Desde que empecé la lectura de hoy fui mutando en lo que iba a escribir. Ya sabés que un “devocional” es lo que Dios te habla; en este caso, lo que Dios me habla. También sabés (espero que lo sepas) que un devocional no es un ensayo doctrinal ni una enseñanza teológica. Es, otra vez, lo que Dios me habla.
Por eso vas a encontrar, más de una vez, textos fuera de contexto. Dios puede hablarte fuera de contexto.
Ese no fue el caso de hoy. Lo que fue cambiando fue cómo Dios me estuvo hablando. Desde el comienzo marqué algunos Proverbios. Hasta que llegué a Crónicas. Dios me habló en Crónicas, entonces iba a usar Crónicas… hasta que llegué a Romanos. Dios me habló en Romanos, entonces iba a usar Romanos. Hasta que llegué a Salmos… ¡y a que no sabés…! Dios me habló en Salmos. Y Salmos 18:2 resume un poco todo lo anterior, más todo el foco de la vida cristiana, o mejor dicho, del evangelio.
“Tú eres mi protector, mi lugar de refugio, mi libertador, mi Dios, la roca que me protege, mi escudo, el poder que me salva, mi más alto escondite.” (Salmos 18:2)
¿Podés describir mejor la obra de Dios sobre tu vida que con este versículo?
¿Podrías decir que no es así?
¿Tenés algún fundamento para negar alguno de estos puntos?
¿Llegaste a experimentar todos y cada uno de ellos?
Dios es tu protector. Hacemos bien en ser cuidadosos y en no pecar de ingenuos. Pero el mejor sistema de seguridad son las alas del Señor.
Él es tu refugio. Y más que un refugio, ¡tu lugar de refugio! Un lugar es más que un elemento. Un lugar es una posición. Un lugar es un espacio. Un lugar es una ubicación.
Estar “en” Cristo es mi refugio, donde puedo encontrar la protección que mencionamos recién, pero también seguridad, abrigo y descanso.
Él es mi libertador. Es mi roca. Es mi escudo. Es el poder que me salva y mi más alto escondite.
Pareciera ser todo un poco lo mismo… pero no es lo mismo.
Él es mi Dios…
El que tiene autoridad.
El que tiene poder.
El que puede cambiar mi realidad.
El que abre caminos.
El que también los cierra.
El que me cuida.
El que me fortalece.
El que me levanta.
El que me mira.
¡Él es mi Dios!
El que me dio identidad.
El que me sacó de la oscuridad.
El que me dio propósito.
El que me dio destino.
¡El que me ama!
¡Él es mi Dios!
¿Qué más puedo decir? Sí, ya sé que se sale de la línea de mis reflexiones habituales. Ya sé que es una ensalada de obviedades. Pero ya te dije… ¡es mi devocional! Es lo que Dios me habló.
¿Querés que te lo preste?
Él es mi Dios.
Él es… tu Dios.
