Legados

Anoche escuché una frase (soy frasero) que no solo asentí, sino que me dejó pensando. Decía este muchacho con una enfermedad terminal: “no se trata de dejar una huella, sino de dejar una marca en alguien.”
Si me conocés un poco, si me seguís un poco, sabés que el tema del legado, muy vinculado al propósito, es muy importante para mí. Ayer mismo estaba escribiendo acerca de eso: de la importancia de trascender y no solamente existir; de que la vida tiene más que ver con lo que queda de vos una vez muerto que con lo que pasa con vos estando vivo.

Obviamente, una y otra están muy relacionadas. Si en vida sos totalmente intrascendente y vivís encerrado entre cuatro paredes, aislado del “mundo contaminante”, es muy difícil que dejes una marca en alguien o que dejes un legado detrás (salvo que dejes una herencia abundante).

Hablando de herencia, legado tiene que ver justamente con eso. La herencia es lo que “se lega” a los herederos, confiriendo derechos y autoridad. Un legado, por lo tanto, tiene más que ver con la transferencia (¡no pienses en dólares!) de un bien, una enseñanza, un linaje, valores, principios, etc.

Siempre me importó el tema. Siempre me preocupó el tema. Siempre pensé en qué iba a dejar a mis descendientes, ya que no tenía —ni tengo— cosas muy interesantes o abundantes para dejar. Pero, como dije ayer, con los años uno va cambiando en cuanto al orden de prioridades y la manera de ver y entender las cosas.
Antes buscaba dejar “un camino para transitar”, “un nombre que abra puertas”, “una trayectoria a continuar”; y hoy me doy cuenta, como decía este personaje, que es más valioso e importante lo que dejás en una persona que lo que le dejás a una persona. (Encima anoche me hicieron llorar sobre eso… pero esa es otra historia).

Me di cuenta —y sigo aprendiendo— que vale más un pensamiento sembrado que unos dólares ahorrados. Que es más productivo el desarrollo del criterio y temperamento propio que la llave de un departamento, una empresa o un negocio. Que, como dice el viejo dicho oriental: “Vale más enseñar a pescar que regalar pescado” (adaptado para encajar).

Encajar… sí, también tiene que ver con el legado. Porque cuando ampliás tu visión, no se trata de impactar solamente en alguien sino en una comunidad. Tranquilo, no me creo tan influencer, pero si salgo de mi propósito personal al propósito como iglesia, la iglesia está llamada a afectar.
Tal vez no nos damos cuenta, o por mirar sin enfoque no reconocemos que solo la iglesia tiene la capacidad de transformación social, cultural y la verdadera movilidad social ascendente que tanto pregonan algunos movimientos políticos. Solo la iglesia tiene la autoridad espiritual para cambiar el ambiente espiritual y traer una transformación genuina.

Encajar… para encajar tenés que ser aceptado. Para ser aceptado, tenés que tener algún diferencial, aportar algún valor, tener algo que dar: sumar al grupo en vez de restar.
El mismo razonamiento que cuando te asociás con alguien: que sume y que no reste. Eso se conoce como sinergia: esa capacidad de potenciar las habilidades de cada uno, aumentando exponencialmente el potencial del equipo. Ya lo dice la Biblia: “Uno puede perseguir a mil, y dos hacer huir a diez mil…” (Deuteronomio 32:30)

Pero encajar tiene sus riesgos, y uno de ellos afecta directamente la calidad del legado que dejamos: el riesgo de fusionarse con el ambiente, de modo que ya no afectás, sino que solo sos uno más. Pablo lo dijo con estas palabras: “No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo…” (Romanos 12:2 NTV)
Adaptate sin amoldarte, para encajar y transformar.

¿Qué legado estás dejando?
¿Qué marca estás dejando en los que te conocen?
¿Es de esas que salen con un poco de jabón… o de las que quedan tatuadas?

¿Qué tanto estás afectando?
¿Estás influyendo en tu entorno o sos absorbido?
¿Estás mostrando un camino o siguiendo vos el camino de ellos?

¿Cómo vas a ser recordado?
¿Vas a ser recordado?

Dice Salomón: “Los justos dejan buenos recuerdos; la gente mala pronto es olvidada.” (Proverbios 10:7)
Y dijo Dios a Jeremías: “…¡Haz que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a ellos!” (Jeremías 15:19)

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