“No se puede estar bien con Dios y con el diablo”… pero sí se vale estar bien con Dios y con la gente.
“Agradar a Dios te pone contra la gente”… sí y no… porque estar en medio de la gente… agrada a Dios.
Después de estos juegos de palabras y un poco de malicia sacando fuera de contexto, vamos a enfocarnos en lo real e importante:
Cuando llegamos a Cristo, se produce en nosotros un cambio espiritual tan importante que lo natural sería —y debe ser— que aparezca cierta distancia y oposición con aquellos con los que antes compartíamos la vida.
Jesús lo dijo en palabras muy fuertes: “No piensen que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada… y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:34-36).
Pero también Jesús “andaba en medio de la gente” (Lucas 8:1), “predicaba en las sinagogas de ellos” (Mateo 4:23), y nos manda a “ir por todo el mundo… a contar la buena noticia de la salvación” (Marcos 16:15).
¿Contradicción? Para nada. ¡Complemento!
Cuando hablamos de santidad, o nos hablan de ella, se suele pensar —y nos quieren hacer creer— que debemos vivir aislados del mundo y alejarnos de los demás.
Pero esto no es así…
Muchas veces lo he dicho y no a todos les gusta. Muchas veces lo he enseñado, aun con cierto grado de resistencia: “la iglesia debe adaptarse sin amoldarse, para encajar y transformar”. La idea monacal de vivir encerrados en edificios lejos de la gente es buena para la religión y la manipulación, pero se opone al plan de Dios.
Nunca fue idea de Dios que su pueblo viviera aislado. Lo que sí fue siempre idea de Dios es que su pueblo sea diferente y haga notar esa diferencia.
Dios le prohibió a Israel formar alianzas y mezclarse con las demás naciones, pero al mismo tiempo les dijo que los puso “como luz de las naciones” (Isaías 49:6), como un faro que alumbre el camino a Dios, como una guía para volver y encontrar el corazón de Dios.
¿No fue Dios el que mandó a Jonás a predicar a los paganos ninivitas? ¡Ah! ¿Creías que Nínive estaba en Israel? Nínive pertenecía al imperio asirio, una de las regiones que más rechazaba a Israel y a su Dios, y actualmente una de las regiones que mantienen esa distancia y conflicto.
Desde siempre, el propósito de Dios con su pueblo fue encajar para bendecir y transformar. El problema fue que Israel se creyó superior y, en vez de cumplir su propósito, se subió al trono de su arrogancia y, desde allí, rechazó en vez de atraer, dividió en vez de unir.
Dios te eligió… Dios nos llamó… para ser sal, afectando nuestro entorno, y ser luz, alumbrando el camino hacia Él (Mateo 5:13-16).
Por eso, no alcanza únicamente con encerrarte para agradar a Dios. Es necesario agradar a Dios y ser aceptado entre los hombres. Lucas dice de Jesús que Él “crecía en estatura, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2:52), lo que, curiosamente, también dice Samuel de sí mismo:
“…el joven Samuel seguía creciendo, y su conducta agradaba tanto al Señor como a los hombres.” (1 Samuel 2:26)
Y así llegó a ser juez de Israel, profeta de Dios y su pseudo sacerdote… y, al mismo tiempo, considerado como un gobernante honesto y fiel, a quien Dios respaldaba y estaba con él.
¿Cómo estás creciendo delante de Dios?
¿Cómo estás creciendo delante de la gente?
¿Estás procurando agradar a Dios?
¿Estás intentando ser aceptado por la gente?
¿Qué vínculo formás con tu entorno?
¿Qué dice la gente de vos?
Aun Jesús estaba atento a lo que la gente decía de Él y, aunque no hacía cosas para quedar bien (todo lo contrario), entendía que su propio ministerio involucraba a la gente y estaba dirigido a la gente.
¿Viste a Jesús escondiéndose o rechazando a la gente?
Fuimos llamados para afectar, bendecir, transformar.
El problema no es meternos en el mundo.
El problema es que el mundo se meta en vos.
No te escondas para purificar tu fe… exponete para que esa fe ilumine a los demás.
