Instintos

Tan inevitable como que el perro dé vueltas antes de dormir o se corra su propia cola es pretender que nuestras acciones no tengan una consecuencia.

Sí reconozco que en más de una ocasión uno ruega que eso no suceda, o nos amparamos en algunos versículos sacados de contexto donde esa consecuencia se evitaría o, al menos, sería más leve. Pero ya no inevitable, sino tonto, sería pretender escapar al flujo natural de las cosas.

El principio de siembra y cosecha está vigente a lo largo de toda la Biblia y lo vemos manifiesto en cada faceta del reino de Dios: “todo lo que el hombre siembra, eso mismo cosechará” (Gálatas 6:7).

La deducción automática de esto sería pensar que, si quiero cosechar bien, tengo que sembrar bien; si quiero recoger manzanas, tengo que plantar manzanos; si no quiero “cosechar tempestades”, no debo “sembrar vientos”.

Pero, a pesar de que ese sería el razonamiento lógico, no siempre funcionamos así. Los animales actúan por instinto. Los humanos, por razonamiento. Los animales hacen lo que tienen que hacer. Los humanos solemos hacer lo que queremos, lo que nos parece bien, lo que estamos de acuerdo en hacer y, a veces… lo que tenemos que hacer.

¿Podrás convencer a ese perro de que no dé vueltas? No. Lo va a hacer igual. Si está cansado, dará media vuelta o un cuarto tal vez. Pero algún movimiento va a hacer. Actúa por instinto, por lo que está escrito en su código genético. Algunos dicen que es memoria evolutiva. Yo digo que quieren acomodarse para enroscarse bien. ¿Viste que en invierno parecen “bichos bolita”?

Todo lo que hacemos tiene una consecuencia. Tal vez sea insignificante. Tal vez sea súper notoria y relevante. Pero habrá una consecuencia.

El perro mira el suelo donde se va a acostar antes de echarse. ¿Vos mirás tus acciones antes de cometerlas y pensás en los posibles resultados?

La Biblia dice: “La blanda respuesta quita la ira” (Proverbios 15:1).
¿Cómo respondés a las manifestaciones de ira? ¿Te callás o levantás más la voz? ¿Das una “blanda respuesta”?

La Biblia dice: “vence con el bien el mal” (Romanos 12:21).
¿Cómo reaccionás cuando te lastiman? ¿Corrés a besar y bendecir al que te hirió?

Pero el animal hace lo que tiene que hacer.
Como la hormiga, que aunque nadie la dirija, recibe la recompensa —siembra y cosecha— de sus acciones:

“A pesar de que no tienen príncipe ni gobernador ni líder que las haga trabajar, se esfuerzan todo el verano, juntando alimento para el invierno” (Proverbios 6:7-8).

¿Por qué no hacemos lo que debemos hacer?
¿Por qué necesitamos que se nos presione?
¿Por qué queremos cosechar lo que no sembramos?
¿Por qué queremos evitar la cosecha de nuestra siembra?

Queremos paz sin dominio propio.
Queremos bendición sin obediencia.
Queremos resultados espirituales con hábitos carnales.
Queremos recompensa… sin esfuerzo.
Queremos comida en el invierno… sin trabajar en el verano…

Cuando la única manera de cosechar lo que querés recibir es sembrar lo que querés alcanzar.

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño” (1 Corintios 13:11).

El niño espera recibir lo que no sembró.
El maduro siembralo que quiere cosechar.

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