¡Qué casualidad que me cruce con esta palabra cuando, justamente, Dios me viene hablando de esto! (No hay casualidades en Dios). Desde hace varios días, el Señor me viene hablando, confrontando y molestando acerca de la responsabilidad que tenemos como iglesia.
Justamente el sábado tocamos ese tema. El mensaje se llamó “Responsables“, precisamente porque tenemos que hacernos cargo del lugar, la posición y el llamado que tenemos como cristianos. ¡Ah! ¿No sabías? Mirá, si Dios te hubiera salvado para llegar al cielo, en el momento en que aceptaste a Cristo debería haberte llevado con Él. No lo imagino a Dios jugando con los humanos como ratoncitos de laboratorio, escapando del laberinto del pecado…
Así que, si fuiste “salvado”, es para hacer algo: “ser sal, ser luz, impactar, adaptarte sin amoldarte para encajar y transformar”.
La responsabilidad de compartir el mensaje incluye la manera de hacerlo. Esto obliga a “empaparse” de las últimas modas y tecnologías para estar acorde y ser aceptados. Tal vez esto te resulte un poco chocante y molesto, pero sí, tenemos que adaptarnos a los tiempos que corren para poder compartir el único mensaje que salva y puede transformar.
¿Irías en pleno siglo 21 a predicar a la plaza del barrio, megáfono en mano?
¿Usarías, maestro, el viejo “franelógrafo” para dar una clase de Escuela Dominical?
¿Pasarías las canciones, textos o imágenes usando las queridas “filminas” del “retroproyector”?
Así como nos adaptamos a todo eso, también tenemos que adaptar las formas y la tecnología.
Tal vez también te incomode, pero el mensaje rígido de púlpito de madera sirve para el cristiano modelo RV60… pero para las generaciones actuales es denso, rígido, distante, aburrido.
¡Ya sé! ¡Que aprendan o se vayan! Después de todo, la Biblia dice que es mejor ser pocos pero buenos y que Dios busca una “manada pequeña”. ¿No?
¡No! El llamado, la gran comisión, es “a todo el mundo… a cada criatura”. Como Pablo, que no tuvo ningún problema en usar una imagen para presentar a Cristo: “…de este Dios no conocido les vengo a predicar” (Hechos 17:23).
El mensaje que compartimos es tan importante que el mensajero pasa a ser más importante que el mensaje (no, esperá, no me condenes todavía). No es más importante para dejar al mensaje en segundo lugar, sino para entender que, según su desempeño, el mensaje será recibido… o rechazado.
Por eso debemos estar preparados. Si vas a incursionar en medios digitales, aprendé un poco de oratoria, lenguaje corporal o técnicas de comunicación. Lo mismo para predicar en la iglesia. Si te interesa que el mensaje se reciba y llegue… poné el condimento necesario.
¡Cierto! Ya te estoy escuchando: “el condimento es el Espíritu”, “el que convence es el Espíritu”, “el mundo nada sabe”.
Verdad a todo eso… pero, para que te escuchen, vas a tener que presentar algo atractivo (¡le estoy dando letra a mis haters como nunca!).
Y acá viene la vuelta de hoja: tenés que adaptarte, involucrarte, aprender técnicas y manejar las nuevas tecnologías… pero no tenés que copiar lo que ellos hacen.
No se trata de “no parecer cristiano”, sino de “parecer alguien normal”.
Creo (otra más) que lo que diferencia a un cristiano de un no cristiano, sin mencionar la salvación, es la esperanza que tenemos por delante. Nada más.
¿Por qué vestirnos raro?
¿Por qué hablar en neutro?
¿Por qué usar un léxico extraño?
Me enorgullezco de los jóvenes de nuestra iglesia: ¡son normales! Pero con hambre de Dios.
Así que no se trata de imitar. No se trata de copiar. Se trata de ser genuinos.
No se trata de suavizar el mensaje, sino de hablarlo en “argentino”.
No es cuestión de copiar las palabras o temas “del mundo”, sino de lo que sabemos, entendemos y manejamos bien.
Lucas Leys dijo hace muchos años: “Naciste original, no mueras como una copia”.
Yo te digo: no seas una imitación barata de lo que no conocés ni entendés.
¡No somos buenos para hacer cosas “mundanas”!
Pero sí lo somos para mostrar que “se puede vivir de otra manera”.
Jesús contó la parábola de un mayordomo que iban a despedir de su puesto. Como se las vio mal, buscó cómo quedar bien con los acreedores de su patrón. ¿Estuvo bien? No. Es delito de defraudación y estafa.
¿Por qué lo hizo? Para conseguir trabajo (no creo que se lo hayan dado).
¿Qué dijo Jesús?
Siempre decimos: “antes de tomar una decisión preguntate qué haría Jesús en tu lugar”. Bueno, ¿qué hizo Jesús? Lo elogió.
Lo elogió por su astucia, no por su proceder; por su rapidez, no por la manipulación. Y dijo:
“…cuando se trata de sus propios negocios, los que pertenecen al mundo son más listos que los que pertenecen a la luz.” (Lucas 16:8)
No vas a poder superarlos en su terreno.
No vas a poder igualar su capacidad.
No porque no tengas “tu” capacidad,
sino porque no es lo tuyo.
Debemos adaptarnos sin amoldarnos para encajar y transformar.
Pero no debemos “amoldarnos a este mundo”, sino ser “transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento” (Romanos 12:2).
Tenemos un llamado.
Tenemos una responsabilidad.
Poné lo mejor… pero no quieras imitar a los demás.
