“5 estrellas”

¿Sabías que un hotel de Dubái ofrece la habitación más cara del mundo? Vale USD 100.000 la noche y es usada por millonarios (o billonarios), estrellas famosas (top), reyes y presidentes del mundo. Las habitaciones de este tipo son verdaderamente asombrosas: algunas son más grandes que un departamento promedio y tienen lujos difícilmente de encontrar en una vivienda familiar (¡salvo que seas narco!).

Todos los hoteles cinco estrellas del mundo tienen alguna habitación superior, que normalmente se llama “suite presidencial”, “suite real”, “suite monarca”, etc., o lleva el nombre de algún visitante famoso que la habitó.
Sin hacer elitismo, se considera que la investidura de la persona exige comodidades y lujos diferentes al resto. Podemos discutir sobre esto, pero lo que no podemos discutir es que… “el que tiene plata la gasta como quiere”.

Hay alguien que tiene plata, mucha plata. Tiene más de la que tuvo Ricardo Fort, más que Amalia Fortabat y más que Elon Musk, Bill Gates y Mark Zuckerberg juntos. Se dice de él que es “dueño del oro y de la plata” (Hageo 2:8). No solo eso, sino que Moisés dice que “…los cielos, y los cielos de los cielos, y la tierra, y todas las cosas que hay en ella, son del Señor tu Dios” (Deuteronomio 10:14), y David redondea el concepto diciendo que “¡Del Señor son la tierra y su plenitud! ¡Del Señor es el mundo y sus habitantes!” (Salmo 24:1).

Sí. Dios es el más rico, poderoso y, en Cristo, el “Rey de reyes y Señor de señores” (Apocalipsis 19:16).
Entonces, ¿en qué hotel se alojaría? ¿Qué habitación sería digna de él? ¿Cuánto valdría el lugar acorde a sus requisitos e investidura?

Salomón se topó con esa duda y se le presentó un conflicto: “…los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (1 Reyes 8:27).
Y eso teniendo en cuenta que la construcción del Templo fue “el buque insignia” de su reinado (lo que iba a dejar una huella, por lo que sería recordado, aquello en lo que “se ponen todas las fichas”).

Él había dicho: “No voy a refugiarme en mi casa, ni voy a entregarme al descanso; no me permitiré un momento de sueño, ni pegaré los ojos para dormirme, hasta que el Señor, el Poderoso de Jacob, tenga un lugar digno en el cual residir” (Salmos 132:3-5).

No existe sobre la tierra un palacio, casa o suite que sea realmente digna para habitación de Dios, pero… (¡te dije que siempre hay un pero!).
Pero Dios no pensaba así…

Dijo Jesús: “El que me ama obedecerá mi palabra y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (Juan 14:23), lo que Pablo confirma diciendo: “¿No saben que ustedes son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Corintios 3:16).

Sinceramente, me quedé sin palabras. Podría ahora llevar esta reflexión a que te veas a vos mismo, que te preguntes si creés que estás a la altura de una habitación real de cien mil dólares; si creés que sos digno de que Dios habite en vos y si realmente le ofrecés los lujos y comodidades dignas de un rey… ¡y qué rey!

Pero siento que, como digo, ya no hay palabras… Está todo sobre la mesa. Sos un paquete de huesos y carnalidad al que Dios eligió como habitación, como vivienda, para que seas hijo y pueblo, y sea él tu Dios.

¿No deberíamos mantener la limpieza y el mantenimiento extremo de esta suite?
¿Deberíamos permitir que sea desordenada, invadida, o peor aún, que se le roben cosas?

Y también… ¿podemos permitir que alguien considere “poca cosa” a la casa que Dios eligió?

Sos pueblo de Dios.
Sos hijo de Dios.
Sos templo de Dios.
Sos casa de Dios.
Sos habitación de Dios.

No, no sos digno, pero él te eligió. Te hace justo y exalta tu condición.

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