), pero… ¿¿jubilado??
No sé si me dijo algo más; ya no escuché. Solo me hizo reflexionar. Siempre digo en la iglesia, más que nada cuando veo crecer a los que una vez fueron niños “hijos de…” y hoy son adolescentes o jóvenes que están sirviendo al Señor: ¿cómo hacen para crecer y yo seguir siempre igual? Misterios de la metafísica y el multiverso.
Y hoy me encuentro con este pasaje que —¡zas!— completa el sopapo:
“Betsabé fue a ver al rey en su habitación. Como este era ya muy anciano, Abisag la sunamita lo atendía en todo.” (1 Reyes 1:15)
¿Dónde quedó el David al que las mujeres le cantaban “Saúl mató a sus miles, pero David, a sus diez miles”? (1 Samuel 18:6-7)
¿Dónde estaba el “rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer”? (1 Samuel 16:12)
¿Qué pasó con el que “agarraba a los leones por la melena”? (1 Samuel 17:35)
¿Qué quedó del “dulce cantor de Israel”? (2 Samuel 23:1)
Si hay algo que no se puede detener, es el tiempo. Anoche mismo le decía eso a uno de nuestros líderes, joven él, entrando en la etapa de la plenitud de su vida (todas las etapas son excelentes; Dios “hizo todo hermoso en su tiempo” —Eclesiastés 3:11—, pero hay una etapa específica de plenitud física y mental). Le decía que preste atención a las pequeñas señales del cuerpo, que uno no tiene siempre 20 años. (La plenitud no son los 20, je…).
Otra aclaración para los que ya me están leyendo de reojo: no soy un negador de mi edad. Yo, mejor que nadie, convivo con los achaques del tiempo y la vida sedentaria. Veo día a día y paso a paso mis limitaciones. Hace más de 20 años que uso lentes. En tres ocasiones tuve que aumentar la graduación. Aunque quiera, ya no puedo leer algunas cosas (ni con lentes), y odio al que diseñó los envases de shampoo y acondicionador pensando solo en los que pueden leer: “shampoo”, “acondicionador”.
¡Y qué decir de las articulaciones! A veces me pregunto ¿por qué tengo que vivir rodeado de escaleras?
Tenemos una etapa de plenitud. Tenemos una etapa activa. Algunos más, otros menos. A medida que avanzan los años y mientras Dios nos conceda lucidez, vamos teniendo más actividad mental que física: nos ponemos más reflexivos, profundizamos y valoramos más las cosas de la vida, no nos importa tanto el qué dirán y vamos perdiendo el filtro de la corrección política.
A mis 56 empecé a escribir, algo que siempre quise pero no hubiera hecho antes. Veo, con plena conciencia, que lo que resta es menos que lo que ya pasó… y me agarra la melancolía (no pienso vivir hasta los 120, aviso).
Así que digo, me digo: “si me queda menos de lo que se fue tan rápido, ¿cuán rápido se va a ir lo que queda?” Y no quiero. Dice Santiago que la vida “ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” (Santiago 4:14)
Si te está pegando la melancolía, no es por ahí.
Si te quiere agarrar el bajón, salí corriendo.
Si pensás que me siento viejo, no me conocés o estás drogado.
Pero es necesario que entendamos que, antes de que naciéramos, el mundo ya existía, y después de morir, seguirá existiendo. Esto me compromete aún más con mi más fuerte propósito de vida: dejar huella, mostrar un camino, que, a pesar de mis infinitos errores, deje algo que edifique al otro.
Es necesario que entiendas que la vida no es “para vivirla”, sino para ser productivo y abrir un camino. En su momento de mayor desvarío, Salomón escribió:
“Alégrate, joven, en tu juventud; deja que tu corazón disfrute de la adolescencia.
Sigue los impulsos de tu corazón y responde al estímulo de tus ojos,
pero toma en cuenta que Dios te juzgará por todo esto.” (Eclesiastés 11:9)
La vida no es para vivirla. Tampoco para derrocharla. Mucho menos para perderla en vicios, lujos e inconciencias. Somos un eslabón de una larga cadena que continúa en nuestra siguiente generación. La vida consiste en abrir un camino: que tus hijos puedan seguir, que tus nietos se acostumbren a transitar, y que tus bisnietos sepan que hubo alguien que, hace mucho, pensó en ellos…
¿Qué estás haciendo con tu vida?
¿Cómo la estás viviendo?
¿Qué fruto estás dando?
¿Qué le estás dejando o pensando dejar a tus hijos y nietos?
¿Qué estás produciendo, en qué te estás desarrollando?
Dijo David, en uno de sus momentos de angustia:
“Hazme saber, Jehová, mi fin;
Y cuánta sea la medida de mis días;
Sepa yo cuán frágil soy.
He aquí, diste a mis días término corto,
Y mi edad es como nada delante de ti;
Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive.”
(Salmos 39:4-5)
Pero también, sabiamente, dijo:
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”
(Salmos 90:12)
Viví al máximo: viví con sabiduría.
Disfrutá al máximo: sé productivo en todo lo que hagas
Dejá un legado, marcá un camino, abrí una puerta que otros puedan atravesar.
