Identidad

Inevitablemente tengo que seguir con el mismo tema que charlamos ayer. Capaz suene redundante, pero en la lectura de hoy, dos veces Dios me habló sobre lo mismo, y tampoco se trata de ser un terco caprichoso solo porque “ya hablé de eso”.

Por otro lado, sabés que me gusta romper estructuras, derribar mitos y tradiciones que no se basan en la Palabra sino en las ideas de algún trasnochado o en una mala interpretación del texto bíblico. Como te dije días atrás, la Palabra lo es todo: es la fuente de información respecto a las cosas de Dios y, no solo eso, es la que provee la doctrina. Toda enseñanza que no esté alineada con la Palabra de Dios, por mucho que la adornes, no es cristianismo bíblico.

Siguiendo el orden natural de la lectura, me encuentro con 1 Crónicas 4:10, que para algunos —para quienes tenemos más de 25 años de creyentes— fue todo un boom en revelación, intercesión, guerra espiritual, y llegó a convertirse en una superstición evangélica, un ritual comparable a rezar el rosario con sus estaciones, misterios y letanías (no quiero opinar para no ofender… pero como ritual parece un hechizo).

Allá por el año 2000, “la oración de Jabes” se convirtió en un rito de esas características. Apareció un libro que echó más leña al fuego y todos, al mejor estilo The Wall de Pink Floyd, estaban recitando esas palabras.

Lo hubiera dejado ahí, pero unos versículos más adelante, en 5:2, leo que “aunque Judá llegó a ser el más importante de sus hermanos, y el jefe de ellos, el derecho de primogenitura se le dio a José”. Otra vez lo mismo: tu condición no te define, tu origen no te limita. Dios mueve las piezas a su antojo. No se trata de derechos o privilegios, se trata solamente del cumplimiento del propósito de Dios.

¿Necesitás más señales? ¿Tiene que venir un ángel a confirmarme? No. El tema pasa por ahí.

La “famosa” oración de Jabes dice: “¡Cómo quisiera que me des tu bendición, que ensanches mi territorio, que tu mano esté conmigo y que me libres del mal, para que no sufra yo ningún daño!»
Y Dios le concedió lo que pidió.” (1 Crónicas 4:10)
El verso anterior, el 9, dice que fue “dado a luz en dolor”.

Esa es la historia de Jabes: un nacimiento complicado, un entorno tal vez igual. Seguramente una infancia compleja. Peor aún cuando su madre, cada vez que lo llamaba “Jabes”, le estaba recordando su condición (Jabes significa “el que causa dolor”).

¿Vos te imaginás que tu mamá te llame a tomar la leche diciendo: “¡Eh vos, el que me causa dolor, vení a tomar tu merienda!”?
Eso es Jabes, esa fue la vida de Jabes.

En ese contexto, una persona tiene dos caminos por delante: o se convierte en un delincuente resentido, o termina siendo una persona apocada, tímida, culposa, que piensa que tiene que pedir permiso para cada cosa que hace. Esta segunda opción parece ser lo de nuestro Jabes porque… “¡Cómo quisiera que me des tu bendición…!”, pensando que no la tenía, que no le correspondía, que nació para sufrir y para mal ejemplo, nada más.

Pero la bendición de Dios es algo que tenemos simplemente por ser pueblo de Dios. Mucho más por ser hijos de Dios. Pablo dice que Dios “nos ha bendecido con toda bendición espiritual” (Efesios 1:3), por lo tanto, la condición natural del creyente es ser bendito, no un caso excepcional. Pero para eso tenés que entender quién sos.

Jabes pensaba que él era un problema, que su madre lo culpaba, que no tenía derecho a vivir feliz.
Jabes pensaba que era maldito, porque se acostumbró a que lo llamen así.

El verso 10 termina diciendo que “Dios concedió lo que le pidió”, y ahí estaba la enseñanza errónea: si presionás a Dios, Dios te hace caso.
La realidad es que Jesús dijo: “todo el que pide, recibe…” (Mateo 7:8)

Otro punto a rebatir: ¿estamos en la misma condición y situación que Jabes?
Definitivamente no. Jabes fue “concebido en dolor”, vos fuiste hecho “participante de la naturaleza de Dios” (2 Pedro 1:4)

¿Querés más? Vamos por partes, diría…

“¡Cómo quisiera que me des tu bendición…”
Ya estamos bendecidos, según Efesios 1:3.

“…que ensanches mi territorio,…”
Génesis 13:14 dice que “todo lo que puedas ver será tu territorio”.

“…que tu mano esté conmigo…”
Romanos 8:31 dice que “Dios está con nosotros y en nosotros”.

“…y que me libres del mal, para que no sufra yo ningún daño!”
1 Juan 5:18 dice que “el maligno no toca al que es nacido de Dios”.

Todo lo que Jabes pidió como anhelo, Dios ya lo dio a la iglesia en Cristo. No se trata de repetir su oración como una fórmula, sino de reconocer quién sos.

No estás atado a tu entorno.
Tu condición no te limita.
Tu origen no te condiciona.
Sos una pieza en las manos de Dios que Dios mueve en función de su plan.

No te ates a tus limitaciones.
Conectate con el propósito de Dios.

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