De Muerte a Vida

El instinto de supervivencia es uno de los motores más potentes del ser humano.

No llegamos a notarlo, pero es el que sujeta a los demás instintos. El reproductivo, por ejemplo, que puede tener la misma o más fuerza, tiene en su esencia… la supervivencia de la especie.

Por eso, y al margen del tema, yo insisto en que el suicidio es algo netamente espiritual y no un caso de depresión. Hace falta una fuerza sobrenatural para vencer al instinto de supervivencia.

Son muy extremas las situaciones en que una persona está de acuerdo con su propia muerte. No me refiero a los casos de muerte natural; sería más que tonto negar o rechazar la idea de morir cuando te llegue el momento. Sino que me refiero a dar la vida, eso mismo que dice Mateo acerca de Jesús, que “él entregó su vida” (Mateo 20:28); o Pablo diciendo “en su muerte nos dio vida” (Romanos 5:10). Ya es más que suficiente el hecho de decir que “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13)

Pero este mismo Jesús es el que nos dice que, para poder ser sus discípulos, debemos estar dispuestos a morir (Lucas 9:23), que “si el grano de trigo no cae a tierra y muere, no da fruto; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24). O nuevamente Pablo diciendo: “hagan morir lo terrenal en ustedes” (Colosenses 3:5).

En el plano espiritual, la muerte solo es el acceso a la vida; y en lo natural, morir a lo terrenal es la puerta al fruto abundante.

Ezequías es un ejemplo de lo que les pasa a los que se niegan a morir. Recibió la palabra de Dios para que se ponga en orden, pero aun así no quiso. Entonces Dios le añadió quince años de vida, que fueron los que llevaron a la nación y a su familia a la ruina (2 Reyes 20:1–6; 21:1).

Negarte a morir te lleva a la muerte,
mientras que aceptar morir te lleva a la vida.

Es muy curioso ver esto reflejado en la vida de Sansón. Sansón no era para nada un dechado de disciplina y santidad. No era el líder ideal ni mucho menos un “cristiano” consagrado.
Sansón era todo lo opuesto a un yerno ideal: mujeriego, caprichoso, impulsivo y dominado por sus pasiones. Un animal en forma humana, al que no le importaba demasiado pisotear el llamado de Dios.

Su propia forma de vida lo llevó a su destrucción y a su muerte. Como te dije, negarte a morir te lleva a la muerte, mientras que aceptar morir te lleva a la vida.
Estando a punto de morir, decidió que su muerte no sea en vano y la convirtió en un sacrificio (¿un suicidio?) para vengarse de los filisteos. Y Jueces dice estas palabras:

“Fueron más los que mató Sansón al morir que los que había matado en toda su vida.” (Jueces 16:30)

Sí, negarte a morir te lleva a la muerte, pero aceptar morir te lleva a la vida.

Claro que no se trata de suicidarte ni cometer actos de sacrificio como el de Sansón. Jesús fue mucho más simple que eso y habla de morir a nuestras pasiones, deseos, al control de nuestra vida; morir al carácter, a la rebeldía; morir a lo que éramos, para empezar a ser lo que seremos. Como dice Pablo, que “nuestra vieja naturaleza fue crucificada con Él” (Romanos 6:6).

El instinto de supervivencia es la fuerza interior más fuerte del hombre. Y por eso nos cuesta entregar el control. Pero cuando reconocemos que le pertenecemos a Él y no a nosotros… cambia la titularidad de la propiedad. Dice Pablo que “fuimos comprados” (1 Corintios 6:20), y lo que fue comprado ya no pertenece a su dueño anterior.

¿Te cuesta morir?
¿Te cuesta entregarte?
¿Te cuesta bajar la guardia?

No te niegues a morir. No te resistas a lo inevitable. No te conviertas en un carnal terco y caprichoso.
Decidí morir.
Aceptá morir.

Para que la muerte de Cristo se manifieste en vos y su vida tome lugar en la tuya.

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