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Creo que uno de los peores errores que podemos cometer en cuanto a la forma de ver o entender a Dios es limitarlo a un marco de acción. Por supuesto que no podemos limitar a Dios; sin embargo, lo hacemos al no reconocer o no aceptar hasta dónde llega su campo de trabajo o cuáles son las cosas que a Él le interesan.

A veces pensamos, o escuchamos que alguien dice: “Dios se ocupa de las cosas grandes; de las pequeñas te tenés que ocupar vos”. Como sucede con muchas cosas, hay un poco de verdad, pero también mucho de error. Dios se ocupa de las cosas grandes, pero también de las pequeñas; y en ambos casos, también tenés que intervenir vos. En todo lo relativo a lo que esperás de Dios o Dios espera de vos; en el cumplimiento de promesas y tu propósito; se requiere de tu intervención.

Sí, el evangelio es una confrontación constante…
Constante…

El ángel tuvo cuidado de que los pastores de Belén lo entendieran: “les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11). No solo salva; también tiene la unción y el poder de Dios, y también es dueño, amo, Señor.

También Dios se encargó de que Abraham entendiera el concepto. Era fundamental que él lo comprendiera viniendo del contexto en el que vivía. Abraham fue criado en un ambiente politeísta (muchos dioses), con un culto adicional a los dioses familiares. La cultura mesopotámica acostumbraba invocar a dioses que controlaban actividades específicas: el dios de la lluvia, el dios de la fertilidad, el dios de la cosecha, etc.

¡Bueno! Similar a la tradición cristiana universal: un santo para cada cosa, que atiende cada tema, al cual invocamos para pedirle algo puntual: San Pantaleón para las enfermedades, San Antonio para las parejas, San Cayetano para el trabajo, etc.

Pero Dios le enseñó a Abraham que Él era El Shaddai, el Dios “más que suficiente” (Génesis 17:1), el que “suple todo lo que te falta” (Filipenses 4:19), el que está atento a tus necesidades (Mateo 6:8), el que te cuida “dondequiera que vayas” (Génesis 28:15).

Recuerdo ahora cuando hablamos de los nombres de Dios. Cada nombre representa un atributo, un área “de trabajo” de Dios, algo que Él es capaz de hacer: Jehová Jireh provee, Jehová Rafa sana, Jehová Nisi va al frente, Jehová Shalom te da paz, Jehová Sebaot pelea por vos… y así seguiría una larga lista que solo muestra, y demuestra, que “en Él estamos completos” (Colosenses 2:10), que no necesitamos otra cosa más que a Cristo, más que a Dios.

Los sirios pensaban así de Dios. En su arrogancia eran tan ignorantes que comparaban a Dios con sus propios dioses. Pensaban, inocente o ilusamente, que Dios “era un dios de las montañas” y que en los valles no tenía poder (1 Reyes 20:23). Pero Dios, conociendo esta grave falta de información y conocimiento, interviene diciendo:

“Puesto que los sirios han dicho que yo soy un dios de las montañas y no un dios de los valles, voy a entregar en tus manos a toda esta gran multitud. Así sabrás que yo soy el Señor.” (1 Reyes 20:28)

No. No te confundas. Dios no atiende solo los asuntos grandes. Dios está también en los pequeños detalles que afectan tu corazón o pueden afectar tu crecimiento.

No. No te equivoques. Dios no está solo para las cosas relacionadas con la salvación o el ministerio. Dios observa y cuida “tu entrada y tu salida” (Salmo 121:8).

No. ¡No seas tonto! ¿Cómo vas a pensar que Dios solo se dedica a algunos y a otros ignora? Dios cuida, observa y dirige tus pasos (Proverbios 16:9; Salmo 37:23).

El problema no es el alcance de Dios.
El problema es cuánto vos sos capaz de creer.

Sí. Dios es Dios de los valles, pero también de las montañas.
Y de las calles.
Y de los hogares.
Y de las oficinas.
Y de los hospitales.
Y de las escuelas.
Y de las fábricas.
Y de cada rincón de tu vida que creías fuera de su interés.

Dios gobierna todo aquello que creó.

En lo que sea que estés pasando… ¡Dios también es Señor de eso!

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