El corazón humano es una maraña interminable de hilos enredados.
Así como el auricular forma nudos inimaginables dentro de un bolsillo o mochila, así como se tejen redes neuronales kilométricas en el cerebro, así las “grandes resoluciones del corazón” (Jueces 5:15-16) se convierten en un laberinto o en una cárcel.
La lectura del día de hoy parece sacada de un tratado de psicología. Desde un David compungido y arrepentido por hacer ¡un censo!, hasta el mismo David comprometido en la causa de la adoración, no dejando de lado el alto costo a pagar (2 Samuel 24:10, 24) e involucrando aún a su familia.
Cada vez que leo esa historia me lleva a la vieja canción de Lorena y Humberto: “Nada te ofreceré a ti que no me haya costado; las primicias te daré, no lo que me haya sobrado…”.
No hay adoración sin compromiso.
No hay sacrificio sin entrega.
¿Y los valientes? ¿Viste quién aparece en la lista de los que estuvieron codo a codo con David?
¿Viste quién figura entre quienes le hicieron el aguante sosteniendo su reino?
¡Urías! El mismo que David hizo matar para zafar de su rollo con Betsabé (2 Samuel 23:39).
¡¿Y se sintió mal por hacer un censo?!
Pero tal vez el punto más confrontativo, o por lo menos más chocante culturalmente, fue ver a un judío traidor, ahora seguidor de un rabino cuestionable, decirles a los señores judíos de la ley: “…vuélvanse ustedes a Dios y conviértanse, para que él les borre sus pecados…” (Hechos 3:19).
¡Tenés que tener coraje para decirle al dueño de casa que pida permiso para abrir la heladera!
Digamos todo: Pedro había aprendido del mejor. Jesús no tenía pelos en la lengua para mandar a pasear a maestros, religiosos, funcionarios y sacerdotes.
Es como que alguien te diga: “Entregate a Cristo”.
Es como que alguien te diga: “Hacete cristiano”.
Es como que alguien te diga: “Tenés que recibir a Jesús en tu corazón”.
Pero la verdad era que los judíos, los maestros de la ley, los guardianes de la doctrina, los policías de los mandatos y rituales, los catadores de santidad… estaban tan ocupados en buscar y señalar el pecado del otro que se olvidaron de su relación con Dios.
Sí. Podés tener todo el conocimiento, todos los dones, ¡toda la fe!, y aun así olvidarte del Señor.
“Volverse a Dios”, “convertirse”: dos instrucciones que apuntan a cambiar tu manera de vivir, tu manera de pensar; volverte sobre tus pasos, pegar la vuelta, dar un giro de 180°, dejar de ser y hacer lo que eras y hacías… y hacer una introspección.
El corazón humano es una tremenda maraña de caos y pensamientos. Una red de dudas, temores e inseguridades mezcladas con algún que otro arrebato de valor que rompe con la lógica o la cordura… y nos hace pegar un volantazo en la vida.
Y no importan los años que tengas de creyente, ni cuánta experiencia hayas acumulado. No importan los títulos adquiridos ni los talentos recibidos. No importa el currículum ministerial ni los milagros realizados…
“…volvete a Dios y convertite. Y él borrará tus pecados”.
