Cuando hablamos de mandamientos, solemos enfocarnos automáticamente en el decálogo de Moisés.
Recuerdo que, siendo aún chico y con interés por las cosas de Dios, empecé a estudiar el “catecismo”, y ahí aprendí “los diez mandamientos”:
- Amar a Dios sobre todas las cosas.
- No tomar el Nombre de Dios en vano.
- Santificar las fiestas.
- Honrar a tu padre y a tu madre.
- No matar.
- No cometer actos impuros.
- No robar.
- No dar falso testimonio ni mentir.
- No codiciar la mujer de tu prójimo.
- No codiciar los bienes ajenos.
Cuando conocí el evangelio, varios años después, descubrí que esa lista estaba incorrecta, que Éxodo la presenta de otra forma. Pero todavía hoy la tengo grabada en la memoria.
Recuerdo que nunca entendía lo de “santificar las fiestas”. ¿Había que tener un santo durante el cumpleaños? ¿Había que llamar a un cura antes de soplar las velitas? Bueno, esa es una de las características de la religión: palabras casi huecas, sin mucha explicación, pero que deben ser aceptadas como un dogma sin discusión. Parecen las “vanidades mentirosas” que dice odiar David en Salmos 31:6. ¿Por qué las odiará? Yo las odiaría porque no sirven para nada.
Pero no solo descubrí que esa lista estaba mal, sino que en la Biblia hay muchos otros “mandamientos”. No los llamamos mandamientos porque le estaríamos poniendo el manto de ley, pero siguen siendo “consejos coercitivos” de parte de Dios. O sea, esos consejos que realmente te conviene seguir para que te vaya bien, y que si ignorás, inevitablemente te va a ir mal.
No te obliga. No te condena si no los tomás. Es como en Deuteronomio, en el pasaje confrontativo de las bendiciones: “Hoy pongo a los cielos y a la tierra por testigos contra ustedes, de que he puesto ante ustedes la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida, para que tú y tu descendencia vivan.” (Deuteronomio 30:19)
¿Te obliga? ¿Es un “mandamiento”? ¿Es ley? No. Digamos que es darte la opción. Una opción bien clara que deja la decisión totalmente en tus manos, y las consecuencias de tu elección también. Es como decirte: “no digas que no te avisé”, o el popular “el que avisa no traiciona”.
Si le doy una mirada simplista, cada “recomendación” que tenga un verbo en imperativo es un mandamiento:
“No adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente…” (Romanos 12:2)
“Renuévense en el espíritu de su mente, y revístanse de la nueva naturaleza…” (Efesios 4:23)
Estos hablan de la transformación personal. Pero también están:
“Gocémonos en la esperanza, soportemos el sufrimiento, seamos constantes en la oración.” (Romanos 12:12) y “Ayudemos a los hermanos necesitados. Practiquemos la hospitalidad.” (Romanos 12:13)
En esa línea, Proverbios 9 nos “manda”: “Abandonen la necedad y vivirán, y vayan por el camino del entendimiento.” (9:6)
¿Es un consejo? ¿Es una recomendación? ¿Es una advertencia? ¿O es un mandato de la Palabra de Dios?
Escucho las voces que se van a escudar en el “yo soy así”, “es lo que soy”, “es más fuerte que yo”, “no lo puedo manejar”, “no tengo constancia”, “no soy disciplinado”, “no puedo”, “me cuesta”. Todas razones válidas y entendibles, pero aprendí a los golpes que cuando Dios te pide algo, eso es muestra de que tenés la capacidad de hacerlo. ¿Te va a pedir Dios que hagas algo sabiendo que no podés? Es ilógico, no es práctico, sería un despropósito.
Lo que sí pasa es, como hablamos anoche con los varones, que luchamos con la falta de madurez. Entonces el “no puedo” se convierte en “no persevero”; el “yo soy así” choca con “tenemos la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16); el “me cuesta” se cae ante el “por cuanto soy débil, soy fuerte” (2 Corintios 12:10).
Tenemos, tenés, tengo la capacidad de abandonar la necedad. ¿Qué es ser necio? Cabeza dura, terco, caprichoso, sin entendimiento, sin visión, mediocre, cómodo, quedado, vago, ¿tonto?
Tenemos, tenés, tengo la capacidad de “andar por el camino del entendimiento”. Simplemente, como me dijo alguien esta mañana: “me di cuenta que tengo la posibilidad, solo tengo que tomar decisiones”.
¿Cómo recibís la palabra de Dios?
¿Qué autoridad le das?
¿Entendés que es Dios hablando?
¿Es un mandato, un mandamiento, un consejo o una recomendación?
Sea lo que sea, también la Biblia dice que “al que cree, todo le es posible” (Marcos 9:23), así que tampoco tenés excusas. Tengo, tenemos, ¡tenés! la capacidad para cambiar tu condición.
