“No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver”. La negación no es un problema de esta época, sino que viene de antaño, cuando alguien se resiste, no acepta lo que está pasando a su alrededor.
“Ojos que no ven, corazón que no siente”, se solía decir también en ese contexto, avalando que es mejor no saber y ser feliz, que enterarte y amargarte. Con esa excusa se ignoraban secretos a voces, como la infidelidad, una traición, un desengaño.
Pero no siempre esa es la razón. Hay una historia curiosa de Saúl, al ser nombrado rey, donde él disimula ante la indiferencia de un grupo de súbditos, porque él mismo no se sentía rey. Claramente dice Samuel: “Aunque eras pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho jefe de las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido por rey sobre Israel?” (1 Samuel 15:17).
También está la soberbia, la arrogancia o el sentirte superior (al revés que Saúl), cuando juzgás al otro solamente porque su pecado es distinto del tuyo, y te creés con autoridad para reprender o discriminar. A lo que Jesús responde: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no miras la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3).
O los sacerdotes, que prefirieron no ver lo que Dios estaba haciendo, reconocer que Dios estaba presente, con tal de mantener su statu quo y su posición social.
Pedro y Juan estaban predicando. No hacían nada raro, ni nuevo ni distinto. A partir de Pentecostés, “todos los días no dejaban de enseñar y de anunciar en el templo y por las casas las buenas noticias acerca de Cristo Jesús.” (Hechos 5:42). Pero eso molestaba a la “religión” oficial porque la gente empezaba a seguirlos.
Lamentablemente, la política está siempre presente. Me causa mucha gracia y preocupación aquellos que piensan que la política solo es militancia partidaria, cuando está presente en el día a día de las relaciones personales y la sociedad. Cuando vamos a comprar, actuamos políticamente; si querés vender un auto, actuás políticamente; si te vas a encontrar con la consuegra o la cuñada… ¡actuás políticamente! Si se trata de una entrevista de trabajo o una inspección del asistente social, actuás políticamente. Los sacerdotes actuaban políticamente.
Entonces mandan meter presos a Pedro y Juan para que no molesten, no porque hubieran cometido un delito. Y Dios interviene: “Pero en la noche un ángel del Señor llegó y abrió las puertas de la cárcel.” (Hechos 5:19). Y, como si eso no fuera suficiente, volvieron a la plaza a predicar.
Así fue como los sacerdotes se enteran de la liberación, de la intervención divina y de que “otra vez vuelta a empezar”. Los mandan encarcelar nuevamente y les dicen: «¿Acaso no les dimos órdenes estrictas de no enseñar en ese nombre? Ahora han llenado a Jerusalén de su doctrina, y quieren culparnos de la muerte de ese hombre.» (Hechos 5:28)
¡¿…?!
¡Holaaaa…! ¡Salieron de la cárcel sin abrir los candados ni romper las cadenas! (Hechos 5:23)
¡Holaaaa…! Estás delante de una manifestación sobrenatural…
Pero no. Deciden no ver lo que Dios está haciendo.
“No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver”. ¡Cuántas veces nos hacemos los tontos ante lo que Dios está haciendo, solamente porque no es lo que esperamos o lo que nos conviene! ¡Cuántas veces condicionamos a Dios, sobornándolo con servicio u ofrendas, como si Él se dejara manipular por eso, para responder a nuestro tiempo y nuestra voluntad! ¡Cuántas veces le damos la espalda cuando no actúa según lo que esperamos, o no responde como pensamos, o porque nos confronta con nuestra realidad! ¡Cuántas veces hacemos oídos sordos o pasamos por necios indiferentes para seguir haciendo lo que nos gusta, pero no lo que Dios quiere!
No seamos insensibles a lo que Dios está haciendo.
No pongas tus cosas en primer lugar antes que las de Dios.
No temas “perder”, cuando en realidad vas a ganar.
No te hagas el tonto ante lo que Dios te está pidiendo.
Él sigue abriendo cárceles.
Él sigue rompiendo estructuras.
Él sigue asombrando a los religiosos.
Él sigue afectando el lugar donde se manifiesta.
El problema no es que Dios no actúe.
El problema es cuando decidís no verlo.
