Entender mi posición es fundamental para saber cómo moverme. Saber quién soy no es solo un derecho inalienable a la identidad, sino la comprensión de la respuesta a la pregunta filosófica más debatida por milenios. Conocer mi llamado y propósito es la clave para avanzar y desarrollarme, escapando del conflicto de Hamlet del “ser o no ser”.
El saber quién soy me da seguridad. Saber quién soy me afirma y establece. Cuando vos sabés quién sos, no necesitás proclamarlo, recordarlo ni reclamarlo. Cuando sabés quién sos, se nota y lo transmitís; no tenés temor a perder tu lugar.
Por eso, cuando sabés quién sos, no te molesta estar bajo autoridad. No tenés problema en “arremangarte” y servir. No te incomoda asistir a los demás. Cuando sabés quién sos, quién te llamó y cuál es tu función y propósito, te comportás como el centurión que, reconociendo su propia posición y autoridad —porque él mismo tenía hombres bajo su mando (Mateo 8:9)—, no se sentía menos por ponerse por debajo de Jesús, un simple maestro judío con fama de milagrero. Ese que, sabiendo bien quién era, el poder que tenía y a qué vino, dijo que: “…no vino para ser servido, sino para servir,…” (Marcos 10:45)
Servir a Dios es una respuesta natural a lo que Dios hizo por mí. No puedo pagarle, pero debo agradecerle, y no hay mejor agradecimiento que cumplir el rol que me asignó y para el que me preparó.
Servir a Dios eleva mi posición, porque entro en la nómina de la élite de Dios.
Servir a Dios me coloca en un lugar más alto; me convierte en un “oxímoron” viviente (como hablamos días atrás), porque, de repente, ser sirviente me pone por encima de los demás. (No tiene nada que ver con los que se la dan de “gran siervo del Señor”).
No por nada Jesús dijo que “Hay más dicha en dar que en recibir.” y también: “El que quiera ser grande entre ustedes será su servidor.” (Hechos 20:35; Mateo 20:26)
Servir es dar, y tanto en servir como en dar se activa el principio de siembra y cosecha. Sí, sé que suena raro, pero si querés ser grande tenés que servir a Dios sirviendo a los demás; y si decidís humillarte siendo sirviente de los demás, terminás quedando por encima.
¿Te acordás de… “Dios… da gracia a los humildes.” y “…el que se humilla será enaltecido.”? (Santiago 4:6; Lucas 14:11)
¿Sabés qué otra cosa te pone en una posición superior? Bendecir. Dice Hebreos 7:7: “Y nadie puede negar que el que bendice es superior al que recibe la bendición.”
Podría inventar un versículo (¡alerta religiosos!) y decir: “Si alguien quiere ser grande entre los hombres, que los sirva y los bendiga.”
Bendecir te coloca en una posición superior, porque solo el que está en una posición superior tiene la capacidad de bendecir.
¿En qué posición estás? ¿En qué nivel te ubicás?
¿Cómo te “autopercibís”? ¿En posición de dar o de recibir?
¿Qué lugar ostentás o anhelás alcanzar?
Serví… da… bendecí…
No se trata de subir, sino de bajar.
No se trata de destacar, sino de reflejar.
No se trata de tener un título, sino de tener propósito.

Es un privilegio servir a Dios , sirviendo a los demas. Bendiciones
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Amén!
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