Hay personas a las que les gusta que les den todo servido. Estos mismos se dividen en dos categorías: los que quieren ser servidos porque alcanzaron una posición donde pueden exigirlo, y los que solamente creen que las injusticias de la vida los colocaron en una posición de menos oportunidades.
Estos últimos son los que se viven quejando. Reclaman derechos. Denuncian injusticias. En el último siglo, esta postura tomó forma de ideología y doctrina. Por mucho tiempo algunos creyeron que era la única verdad e incluso llegó a infiltrarse en la doctrina cristiana bíblica.
En 1917, la Revolución Bolchevique vino a implantar un sistema de pensamiento que va en contra de la misma esencia humana. Te decían (y lo siguen haciendo) que los que tienen más deben darle a los que tienen menos y que a estos les corresponde “el derecho” de ser sostenidos por los otros.
Así nace el socialismo con sus variantes extremas de marxismo, leninismo y comunismo, que se han convertido en el virus mortal de la sociedad que afecta el pensamiento crítico y engendra ideas utópicas, inaplicables, engañosas… que solo benefician a los que las propagan.
Sí, los revolucionarios que asesinaron a la familia real rusa los condenaron por elitismo… para convertirse ellos en la nueva élite del país. Eran “camaradas”, eran todos iguales, pero algunos eran “más iguales que otros” y ocuparon lugares de privilegio a los que los otros no podían llegar.
Una vez más triunfa la esencia humana. No somos iguales. El reparto de bienes y oportunidades no existe. La redistribución de la riqueza es un mito que solo destruye la riqueza que “pretende” crear.
No, no somos todos iguales.
Y sí, todos tenemos al alcance diversidad de oportunidades y posibilidades.
¿Las mismas? Seguramente que no. Pero sí la misma fe, el mismo Dios y la misma capacidad de desarrollarnos y progresar.
Los tres siervos de este hacendado son un ejemplo de lo que digo: tuvieron la misma oportunidad, reproducir lo que su patrón les había dado. Sí, no recibieron lo mismo. Mateo dice que recibieron “según la capacidad” de cada uno. Lo que, para gusto y disgusto de los socialistas, los ponía en igualdad de condiciones, según lo que cada uno pudiera producir.
¿Resultado? Totalmente distinto, sacando a luz las diferencias de visión y decisiones que tomamos ante las situaciones que enfrentamos. ¿Otra vez las decisiones? Y… no podemos escapar de ellas.
El tercero en cuestión tenía sus razones para no ser productivo. No eran las razones del patrón. Se ve que tampoco eran las de los otros dos, porque ellos sí fueron eficientes y fructíferos y recibieron una recompensa por ello (Lucas 19:16–19).
Es gracioso, casi irónico, que acá vemos en funcionamiento el mito de la “redistribución de la riqueza”, salvo por un detalle: el que menos tenía tuvo que darle todo al que más tenía (Lucas 19:24–26).
No siempre las oportunidades están a la vista; a veces hay que buscarlas.
¡No siempre están escondidas! A veces hay que fabricarlas…
En época del reparto de la tierra, hubo siete tribus que se quedaron esperando que vengan a ponerles el pan en la mesa. No salieron a pelear como sus hermanos, sino que confiaron y esperaron en la promesa de Moisés y Josué, sin tener en cuenta que “las promesas se activan por medio de nuestra actitud o intervención” (2 Corintios 1:20).
Cuando Josué se percató de esta situación, sencillamente les dijo: “¿Qué esperan para tomar posesión de la tierra que les ha dado el Señor, el Dios de sus antepasados?” (Josué 18:3).
Me hace acordar a Jesús diciendo: “¿Por qué dudaron, hombres de poca fe?” (Mateo 14:31), o “¿Hasta cuándo los tendré que soportar?” (Mateo 17:17).
A veces esperamos que Dios haga y, sin saberlo… Dios espera que hagamos nosotros.
Me gusta Deuteronomio cuando trae a memoria: “…acuérdate del Señor tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas.” (Deuteronomio 8:18).
¿Te da Dios riquezas? No. Te da el poder para hacerlas. Otras versiones dicen “sabiduría”, pero el punto es el mismo: Dios no te da pan… te da harina, agua y levadura para que lo hagas.
(y dale gracias que te dio harina y no trigo para moler).
Alguien dijo alguna vez: “Dios hace las cosas imposibles, las posibles tenés que hacerlas vos”.
El reino de Dios no es pasivo.
El reino de Dios es activo.
Los que viven en el reino de Dios no se sientan a esperar ser servidos.
Los que viven en el reino de Dios son aquellos que hacen que las cosas pasen.
“¡¿Hasta cuándo van a esperar?!” le dijo Josué a los que querían ser servidos.
¿Hasta cuándo vas a esperar para alcanzar lo que Dios te prometió?
