Cuando Dios libera a Israel de Egipto lo primero que hace con ellos es darles identidad, luego pertenencia y después propósito. Esto comenzó con Moisés al presentarse ante él como “el Dios de sus antepasados” (Éxodo 3:6).
No puede haber pertenencia sin identidad y no puede haber propósito sin ambas. Si trabajás por una meta o encarás un proyecto sin saber quién sos y a qué o a quién pertenecés, esa meta siempre será temporal. Por un tiempo la tomarás como propia… hasta que pase a manos de otro.
Israel estaba perdido, desorientado. Estaban ubicados en su función, pero estaban distorsionados en su esencia e identidad: se sabían esclavos; se acordaban que “habían sido” el pueblo de Dios o, por lo menos, los descendientes de alguien que fue llamado “amigo de Dios” (Isaías 41:8; 2 Crónicas 20:7; Santiago 2:23). Entendían y aceptaban (no les quedaba otra) que su función era hacer ladrillos, pisar paja, mezclar barro y pasar a la imaginación histórica como los místicos constructores de las pirámides o algún otro edificio para gloria de Ramsés.
Esa fue la razón —y esto lo hablamos muchas veces— de por qué Dios sacó a Moisés de Gosén y se ocupó de que fuera educado en palacio. Dios quería un líder con visión de reino y no un esclavo revolucionario para sacar a Israel de la opresión.
Al sacarlos de Egipto, antes en realidad, les fue devolviendo su propia herencia cultural. Tené en cuenta que por 400 años se formaron entre egipcios. La voz de Dios se había apagado y todo era Ra, Amón y Osiris…
Lo primero fue mostrar que no solo vivían en otro lugar, sino que eran distintos.
Cada una de las diez plagas marcó esa diferencia. Mientras en Egipto había hambre, peste, mosquitos, ranas, granizo, oscuridad y muerte, en Gosén (el “barrio” donde vivían los hebreos) todo era calma, provisión y paz (Éxodo 8:22; 9:4; 9:26).
Hasta que llegó la última, donde Dios los unió a los egipcios en la misma crisis: todos los primogénitos iban a morir (Éxodo 11:4–6; 12:12).
Y otra vez a marcar la diferencia. Eran lo mismo, pero eran distintos. Estaban bajo la misma condena, pero algunos tenían una alternativa: unirse bajo la sangre del cordero sacrificado y así ser “salteados” por el ángel de la muerte (Éxodo 12:7, 12–13, 23).
Cuando por fin cruzan el mar empieza la nueva vida. Ahora le toca el turno a la organización. Ya no eran esclavos de Egipto, ahora eran el pueblo de Dios; ya no hacían ladrillos, ahora tenían que hacer una nación.
¿Creés que eso es fácil? ¿Cuántos años llevamos los argentinos buscando una identidad propia y un bien común?
Organizarse llevó tiempo. Aprender a convivir, un poco más. ¿Si hubo problemas? ¡Obviamente! Si en 200 años no nos pusimos de acuerdo en ser liberales, conservadores, socialistas, comunistas, socialdemócratas o de la turbia “tercera posición”, ¿querés que ellos en menos de 40 ya vivan en paz y amor?
¡Eran gente! Y la gente… es gente.
Pero eran uno, una sola nación. Tenían un guía, tenían un norte, tenían un idioma, tenían un templo, tenían un Dios…
Aunque no dejaban de ser todos distintos.
Unidad no es uniformidad. Esto me hace acordar de las disputas eternas entre las doctrinas cristianas y entre las denominaciones evangélicas:
Discutimos por el bautismo, por la salvación, por el arrebatamiento, por la tribulación.
Discutimos por los rituales, por la doctrina, por las luces, la música, la corbata o el pantalón.
¡Si hasta discutimos si hay que dar un beso o dos!
Pero por mucho que discutamos (y aunque no lo entendamos), somos uno en Cristo, una sola iglesia con “una fe, un bautismo y un Señor” (Efesios 4:5).
¿Anula eso nuestra individualidad?
¿Ser distintos anula nuestra unidad?
Ni una cosa ni la otra.
Unidad no es uniformidad, sino que unidad es: “un montón de distintos que se ponen de acuerdo en una meta en común y hacen de ella su razón de ser y existir”.
Estaban haciendo una nación, aunque eran distintos.
Eran todos distintos, pero estaban haciendo una nación.
Ser distintos les ayudó a organizarse. Les sirvió para reconocerse e identificarse. ¿Reconocerías a un cordobés entre los porteños? ¿Diferenciás a un riojano de un correntino? ¿Empanadas salteñas, tucumanas o las verdaderas?
Las diferencias no rompen la unidad sino que le aportan valor, sabor, distinción y unicidad. Las diferencias hacen que la unidad sea “única y especial”.
Así, siendo uno pero distintos, se agrupaban por su tribu, con su bandera, colores y estilos, y ocupaban el lugar que les tocaba alrededor del santuario y en la formación de avanzada:
“Los israelitas deberán acampar a cierta distancia alrededor de la tienda del encuentro, cada uno bajo su propia bandera y con los distintivos de su propia familia.” (Números 2:2)
Alguien dijo alguna vez: “Naciste original, no mueras como una copia”. Y si bien hay una etapa en la vida en la que necesitamos mirar a alguien como referente o a quien buscamos imitar, eso queda entre las “cosas de niño” que debemos “dejar atrás” (1 Corintios 13:11).
No busques parecerte. Sé quien sos.
¿No te gusta quien sos? Cambiá.
¿Querés ser como el otro? ¿Y quién va a ser “vos”?
¿Hay cosas buenas para imitar? Sumalas a tu identidad.
Tu diferencia tiene un sabor que otro no tiene, y junto con el otro lográs algo imposible de imitar.
Sé quien sos.
Y si no sabés quién sos… empezá a ser el que debés ser.
