Termino recién de armar la tarea de la próxima clase del taller de liderazgo, en la que se tocan algunos puntos que tienen que ver con la delegación y el control.
Es un tema complejo y confrontativo, pero que inevitablemente se debe tratar, y en primer lugar porque el control es algo muy inherente al ser humano.
Podemos tener distintas posturas respecto a la delegación. Hay personas a las que les resulta muy fácil; hay otras a las que delegar las pone delante de un ataque de pánico. Pero en cuanto al “control“, es mucho más habitual y generalizado.
Seguramente vas a decir que vos no sos una persona controladora, y te creo. Pero, aunque sea en una menor medida, te sentís mejor teniendo control de lo que te rodea o de lo que te compete o interesa. ¿Te gusta que te digan qué hacer? ¿Estás cómodo? ¿Aceptás que te dirijan “de acá para allá” o que básicamente te digan como moverte?
Y, digas lo que digas, la respuesta es un rotundo “no”. ¡Y está bien! Fuimos creados así, y eso se espera de vos y de mí. Dios nos creó con capacidad de gobierno, aunque en sus palabras suena más fuerte todavía:
“…Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los animales que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:28).
Por supuesto que habrá diferencias entre nosotros según las distintas personalidades que tenemos, pero… preferimos estar en control.
El problema aparece cuando tenés que sujetarte. Imagino que, si tenés vocación militar, tenés también una inclinación a estar bajo autoridad, pero aun así… ¡qué difícil es ponerse por debajo!
Te dicen qué hacer y cómo hacerlo.
Te dicen qué no hacer y no te dicen por qué no hacerlo.
Te dirigen formas, palabras y horarios, y vos… ¡Sí, señor!
Y ahí está el otro problema… Nos resulta muy fácil a los cristianos decir que Cristo es nuestro Señor. Pero no terminamos de entender que “Señor” significa “dueño”, que tiene posesión y autoridad absoluta sobre nosotros.
Entonces exigimos, inventamos doctrinas, presionamos con sacrificios, siembras, pactos, ofrendas y diezmos; nos ponemos en postura de acreedores cuando la única postura es, como diría Juan Carlos: “Soy deudor a Ti, Señor”.
Cuestionamos los tiempos y las maneras; pataleamos en los procesos; rechazamos las negativas y exigimos explicaciones y rendición de cuentas.
Nos encanta memorizar “Pidan y se les dará” (Mateo 7:7), pero no podemos retener: “No te apartes de ella ni a derecha ni a izquierda” (Josué 1:7).
Le decimos: “En tus manos están mis tiempos” (Salmo 31:15), siempre y cuando se ajuste a “mis tiempos”; y no entendemos qué significa: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26). ¡Dios debe responder ya! Pero debe aceptar que yo tengo mis tiempos.
Y no… no debe aceptarlo.
No tiene por qué aceptarlo.
Él mismo dijo que “no contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre” (Génesis 6:3) y que, para Él, “un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8).
No. No tiene por qué dar explicaciones ni responder cuando yo quiera, como vos quieras o según la voluntad del de más allá.
Dios es Señor.
Dios es dueño.
Dios es amo.
Dios es soberano.
Dios hace lo que quiere, como quiere, cuando quiere… “según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:5).
Dios es… Dios.
¿Por qué queremos entender lo que pasa si Dios dirige nuestros pasos y tiempos? (Proverbios 16:9).
Jesús dijo: “No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:7).
Sí tenemos capacidad de gobierno.
Sí tenemos que manejar o dirigir lo que está bajo nuestro control y autoridad.
Pero es Dios el que tiene el manejo de los tiempos y de su voluntad.

buenas tardes pastor, Dios me lo bendiga en todas las áreas de su vida y a toda su familia también, interesante el tema, siento un tirón de orejas 😂😅, gracias por la enseñanza de hoy.
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