El mundo está dividido en dos clases de personas.
No. No hablo de hombres y mujeres.
No. No hablo de ricos y pobres.
No. No hablo de Oriente y Occidente, ni norte y sur…
Ni tampoco estoy hablando de capitalismo y socialismo, ni de derecha o izquierda, ni de religiosos o ateos, ni de cristianos, judíos o musulmanes (ahí serían tres). No.
Digo que el mundo se divide entre salvos y no salvos, seguidores o religiosos, cristianos o no cristianos.
Jesús vino a abrir una brecha en el mundo natural y espiritual que no te deja opciones: o estás con Él o no lo estás; o le creés a Él o a vos mismo; o vas al cielo o al infierno (ups… lo dijo).
Ya lo dijo Jesús: “El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12:30).
¿Suena muy drástico? ¿Es algo chocante?
Bueno, eso es el evangelio. No. No es solamente algo chocante y drástico (aunque lo es), sino que el evangelio es una confrontación constante.
Jesús no te deja opciones. No existe un término medio. Y aunque en la revelación de Dios hay una infinita gama de colores, el gris no es la opción que Jesús te da: es uno u otro, blanco o negro, sí o no.
Hay un evangelio que quiere acomodarse a los demás. Es el evangelio de la tibieza y la neutralidad. Es el que dice que “todas las opiniones son respetables y válidas”, cuando en todas las áreas de la vida, para tener voz y voto, hay que ganarse el lugar.
Es el evangelio que no quiere incomodar; que, con la excusa de ganarse a los demás, se amolda a los demás, diluyendo así el mensaje que quiere dar.
¿La gente te escucha por ser igual a ellos? ¿O te acepta por ser cercano?
¿Te respetan por ser uno más o por hacer valer tus convicciones?
Sí, ya sé. Justamente me acusan de todo eso. Pero yo no enseño “amoldarse”, sino justamente lo contrario: “adaptarte sin amoldarte para encajar y transformar”.
Es lo que insinúa Pablo al decir: “Me he hecho a los judíos como judío…; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley…” (1 Corintios 9:20-22). Y también cuando habla del “Dios no conocido” en Atenas (Hechos 17:23).
(¿Estoy teniendo un déjà vu o esto ya lo escribí?)
Ser cristiano no te permite ser neutral. Como en la guerra espiritual, ser cristiano significa haber elegido un bando y permanecer de ese lado (y, en este caso, el lado ganador).
¿Por qué entonces te incomoda ser diferente?
¿Por qué procurás ser aceptado o incluido?
¿Por qué cuidás tu léxico para que no se note que sos cristiano?
¿Sos cristiano… o solo evangélico?
Jesús no fue aceptado masivamente. Estaban los que lo seguían y los que lo rechazaban. Los que lo aceptaban y los que lo condenaban. La comunidad no era indiferente a la presencia de Jesús. Por bien o por mal, Él se hacía notar y, por bien o por mal, se hablaba de Él.
Siendo testigo de esas diferencias, Juan escribe: “Hubo entonces división entre la gente a causa de él” (Juan 7:43).
No temas ser diferente. Temé ser uno más.
No temas generar debate. Temé pasar desapercibido.
No temas no ser aceptado. Procurá ser valorado por tus valores y tu convicción.
