Otra vez, obligado a caer en “el lugar común”. ¡Ya sé que no está mal! Es solo un tema mío, personal. Pero si esquivo este versículo, me estoy haciendo el tonto a lo que Dios nos (me) está hablando y a la dirección que nos va dando para la iglesia: ya no somos lo que éramos, ya no somos quienes éramos, somos una nueva creación y una persona nueva.
Obviamente el tema viene por ahí. Creo que estoy teniendo un nuevo nivel de revelación en este tema. Seguramente para vos no es nada nuevo, pero para mí, combinando mensajes anteriores y algunos viejos, me estoy dando cuenta de que el evangelio no es solamente una forma de vida, como se suele decir; mucho menos una religión, sino que el evangelio es una transformación metafísica y sobrenatural que no solamente nos pone delante del regalo de la vida eterna (por medio de la salvación en Cristo), sino que obra en nosotros haciendo un cambio total.
¿Conocés el mito de “la piedra filosofal”? Es un concepto legendario de la alquimia, esa seudociencia que mezclaba magia con química a principios de la Edad Media. Esas prácticas extrañas que viste en El Señor de los Anillos, o en cualquier película sobre el rey Arturo y su mentor, el mago Merlín.
Esta “piedra filosofal” (repito que es fantasioso, no existe, era un mito, creían que existía) tenía la capacidad de convertir metales comunes en oro puro. ¡Te imaginás lo que sería si pudiéramos convertir cualquier pedazo de chapa en oro!
Bueno, te cuento que en realidad existe, llegaron a fabricarlo: se llama “acelerador de partículas”, y en el año 1980 se logró convertir plomo en oro. Pero el costo es tan elevado que no tiene ningún sentido práctico utilizarlo (para 1 gramo de oro se tiene que invertir más de 100 millones de dólares).
Pero como te hablo de metafísica sobrenatural, Dios tiene la capacidad (y lo hizo) de convertirnos en algo distinto a lo que éramos, en cambiar nuestra manera de pensar, en cambiar nuestro destino y hacer de nosotros una nueva creación.
Esta nueva creación, dice Pablo, es “templo de Dios”, lo que significa, sencillamente, que Dios habita dentro nuestro.
“¿No saben que ustedes son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Corintios 3:16)
Pablo hace esta advertencia para que tengamos cuidado de lo que edificamos en nuestra vida. Dice puntualmente de lo que “sobreedificamos”, o sea, lo que construimos arriba de lo que ya está hecho, que no es otra cosa que “templo de Dios”.
Acá quiero hacer una pausa y dedicarme a los anti-iglesia. Aquellos que dicen: “¡la iglesia no es el edificio!” (es cierto); “¡la iglesia sos vos, la iglesia soy yo!” (es cierto, pero en otro contexto); “¡no necesito ir —al templo, te dicen— para encontrarme con Dios, porque Dios está en mí!” (también es cierto, pero muy mal interpretado).
La iglesia no es el edificio; la iglesia es la comunidad de creyentes que se reúnen para adorar y se dispersan para proclamar.
La iglesia no soy yo, sino nosotros en unidad. Pero el edificio ¡no es el templo!
El templo soy yo, donde habita Dios en espíritu, donde está la presencia de Dios. Así que “no vas al templo”, sos el templo, y “vas a la iglesia”, que no sos vos.
¡Ah! ¡Pero sí sos iglesia…! Cuando tomás un compromiso con Dios y con su obra.
Volvamos…
Somos el templo ambulante que contiene, sostiene, porta, lleva, transporta… a Dios.
¿Ocuparías el templo de Dios con cosas que no son de Dios?
¿Pondrías un bingo en la casa de Dios?
¿Te pregunto si pondrías un prostíbulo?
¿La usarías de salón de fiestas?
Tengo más preguntas para hacerte, pero ya entendiste el punto. ¿No?
Ya no sos lo que eras.
Ya no sos quien eras.
Ni siquiera sos una persona renovada.
Sos una nueva creación.
Una creación destinada a ser un templo: el templo de Dios.
