Poderoso

¿Somos realmente conscientes de quién es Dios y su poder?
Hablamos de esto hace pocos días en la iglesia, y también en una reflexión, acerca del peligro de no conocer a Dios. Dios decía, por medio de Oseas, que “el pueblo muere, se pierde, es destruido… por carecer del conocimiento de Dios” (Oseas 4:6).

A veces creo que canso diciendo (lo que también dije ese día) que tenemos que cambiar nuestra manera de pensar acerca de Dios. Pero, a medida que avanzo en la lectura de la Biblia, vuelvo al mismo punto: me parece que no nos damos cuenta del poder, la magnitud, la capacidad y la soberanía de Dios.

Sí conocemos las historias, sí tenemos y escuchamos testimonios, sí vemos lo que Dios hace y se convierte en una muestra de lo que puede hacer. Cada cosa que Dios hace es una muestra de su omnipotencia y sienta jurisprudencia espiritual, de que eso mismo lo puede y volverá a hacer.

Pero una cosa es conocer una historia, escuchar un testimonio, compartir el propio, y otra muy distinta es el día a día. Cada día nos topamos con nuestras miserias, fracasos y debilidades. Cada día luchamos con la limitación de una mente humana y natural que nos deja entre la espada y la pared, ante el problema y la solución. Al presentarse un conflicto… ¿acudimos a Dios? ¿pensamos en Él? ¿esperamos en Él? ¿confiamos en Él?

Esa mentalidad humana que nos acompaña y que, a pesar de ser transformados, sigue estando con nosotros, puede querer (quiere) recuperar su autoridad y meter mano por su cuenta en resolver situaciones, lo que no está mal.

No está mal. Está más que bien cuando funciona sujeta a lo que Dios guía; está más que bien cuando entendemos que tenemos una participación activa y que la postura pasiva no es para la iglesia; pero está totalmente mal cuando olvidamos, ignoramos o le damos la espalda a la voluntad y el poder de Dios.

Apocalipsis es un libro bastante particular. Tiene mucho misterio y genera cierta atracción por eso mismo. Pero, quitando todo ese misterio y misticismo, Apocalipsis es la “revelación de Jesucristo” (Apocalipsis significa “Revelación”) y así mismo se presenta en 1:1: “Esta es la revelación de Jesucristo…”. ¿Qué se revela? El mensaje para los tiempos finales y a Jesús ya no como maestro, ni en la cruz, ni siquiera resucitado, sino como rey victorioso.

En esta revelación, Jesús se va presentando a las iglesias y en cada saludo muestra un aspecto de su grandeza. Cuando le toca el turno a la iglesia de Filadelfia, le dice: “Así dice el Santo y Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie puede cerrar, y cierra y nadie puede abrir…” (Apocalipsis 3:7).
“…el que abre y nadie puede cerrar, y cierra y nadie puede abrir…”.

Esto me conecta automáticamente con Isaías 14: “Todo se hará tal y como lo he pensado; todo se confirmará tal y como lo he decidido” (v. 24); “Si lo ha determinado el Señor de los Ejércitos, ¿quién podrá impedirlo? Si él ha extendido su mano, ¿quién podrá detenerla?” (v. 27). O la vieja declaración del cántico de Moisés después de cruzar el mar y liberarse del ejército de Faraón: “Mijamoja Elim Adonai” (“¿Quién como tú, Señor, entre los dioses?”, Éxodo 15:11).

Dios es el que abre y nadie cierra, y quien cierra y nadie puede abrir.
Te lo digo más simple: si Dios abre una puerta, nadie la puede cerrar; si Dios cierra una puerta, nadie la puede abrir.
¡Te lo digo más simple! Nada ni nadie puede alterar lo que Dios hizo y decidió hacer.

¿Fuiste salvado?
¿Fuiste comprado?
¿Fuiste redimido?
¿Fuiste llamado?

¿Puso Dios su Espíritu en vos?
¿Te dio el Señor dones, talentos?
¿Te encomendó una tarea, te dio una visión?
¿Te marcó un rumbo, te dio propósito?

Dios es el que abre y nadie cierra, y quien cierra y nadie puede abrir.
Si Dios abre una puerta, nadie la puede cerrar; si Dios cierra una puerta, nadie la puede abrir.
Nada ni nadie puede alterar lo que Dios hizo y decidió hacer.
Nada ni nadie puede alterar lo que Dios quiere hacer y va a hacer con vos.

“Tú, Señor, cumplirás en mí tus planes; tu misericordia, Señor, permanece para siempre. Yo soy creación tuya. ¡No me desampares!”
(Salmo 138:8)

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