El principio del punto ciego se refiere a un área en el campo visual del ojo humano donde no hay visión.
Todos tenemos un punto ciego natural en cada ojo porque es el lugar exacto de donde surge el nervio óptico. No somos conscientes de esta falta de visión gracias a la visión binocular (un ojo suple la falta de información del otro) y porque el cerebro “rellena” el vacío utilizando el contexto visual que lo rodea.
Un pequeño “engaño” visual antes aún de que existan los filtros, las ediciones y la Inteligencia Artificial.
También existe un “punto ciego exterior”, que no depende de nuestra visión, pero bloquea nuestra visión. Sufro constantemente con esto mientras manejo, ya que, por una falla de ingeniería en el diseño de mi auto, a veces hay cosas que no veo. ¿Peligroso? ¡Peligrosísimo!
En ambos casos, la solución es tener una referencia adicional. Manejando, es prestar atención al entorno más de lo habitual o, si voy acompañado, a su punto de vista. En el punto ciego interno, a veces no alcanza con el “relleno” que hace el cerebro. A veces necesitamos una tercera opinión, una visión externa de la situación que sea más objetiva que nuestra propia posición.
Llevando esto a un panorama más amplio, ya no solo en la visión, creo que siempre necesitamos una mirada adicional, una opinión objetiva y un punto de vista diferente para poder ampliar nuestra propia percepción. Para hacerlo más simple, necesitamos que se nos muestre lo que no podemos ver, lo que escapa a nuestro ángulo visual, tanto en lo natural como en lo emocional, sentimental y espiritual.
La Biblia dice que no debemos alabarnos a nosotros mismos, sino que sea otro el que lo haga (Proverbios 27:2) ¿Por qué? Para ser objetivos.
También dice que no tengamos un concepto más alto de nosotros mismos que el que debamos tener (Romanos 12:3) ¿Cómo se hace eso? Siendo objetivos.
Hasta a Jesús le cuestionaron que diera testimonio acerca de sí mismo (Juan 8:13).
Sí, el caso de Jesús es único, pero aun así vemos reflejado un principio que atraviesa toda la Escritura: necesitamos objetividad y necesitamos que se nos haga ver aquello que no podemos ver cuando no lo podemos ver.
Nuestra tendencia natural es el “ombliguismo”. Por más empático que seas, estás programado para cuidar de vos mismo y de los tuyos. Así funciona la vida (y la biología).
¿Darías la vida por un tercero?
¿Por un amigo?
¿Por un extraño?
¿Por un hijo?
Estamos programados para cuidar de nosotros y de lo nuestro.
¿Te dejarías atacar, robar, violar o matar solo porque alguien quiere hacerlo?
¿Pelearías por un pedazo de pan duro en una situación de extrema hambruna?
¿Matarías para evitar que te maten?
El instinto de preservación de la vida es uno de los impulsos más fuertes y el que influye profundamente en nuestra esencia humana.
Pero a veces hay que pensar en los otros (el “a veces” es irónico). Como cristianos estamos llamados también a eso, y es parte de la visión del evangelio y del llamado del Señor.
Apenas Jesús establece las bases de la misión de la Iglesia, dice: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a todos.” (Marcos 16:15 – versión propia)
El evangelio no se enfoca en mí; se enfoca en el otro.
Salomón también enseña que: “La bendición de los rectos engrandecerá la ciudad…” (Proverbios 11:11)
Estamos llamados a afectar el lugar donde estamos, y para eso tenemos que enfocarnos en quienes nos rodean. Jesús también dijo que somos sal y luz del mundo (Mateo 5:13-16), llamados a transformar nuestro entorno y a las personas que lo integran.
Por donde lo mires, el evangelio apunta al otro. Apunta a salir de este “ombliguismo”, a que se nos muestre la necesidad ajena y a anunciar las buenas noticias que traerán transformación.
Por eso Timoteo aceptó ser circuncidado aunque ya no era un requisito espiritual (Hechos 16:3). Pablo era consciente de ello, pero no quiso ofender a quienes iba a presentarle el evangelio.
El evangelio no se enfoca en uno mismo; se enfoca en alcanzar al otro.
¡Las cosas que tenemos que hacer para hacer lo que hay que hacer!
Sí, no siempre se trata de mirar por nosotros. El evangelio se enfoca en el otro.
El rey de Siria envió un ejército para detener y llevar cautivo al profeta Eliseo. ¡Imaginate lo que era este hombre para que un ejército tuviera que ir por él! (2 Reyes 6:13-14)
El sirviente de Eliseo entró en pánico. Ya se veía aplastado por ese ejército. Ahí es donde aparece esa frase tan conocida entre los evangélicos y de la cual hacemos tantas doctrinas:
“No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.” (2 Reyes 6:16)
Es una tremenda verdad, pero de poco sirve si no tenés comprensión de ella, si no tenés entendimiento de la manera en que Dios obra, si no tenés visión espiritual y discernimiento.
Ahí es donde entran en juego la objetividad y el punto ciego.
“Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Eliseo.” (2 Reyes 6:17)
Necesitamos que alguien nos muestre.
Necesitamos que se nos haga ver.
Necesitamos a alguien que se interese por nuestro crecimiento y nuestra sanidad mental y espiritual.
Es necesario abrir tu mente para darte cuenta de que hay algo que no estás viendo.
Es necesario salir de tu ombligo para ver que otros también necesitan de vos.
Es necesario abrir los ojos y levantar la cabeza para que, cuando te sientas ahogado, perseguido y atacado, veas que realmente son más los que están por vos.
Y un dato final. Yo no sé si Eliseo veía al ejército celestial. El texto nunca dice que lo viera. Pero sí nos muestra que sabía que estaba ahí.
Hay momentos en los que Dios abre nuestros ojos para que veamos.
Pero también hay momentos en los que nos pide simplemente que confiemos en lo que Él ya dijo.
Muchas veces no podemos ver, pero a veces no necesitamos ver.
Levantá tu cabeza y animate a creer… sin ver.
¡Que son más los que están por vos!
