¡Cómo me gusta el cine épico! Y si es fantasioso… ¡capaz que más!
Bueno, tengo algunas salvedades. Nunca vi El Señor de los Anillos. En cine épico, 10 puntos. Pero la fantasía supera mis límites.
En ese caso, prefiero cien veces Juego de Tronos… una mezcla de política, historia, monarquías medievales y animales míticos, como los dragones de Daenerys Targaryen.
Las series históricas me apasionan. Vuelvo a lo medieval: caballeros y torneos; gigantes, magos y brujos; conspiraciones e intrigas.
Esos guerreros que alimentaban historias increíbles, escritas y cantadas por juglares que recorrían los pueblos, aumentando a cada paso la fama y el nivel del famoso héroe.
¿Sabías que una de las primeras grandes obras literarias en español es una canción dedicada a uno de esos caballeros andantes?
Fue el Cantar de mio Cid, compuesto probablemente alrededor del año 1200, que contaba las «andanzas» de don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
Decían cosas como:
«En ese día el Señor castigará con su espada terrible, inmensa, poderosa, a Leviatán, la serpiente enroscada, a Leviatán, la serpiente tortuosa, y matará al dragón que está en el mar».
Ah, no, perdón, eso es Isaías 27:1…
¡Es que Dios es así! Un «poderoso gigante» (Salmo 24:8), no mitológico, sino real; no fantasioso, sino verdadero, que enfrenta a los más poderosos enemigos, no se achica, les hace frente y, en todos los casos, obtiene la victoria.
Tanto es así que Pablo dice que Dios nos hace «más que vencedores» (Romanos 8:37) al compartir su «triunfo» (2 Corintios 2:14) en su caravana de victoria.
Dios tiene, al mejor estilo de GOT, El Señor de los Anillos, Harry Potter, La Casa del Dragón o The Witcher, una «espada ¡terrible! ¡inmensa! ¡poderosa!» para enfrentar a toda «serpiente enroscada», que usa todo tipo de «artimañas» (2 Corintios 2:11), «vendas mágicas» (Ezequiel 13:18-21) y «vanidades ilusorias» (Salmo 31:6).
A diferencia de Excalibur o Mjölnir, no es una espada fantasiosa, sino que está a tu alcance. Al alcance de tus manos, de tu boca y de tu fe.
Sí, resolviste el enigmático:
«Y… la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Efesios 6:17).
Antes de conocer el evangelio, en realidad —y mejor dicho—, antes de conocer a Dios y su poder, tenía fascinación por lo sobrenatural. Había un hambre en mí por experimentar poderes mágicos (ya entendiste lo de épico y fantasioso, ¿no?).
Pero cuando conocí a Cristo y sus buenas noticias (evangelio), se terminó esa búsqueda. ¡Ya la había encontrado!
El más poderoso guerrero.
La más fuerte Torre.
El más inexpugnable castillo.
El que surca los cielos.
El que domina las bestias.
Es Dios, tu Dios, mi Dios… por medio de su Palabra.
¡Qué pedazo de Dios es Dios!
