Dios busca a personas de carácter determinado. Puede ser que suene controversial o elitista, pero el “doble ánimo” choca con el llamado y el alcance del propósito.
¿Estoy diciendo que Dios rechaza a la gente que tiene conflictos de identidad o de baja estima? No, para nada. Estoy hablando de llamado, de esos casos particulares en los que Dios tiene un propósito específico con alguien para alguna tarea en particular.
No, no te enojes, no contradice la idea de que todos fuimos creados con un propósito y para ocupar un lugar exclusivo. El problema es que, a veces, algunos rechazan ese llamado o lugar por no dejarse tratar y procesar por Dios. En definitiva, el concepto del libre albedrío existe, es real, y deja en nuestras manos, en nuestra voluntad, la capacidad de decidir; de decidir si respondemos o no.
Todos fuimos creados para algo especial. Hay un lugar o una función, tanto en el mundo natural como en el espiritual, que tiene tu forma, tu manera, literalmente hecha a tu medida… No, perdón. La función no está hecha a tu medida, sino que vos estás hecho a la medida de la función.
Por eso Romanos 8:28 declara con total impunidad: “…sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito”.
Todos somos iguales delante de Dios, solo que a veces Dios tiene planes muy puntuales, y obra y exige un comportamiento así de puntual.
Dios busca a personas de carácter determinado. No de un “determinado carácter”, sino un carácter determinado. Enfocado. Firme. Perseverante. Insistente. ¿Terco? Y… ponele.
La terquedad tiene una doble moral: cuando está aplicada para alcanzar una meta o cumplir un propósito, se convierte en virtud.
Isaías lo dice claramente: “Al de carácter firme lo guardarás en perfecta paz…” (Isaías 26:3).
Santiago, como te mencioné más arriba, dice que “los que tienen un ánimo inestable no esperen recibir nada del Señor” (paráfrasis de Santiago 1:6-8).
Salomón no se queda atrás diciendo: “Tus ojos miren lo recto y dirigí tu mirada a lo que está frente a vos” (paráfrasis de Proverbios 4:25).
Dios busca, llama, a quienes tienen (¿tenemos?) un carácter firme y determinado, que tienen una idea clara de dónde quieren llegar, que se aferran a una convicción y no la sueltan, y no se dejan ser “llevados de acá para allá por cualquier ideología o doctrina” (paráfrasis de Efesios 4:14).
David lo dice de esta manera: “Amas el bien y odias el mal. Por eso te ha escogido Dios, tu Dios, y te ha colmado de alegría más que a tus compañeros” (Salmos 45:7).
Otra vez el mismo patrón: alguien fue elegido por su convicción y determinación, y eso le dio ciertos privilegios, a diferencia de los demás.
¿Valdrá la pena tener un carácter firme?
Aun Pablo, siendo enemigo del evangelio, fue “dedocratizado” (elegido a dedo) por la firmeza de sus convicciones, aunque por estas perseguía a los cristianos para encarcelarlos (y si los mataba, mejor…).
Tendría que hacerte la pregunta engañosa, jugar con la seducción y manipular tu hambre de reconocimiento, posición o simplemente beneficios. Pero me limita el desafío que lanzamos ayer: no actuar por impulsos, pensar antes de actuar; no ser caprichosos; entender que las cosas de Dios se hacen a la manera de Dios; renunciar a la dependencia afectiva, emocional y efectiva, y depender solo de Dios y no de personas, situaciones o cosas…
Así que voy al punto:
¿Qué tan firmes son tus convicciones?
¿Qué tan determinado es tu carácter y comportamiento?
¿Te dejás arrastrar por modas, ideologías o tus propias emociones?
¿Cuáles son tus metas?
¿Y tu llamado?
¿Y tu propósito?
Dios elige a las personas… de carácter determinado, perseverante, firme…
