Aprender o repetir

Es un tema recurrente. Diría cíclico. Cuando se habla de política se suele decir que “los argentinos no tenemos memoria”, pero no es un tema de “argentinos”. El hombre, el ser humano, no tiene memoria.

O sí, pero tenemos una memoria selectiva. Algunos tal vez sufrimos el síndrome de Dory (Buscando a Nemo), que tenía que repetir constantemente: “P. Sherman, 42 Wallaby Way, Sydney” para no olvidarse de la única pista que tenían del destino de Nemo, porque ella padecía de memoria de corto plazo.

¿Qué cenaste anoche? ¿Qué almorzaste anteayer? No se trata de un tema de falta de memoria, sino de enfoque e interés. Recordamos lo que vivenciamos, lo que nos impacta, lo que nos cautivó… así como a veces el sistema de protección de nuestra mente borra recuerdos dolorosos para evitar repetir el sufrimiento.

¡Ay, ay! ¿Por qué pensás que estoy hablando de política? ¡En absoluto! Lo de la política es solo un detalle. Cometemos errores cíclicos porque no queremos aprender de la experiencia propia ni ajena. Churchill lo dijo así: “Aquellos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla”.

Israel era el pueblo de Dios. Pero también eran seres humanos. Ellos aún no habían leído al famoso judío del siglo I que dijo: “Es verdad que aún somos seres humanos, pero no luchamos como los seres humanos.” (Pablo de Tarso a los Corintios en su 2da Carta, cap. 10 verso 3 -¡Ja! ¡Suena más importante así!).
Así que se comportaban como humanos: ponían la mirada en lo terrenal y temporal, actuaban y respondían emocionalmente, buscaban solo su beneficio o ser suplidos momentáneamente, tenían conflictos entre ellos.

Cuando se habla de la generación del desierto se suele decir que los que conocieron a Dios murieron en el desierto, y los que nacieron en el desierto no lo conocieron; por lo tanto, se olvidaron de Dios. Esa falta de memoria y de preparación por parte de sus antepasados los llevaba a esa relación cíclica y pendular, buscando a Dios y alejándose de Él.

Así pasa también muchas veces en las iglesias, con las familias de creyentes: los padres conocieron a Dios, los hijos nacen en familias cristianas pero no experimentaron la vida sin Cristo, los padres dan todo por sobreentendido, los hijos quieren conocer “los ajos y las cebollas de Egipto” (Números 11:5)… conclusión: los hijos se alejan de Dios y tienen que pasar sus propios desiertos.

Una crisis cíclica y recurrente. Un constante volver a empezar. Un síndrome adolescente de refundar y reconstruir. Salomón, advirtiendo esto, escribió: “No traspases los límites antiguos que pusieron tus padres.” (Proverbios 22:28). Peeero… con Roboam no le sirvió, y los humanos… tenemos poca memoria.

¿Cuántos años pasaron entre el Éxodo y el reinado de Uzías? Aproximadamente unos 500. Me gusta cuando en esas series futuristas que transcurren en un supuesto siglo 24 o 25 (Star Trek Discovery llega al 32) dicen que “la humanidad ya aprendió”. Ya no hay guerras ni luchas de poder, y en todos los casos hay un único gobernante mundial (¡ups! ¡alerta de spoiler del anticristo!).

Bueno, es una serie. En la realidad… ciclos recurrentes. En medio del reinado de Uzías lo vemos a Isaías, el profeta de la corte, diciendo de parte de Dios: “Si ustedes quieren y me hacen caso, comerán de lo mejor de la tierra;…” (Isaías 1:19). ¿Querés saber, o sabés, cómo terminó la historia? No le hicieron caso. 100 años después de Isaías, Babilonia invade Jerusalén conquistándola y llevando cautivos (esclavos) a los judíos.

No aprendemos. No aprendemos de la historia ni de nuestras propias experiencias. Mucho menos aprendemos de experiencias ajenas porque somos tan maduros que “tenemos que tener las nuestras” (las que tampoco sirven de advertencia).

¿Tus padres te dijeron alguna vez: “¡Si hacés caso…!”? ¿Hiciste caso?
¿Le dijiste alguna vez a tus hijos (si los tenés): “¡Si hacés caso…!”? ¿Lo van a hacer?
Ciclos recurrentes.

¿Será que aprenderemos alguna vez?

La clave está en la madurez. En entender quiénes somos, quién es Dios y en qué consiste nuestra relación con Él. El mismo Isaías sabía esto, porque ya había dado este diagnóstico diciendo: “El buey conoce a su dueño, y el asno conoce el pesebre de su amo, pero Israel no entiende; ¡mi pueblo no tiene entendimiento!” (Isaías 1:3). Entonces, la clave está ahí:

Entender quién soy.
Entender quién es Dios.
Entender que este Dios que es Dios también es mi Padre.
Entender que, por lo tanto, soy su hijo.
Entender que, siendo hijo, estoy siendo formado.
Entender que, siendo hijo, la razón la tiene papá (¡hola…!).
Entender que, si hago caso… ¡todo me va a ir bien!

En 2:12 Isaías profetiza, enfocado en el tiempo final: “Porque el día del Señor de los ejércitos vendrá contra todos los soberbios y altivos; contra todos los que se enaltecen, los cuales serán humillados;…” ¿Quiénes son los soberbios, altivos y los que se enaltecen? Los que se creen autosuficientes, los que no escuchan consejo, los que no hacen caso… ¿su fin? “…serán humillados;…”.

¡Qué fácil sería si, simplemente, hicieras caso! (¿lo escuchaste/dijiste/respondiste alguna vez?).

Tenemos que cambiar nuestra manera de pensar. Permitirle a Dios que cambie nuestra estructura mental y de pensamientos (Romanos 12:2); renovarnos en “el espíritu” y “la actitud” de nuestra mente (Efesios 4:23).

¿A qué le hacés caso?
¿A quién le hacés caso?
¿Hacés caso…?

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