Los humanos somos seres racionales (bueno, ponele…). Eso hace que busquemos a todas las cosas una explicación lógica o que, por lo menos, analicemos las cosas que pasan a nuestro alrededor.
Tal vez no seas tan así, pero seguramente no sos de los que “se casan con cualquiera” o de los que “se tragan el cuento del tío”.
Vivimos en una época de tanta y tan mala información que eso nos vuelve un poco escépticos de todo, hasta de lo real, a ver si es o no una “fake news”.
A eso sumale que, con el tremendo avance de la IA, ya no sabés qué es genuino y qué no lo es: videos de animales haciendo piruetas imposibles, publicidades con personajes “fuera de lo común” e infinidad de imágenes y videos que superan cualquier transformación hecha con una aplicación de edición o un filtro de redes sociales.
Buscamos, revisamos, dudamos, cuestionamos… ejerciendo nuestra humanidad.
¿Acaso no hicimos eso mismo con la fe?
A vos te parece muy fácil creer en la resurrección de Jesús. O en la de Lázaro también.
Te resulta normal hablar de ángeles y de sus primos, los demonios.
Hablás del fin del mundo, de lo sobrenatural, de lo espiritual, como si fuera charlar de qué vas a almorzar. Pero… ¿te das cuenta de que no es algo normal?
Lo “sobrenatural” va por “sobre” lo “natural” (¡wow! Y lo pensé sólito, ¡eh!).
Vivimos constantemente entre dos mundos; convivimos entre lo místico y casi fantasioso, y lo real del día a día.
Pero, en el “mientras tanto”, hay cosas que no llegamos a comprender, las aceptemos o no; cosas que superan nuestra capacidad.
Recuerdo las cenas de la infancia:
“¡Eso es cosa de grandes!”
“Los chicos no se meten cuando los grandes hablan”.
“¡No entendés!… Sos chico…”
Y sí. No entendía. Era chico.
No todo lo que vivimos lo entendemos.
No comprendemos siempre la forma de obrar de Dios.
Nos encantaría que Dios actuara “a mi manera”.
Pero, por mucho que insista… las cosas no son a mi manera, sino a la manera de Dios.
¿Por qué Dios permite el dolor?
¿Por qué sufren los buenos?
¿Por qué prosperan los sinvergüenzas?
¿Por qué hay enfermedades?
¿Por qué hay guerras?
¿Por qué la gente se mata entre sí?
¿Por qué Dios no interviene?
¿Por qué no juzga a los criminales?
¿Por qué “no hace nada”?
Y podría seguir y seguir y seguir… y no llegar a ningún lado.
Porque hay cosas que no vamos a entender… hasta que sea el momento de entender.
Pedro se estaba mandando de las suyas. Estaba en modo “bocón” activado, como cuando Jirafales hacía callar a la clase y quedaba el Chavo hablando solo.
Que lavame… que no me laves… que no soy digno… que pitos y flautas y cornetas…
“Jesús le contestó: —Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero después lo entenderás.” Juan 13:7
¿Por qué esa manía de entender lo que, en definitiva, no vamos a entender?
¿Por qué supeditar mi accionar a lo que entienda o no entienda?
¿Por qué no responder a un llamado o dirección de Dios solo por no tener todo claro?
Ya lo dijo Salomón: “Del Señor son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?” Proverbios 20:24
No racionalices ni cuestiones las cosas de Dios.
Hay cosas… que todavía no vas a entender.
