“¡Una cosa tenías que hacer!” Es una expresión muy común, muy presente en memes y reels , que apunta al hecho de que ni siquiera esa única cosa que tenías que hacer la pudiste hacer bien.
Tenías que colocar cerámicas, formando una secuencia o un diseño. Las pusiste al revés.
Tenías que controlar la leche en el fuego o la torta en el horno. Se volcó la leche y se quemó la torta.
Tenías que ir a buscar al nene al colegio. Te llamaron cuando te olvidaste.
“¡Una cosa tenías que hacer!”
Así podría listar un sinfín de casos y situaciones. Algunas graciosas y absurdas. Otras, graves. Recuerdo el cartel del mercado del barrio. Trabajaban con distribución oficial de mercadería para escuelas e instituciones, y ese cartel lo informaba: “Atención a comerdores (SIC) escolares”. ¡Ay! ¿Nadie se dio cuenta? “¡Una cosa tenías que hacer!”
El rey Joás de Judá tuvo una vida y un reinado particulares. Siendo él el legítimo heredero al trono, este fue usurpado y toda su familia fue asesinada. Él era muy pequeño y fue rescatado y escondido por el sacerdote Joiadá, quien, asimismo, lo crió y educó como rey y en el temor de Dios (2 Reyes 12:2).
A través de algunos acontecimientos dignos de una serie de Netflix, Joás llega al trono ¡teniendo apenas seis años! (2 Reyes 11:21) y comienza una obra de restauración espiritual. ¡Qué bueno es ser formado por las personas correctas! Mientras la usurpadora Atalía estaba llevando al reino al caos y al paganismo, Joás, criado en el templo, vuelve a poner a Dios en primer lugar y al pueblo en adoración a Él.
Haciendo un paréntesis en esta reflexión, este comportamiento llevó a Joás a que “sus hechos fueran rectos a los ojos del Señor” (2 Reyes 12:2), lo que podemos comparar con las palabras de Dios acerca de David: “He hallado a David… varón conforme a mi corazón” (Hechos 13:22; cf. 1 Samuel 13:14). Pero, curiosamente, como David, no fueron todos sus hechos rectos ante el Señor, ya que el verso siguiente dice: “Sin embargo, no se quitaron los santuarios paganos, en los que el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemaba incienso” (2 Reyes 12:3).
Sí, Dios no actúa según nuestro razonamiento, sino según su voluntad. Las cosas de Dios no son a nuestra manera, sino a la suya, y pretender encajar a Dios en nuestro criterio es una mezcla de soberbia e ignorancia que nos aleja del corazón de Dios.
Volvamos. En su proceso de restauración, Joás dio la orden a los sacerdotes de que restauraran el templo (2 Reyes 12:4-5). Como te dije, la adoración a Dios había sido abandonada. El templo mismo se había convertido en un museo o depósito de chatarra, como sucedería años más tarde en la época de Ezequías (2 Crónicas 29:5-9); y, como Ezequías, Joás se propuso, repito, poner a Dios en primer lugar.
¡Una cosa tenían que hacer! Nada más que una cosa: restaurar el templo. Pero el tiempo pasó y, seguramente, la casta sacerdotal, viendo que su posición era reconocida y recuperada, se olvidó de algo tan importante. Lamentablemente, el ser humano es un ser político (aunque muchos quieran negarlo) y procura siempre acomodarse para salir bien parado.
Entre una cosa y otra… pasaron veintitrés años en el reinado de Joás y, ¡a que no sabés!, el templo no fue restaurado:
“Entonces el rey Joás llamó al sacerdote Joiadá y a los otros sacerdotes, y les dijo: «¿Por qué no han reparado ustedes el templo? De ahora en adelante no recibirán más dinero de los administradores del tesoro; y el que tengan deberán entregarlo para la reparación del templo»” (2 Reyes 12:7).
“¡Una cosa tenían por hacer!” Restaurar el templo.
Como en tiempos de Hageo, donde a la gente le importaba más lo suyo que lo de Dios.
Como en tiempos de Elías, cuando el altar estaba derribado.
Como en tiempos de Ezequías, cuando el templo estaba abandonado…
Tenemos una cosa por hacer: restaurar el templo.
¿Qué es un templo? El lugar donde Dios habita, el lugar destinado a la adoración, el lugar donde se presentan los sacrificios y nos encontramos con Él.
¿Cuál templo debo restaurar?
El lugar donde Dios habita: tu corazón.
El lugar destinado a la adoración: tu espíritu.
El lugar de los sacrificios: tu entrega.
El lugar del encuentro: tu intimidad.
¡Una cosa tenés que hacer! Y es poner a Dios en primer lugar.
Si hay que sacar basura, prepará guantes, mopa y lavandina.
Si hay que acomodar piedras, a doblar el lomo y poner cada una en su lugar.
Si hay que edificar “piedra sobre piedra”, no pierdas tiempo, porque cuanto más tardes en empezar, más vas a tardar en terminar.
Pablo sabía de esto. Sabía que no le sobraba el tiempo y sabía hacia dónde se dirigía. Siempre repito este versículo, pero… es más fuerte que yo: “Una cosa hago” (Filipenses 3:13). Pablo no era multitasking , no hacía diez cosas a la vez, ni siquiera dedicaba las veinticuatro horas exclusivamente al servicio, aunque en las horas que fabricaba carpas seguía sirviendo al Señor. Se enfocaba en una cosa: la central, la prioritaria, la más importante:
“…olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta y ganar el premio celestial que Dios nos llama a recibir por medio de Cristo Jesús.” (Filipenses 3:13-14, DHH).
Una cosa tenés por hacer y, como dijo Jesús hablando a Marta acerca de su hermana María, “una sola cosa es necesaria… María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:42); o hablando al fariseo acerca de “la otra María”: “De cierto les digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella” (Mateo 26:13).
Una cosa tenés por hacer. Como Hageo: “Subí al monte, traé madera y reedificá la casa… ” (Hageo 1:8).
Una cosa, solo una cosa… tenés que hacer.
