Capacidades

Estoy cerca de cumplir 60 años. Para algunos es una eternidad; otros, canchereando, dirán: “sos joven todavía”. Como sea, no me afecta en lo más mínimo… pero es un número.

Me pasa como cuando cumplí 20 y 40. Qué curioso, la cosa es cada 20… Cumplir 20 significó dejar los “dieci…”, mucha responsabilidad. Cumplir los 40 fue entrar en la “adultez estable”, otra responsabilidad. Llegar a los 60 es mirar para atrás y empezar a evaluar el camino recorrido. Y al hacerlo… ya tenés algunas cosas en claro.

Aprendí que, en algunas cosas, soy bueno. También que hay otras en las que no soy bueno. Bah… que hay otras en las que soy malo. Puede ser que haya algunas en las que “alcance los objetivos”; que no llegue a ser bueno, ¡pero tampoco tan malo, che!

Algunas décadas atrás me esforzaba por mejorar esas cosas: en las que soy medio pelo y en las que soy malo. ¡Gracias a Dios aprendí! Que se puede mejorar, siempre se puede mejorar, pero hay cosas que no vas a cambiar. Como dice el viejo dicho: “El que nace para pito, nunca llegará a corneta”.

Con los años aprendés a enfocarte en lo que realmente importa: fortalecer lo que hacés bien, no prestarle tanta atención a las cosas en las que no sos tan bueno, y al mismo tiempo dar lugar a que las haga otro, que seguramente las hará mejor.

Creo que juega un poco (o mucho) el orgullo. Esa manía de querer superar a los demás o de no pasar por menos. Esa idea extraña de que debemos ser perfectos en todas las cosas. Esa ocurrencia fantasiosa de que “todo lo que nos propongamos lo podemos hacer”. A ver… algunos se creyeron Superman y no pudieron vencer la ley de gravedad.

Sí, es cierto: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13), pero ese “todo” no incluye cosas que están fuera de tu alcance o capacidad. ¿No fue Jesús el que habló de repartir “a cada uno según su capacidad”? (Mateo 25:15).

No se puede hacer todo. No todos pueden hacer todo. No es cierto que “Haz todo lo que está en tu corazón, porque Dios está contigo” (1 Crónicas 17:2), porque en el versículo siguiente Dios corrige al profeta diciéndole: “Ve y di a David mi siervo: Así ha dicho Jehová: Tú no me edificarás casa en que habite” (1 Crónicas 17:4).
En otras palabras, no tenés que hacer “todo lo que te venga a la mano para hacer” (Eclesiastés 9:10), sino aquello para lo que fuiste llamado por Dios, para lo que Él te preparó y capacitó.

Curiosamente, mientras estaba escribiendo esto, un joven de la iglesia me habló pidiendo consejo, porque por sus ocupaciones no llega a hacer todo lo que se espera de él. Cosas que tal vez se le fueron agregando, pero que no son las que Dios quería que hiciera. El resultado es que, encima, terminás pasando por irresponsable por no cumplir con el exceso de cargas que tomaste… o que te tiraron encima.

Dice Jeremías 12:5: “Si corriste con los de a pie y te cansaste, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en tierra de paz no te sentías seguro, ¿qué harás en la espesura del Jordán?”.

Así como no se puede ser lo que no se es, tampoco se puede hacer lo que no estás preparado, capacitado, programado o dotado para hacer.
No te angusties por alcanzar lo que Dios no te pide; preocupate y esforzate por hacer cada vez mejor lo que sí te pide.

Termino con este viejo dicho atribuido a Albert Einstein:
“Todo el mundo es un genio. Pero si juzgás a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida creyendo que es un inútil.”

“Cada uno… según su capacidad” (Mateo 25:15).

Dejar un comentario