Cuando le pedís algo a Dios, Dios te responde. A veces tarda más o menos, pero te responde.
Es un principio bíblico: “pidan y se les dará, busquen y hallarán… porque todo el que pide recibe y todo el que busca, encuentra” (Mateo 7:7–8)
Es cierto que a veces hay algunos condicionales. Hoy hablamos de eso en la reunión especial de último domingo: hay que pertenecer, hay que permanecer, hay que perseverar.
Dice Hebreos, y me tomo de eso, que “la perseverancia, y hacer la voluntad de Dios, es imprescindible para recibir lo esperado y prometido” (Hebreos 10:36)
Pero cuando le pedís algo a Dios, Dios responde.
A veces no es como vos querés. Dios responde en la forma en que él considera apropiada.
A veces no es en el tiempo que vos querés. Así como Dios tiene sus formas, también tiene sus tiempos.
Pero cuando le pedís algo a Dios, él responde.
Como mucho, o como si fuera poco… de mínima, te da una palabra…
“Cuando los israelitas le pidieron al Señor que los librara de los madianitas, él les envió un profeta que les dijo: «Así dice el Señor, Dios de Israel:…” (Jueces 6:7–8)
Cuando le pedís algo a Dios… aunque no sea en tu tiempo ni a tu forma, Dios te da una palabra.
Y una palabra no es poca cosa.
Con una palabra Dios creó todo lo conocido. Con una palabra Jesús sanó a un ciego y resucitó a un muerto. Con una palabra Pablo y Pedro manifestaron el poder de Dios.
Una palabra…
¿Qué le estás pidiendo a Dios?
¿Le estás pidiendo algo a Dios?
¿Se está demorando eso que estás pidiendo y esperando?
Revisá tu correo, ajustá tus oídos, afiná tu mirada, prestá atención a lo espiritual… cuando le pedís algo a Dios… Dios te envía una palabra.
