Confrontados

Hoy es uno de esos días. Los domingos, o por lo menos mis mañanas de domingo, son más tranquilas y relajadas. Son buenos momentos para la reflexión.

Uno de esos días en los que tengo muchas cosas para pensar y escribir.

En estas últimas semanas estoy muy pensativo y, al mismo tiempo, confrontado por Dios.

O tal vez sea yo… que me siento confrontado por Dios.

Te iba a hablar de la circuncisión. No del pacto ni de Abraham, sino de Josué.

Dios le ordenó a Josué circuncidar a los hombres de guerra para poder avanzar en la batalla, porque ya habían muerto todos los circuncidados que venían de Egipto.

Era una nueva generación y tenían que revalidar el pacto con Dios y su identidad como pueblo escogido. (Josué 5:2–9)

Pero seguí leyendo y… otra vez confrontado.

En este caso fue más fuerte porque me trajo a memoria viejos malos recuerdos.

Israel había violado la orden de Dios en cuanto a Jericó y se guardaron algunos objetos valiosos. (Josué 7:1)

Josué era totalmente ajeno al asunto e ignorante del tema… pero era el líder y responsable natural de las acciones del pueblo.

Sí. Lo siento. Si sos líder, sos responsable (te toca responder) por las acciones de aquellos a los que liderás.

Cuando Josué se entera, entró en crisis. Crisis de liderazgo, crisis de gobierno, crisis emocional, crisis espiritual, crisis de responsabilidad ante Dios…

Y colapsó…

Curiosamente veo un paralelo con el hijo pródigo. Este joven creído y arrogante fue confrontado con su propia soberbia y tuvo que bajar la cabeza cuando se vio en la miseria.

Su sabia reacción fue: “Iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros” (Lucas 15:17–19)

No podía levantar la cara de la vergüenza y se condenó a sí mismo a volverse sirviente de su padre.

Como Josué: no podía levantar la cabeza y no sé cuánto tiempo permaneció tirado en un rincón, llorando, lamentándose ante Dios.

Hasta que Dios le dijo: “Levántate. ¿Qué haces ahí, en el suelo?” (Josué 7:10)

Confrontación…

¿Cómo que qué hago en el suelo?
¡Mirá lo que pasó!, le dijo Josué a Dios, como si este no supiera.

Dios mismo le relata lo sucedido, pero le dice: “Hay que resolver el asunto; dejá de llorar y ponete en acción”.

Y tras eso vino el juicio a Acán y su familia. (Josué 7:24–26)

Salomón dijo que “hay un tiempo para llorar y un tiempo para dejar de llorar” (Eclesiastés 3:4),
y creo que este es tu tiempo de dejar de llorar.

¿Te hirieron?
¿Te lastimaron?
¿Te engañaron?
¿Te usaron?

“¿Hasta cuándo vas a llorar?”

En vez de seguir lamentando lo que pasó o te pasó, ¿no sería mejor levantarte para resolverlo?

Escucho personas que llegaron hace años a la iglesia y que ¡todavía! siguen dando vueltas sobre el fulano o la mengana que los afectó.

Y sí, muchas veces fueron pastores los victimarios y agresores… ¿y con eso?

¿Hasta cuándo te vas a retorcer en el dolor?

¿Cuánto más necesitás seguir llorando?

¿Cuándo te vas a levantar?

¿Cuándo le vas a permitir a Dios (y a tus pastores) restaurarte?

No niego ni dudo que tengas razones de sobra. Pero la solución no es seguir mirando la herida ni escarbar a ver si hay infección.

La solución es levantarte.
La solución es actuar.
La solución es poner a Dios en medio.
La solución es sanar…

¿Cómo terminó la historia?
Josué se levantó. Siguió las instrucciones de Dios.
Se juzgó a los culpables.
Dios restauró a Israel y le dio la victoria sobre sus enemigos.

Como la circuncisión: le fue quitada “la vergüenza de Egipto” (Josué 5:9), dejando su pasado atrás y encarando una nueva visión espiritual.

Ya no sigas mirando atrás.
Ya no estés pendiente del pasado.
Ya no escarbes en la vieja herida…

Levantate… dejá de llorar… actuá…

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