¡No podés hacer nada para ganarte el cielo!
Es una frase bastante común: “fulanito se ganó el cielo”, decimos cuando vemos una persona esforzada, que pone a otros en primer lugar, que es uno de esos héroes anónimos, que cuida a sus padres enfermos o incapacitados, que renuncia a sus deseos para asistir a otro, que dedica su vida entera a la beneficencia o a una buena obra…
Venimos de la cultura del sacrificio personal. El judaísmo y el cristianismo tradicional nos inculcaron el concepto del sufrimiento como camino a la salvación. Hay una cuota de verdad, pero no es en forma lineal. El sufrimiento que pases en cualquier área se convierte en una escuela que forja tu carácter y te fortalece para avanzar; al mismo tiempo, la bendición de Dios y la salvación no evitan el sufrimiento, ya que Jesús dijo: “En el mundo tendrán aflicción” (Juan 16:33). Y no fue en modo potencial ni condicional, sino una afirmación a futuro.
Pero… gracias a Dios por los “peros”… no es un concepto ambivalente: no se requiere el sufrimiento para ser salvo ni para alcanzar bendición. Una cosa no implica la otra, aunque suelen andar juntas en el proceso de la transformación.
Por eso es inútil pensar o pretender determinados méritos para alcanzar el favor de Dios. Repito: no podés hacer nada para ganarte el cielo. La gracia invalida el esfuerzo, aunque el esfuerzo agradece la gracia. La fe supera a las obras, aunque las obras demuestran la fe.
A ver, pongamos las cosas en claro y “los puntos sobre las íes” (para no olvidar las viejas frases de las abuelas). Valoro el mérito. Respeto el mérito. Busco el mérito. Reconozco el mérito. Creo que las posiciones en la vida se alcanzan por medio del mérito; que tenés que merecer (mérito) el lugar al que aspirás, el sueldo que querés, el auto o la casa que esperás. Creo que la verdadera justicia social consiste en que cada uno “reciba lo que merecen sus palabras y sus hechos” (Romanos 2:6), y que por medio del esfuerzo, sacrificio personal y compromiso, avancemos en la vida, tanto natural, espiritual como ministerial.
Pero… (otra vez un pero) el favor de Dios pasa por otro camino, no paga peaje (¿o sí?) y va por colectora.
Sí, leíste bien: el crecimiento espiritual también depende del esfuerzo y del sacrificio personal. La búsqueda de Dios requiere de ambos, y el renunciamiento a la carne es parte de esa entrega. Si los viejos carros decían que “todos ven mi progreso pero no mi sacrificio”, del mismo modo aplica a crecer en el Señor. Jesús lo dijo con estas palabras: “El que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).
“Sos salvo por gracia, sin merecerlo, y eso lo obtenés por fe, por creer sin ver” —dice mi propia versión de Efesios 2:8— que nos muestra que… no podés hacer nada para ganar el cielo.
El autor de Hebreos lo dice de esta manera: “Él [Jesús], por medio de una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los santificados.” (Hebreos 10:14)
¡“Para siempre”! ¿Te das cuenta? “Para siempre”. (Uh… se armó debate)
Fuiste perfeccionado por medio de la fe en la sangre de Jesús, y ya no hay para vos condenación, ni tenés que pagar ni hacer ningún esfuerzo adicional (Romanos 8:1).
Solo tenés que —sí, algo hay que hacer— ser un santificado. ¿Cómo se hace? Muy fácil. No se trata de vivir encerrado. No es suficiente con orar todo el día. No alcanza con vivir en la iglesia. No sirve que te vistas del año 50 ni que regales la tele, la compu y el celular. No se trata de normas y religión, sino de haber sido apartado para Dios (definición de “santo”).
Ya no vivas según tu criterio: seguí la Palabra de Dios.
Ya no actúes según tu razón: seguí los principios de Dios.
Ya no priorices tus propias metas: priorizá el Reino de Dios.
Ya no menosprecies lo que Dios te dio e hizo por vos: ponelo en primer lugar.
Ya no vivas a Dios en función de tus tiempos y compromisos: que tus compromisos y tiempos giren alrededor de la obra de Dios.
Ya no sirvas ni congregues cuando todo se acomoda o te venga bien… convertite en siervo de Dios.
