Espadas

Cuando miramos hacia el Antiguo Testamento con la mente del Nuevo, algunas cosas pueden parecer chocantes. Es como analizar la historia de un país o un evento histórico aislado con el pensamiento de los siglos posteriores. Al hacerlo así no somos totalmente justos en el análisis. Esos movimientos que se levantaron en los últimos años criticando o directamente atacando, por ejemplo, la Conquista del Desierto cargan con todos los errores del pensamiento y del análisis crítico.

El revisionismo nunca es justo ni apropiado, porque lo que pretende mostrarse moderno y democrático es solo aplicar una visión ideológica distinta a la del momento del hecho.

¿Fue Roca un asesino por combatir a los aborígenes de la pampa y Patagonia y arrinconarlos hacia el oeste?
¿O fue un visionario moderno (para el siglo XIX) que enfrentó a hordas de salvajes asesinos que violaban mujeres “blancas” y asesinaban niños?

¡Ves! Ya planté una nueva grieta.

Así, no podemos opinar sobre el actuar de Dios en tiempos de David comparándolo con el manto de gracia de Jesús después de la cruz.

Recordamos a David por ser “el dulce cantor de Israel”. Nos deleitan sus palabras de adoración y sus cánticos de un corazón derramado ante el Señor, pero este mismo David es el que le entregó a Saúl cien prepucios filisteos (1 Samuel 18:27).

Vemos al valiente David enfrentando al odiado Goliat… ¿Podés ver también que asesinó a un hombre al que luego le cortó la cabeza? (1 Samuel 17:51)

David hacía oraciones que hoy nos parecerían una aberración o una declaración violenta. Por menos cosas de las que él decía podríamos ser denunciados social o penalmente. A veces me critican por algunas expresiones predicando, que no son otra cosa más que un enfoque contextual y literal de, por ejemplo, Elías provocando a los profetas de Baal.

El Salmo 109 es un ejemplo clarísimo… es una oración que te gustaría hacer sobre algunos que te rodean, que tal vez te muerdas los labios por desearle a alguien. Pero no. No la hagas. No queda muy bien.

Pero sí podemos aplicar, en forma simbólica o espiritual, sus mismas palabras o las enseñanzas que nos deja la historia de Israel. No olvidemos que ellos se instalaron por medio de guerras para poseer lo que Dios les había otorgado. Pero todo tiene su tiempo, y el tiempo de las armas naturales se terminó.

Hoy trabajamos, como dice 2 Corintios 10:4-5, con “armas no carnales”, con las cuales “derribamos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios”. En la práctica espiritual aprendemos que es más efectiva la espada del Espíritu que la espada de Goliat.

Me atrapó la Palabra de Dios de Salmos 17, que justamente menciona a esa espada. No, no la de Goliat, sino la de Dios:

“Levántate, Señor, ¡enfréntate con ellos! ¡Hazles doblar las rodillas! Con tu espada, ponme a salvo del malvado…” (Salmos 17:13).

La espada del Señor es la ideal, por no decir la única, con fuerza suficiente para ponernos a salvo del malvado.

Sí, “otra vez sopa”, la Palabra de Dios es, lejos, el arma contra los ataques espirituales y las “huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12).

Es la única pieza ofensiva en una armadura cuya función es, casi por completo, defensiva. El casco cuida tu cabeza, tu mente y tus pensamientos; la coraza frena los golpes imprevistos; el cinto te afirma, te sostiene; las sandalias afirman tu caminar en todo tipo de terrenos y circunstancias, y el escudo impide que las mentiras te derriben… pero la espada es la que amenaza, confronta, ataca y debilita —o mata— esas mentiras que buscan no solo afectar tu fe, sino “hurtar, matar y destruir” (Juan 10:10).

Dios me ministró hace un tiempo: “A la mente se la calla con palabras”, y esas palabras no son cualquier palabra, sino la declaración de la Palabra de Dios.

Esta Palabra de Dios es “viva y eficaz” (Hebreos 4:12), y no lo digo yo… ¡sino esta misma Palabra de Dios!

La Palabra de Dios “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12), desenmascarando las mentiras del padre de mentira.

No hay mejor arma que la Palabra de Dios, como esta que te comparto y con la que me despido, para combatir las fortalezas de maldad:

“Ningún arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti…” (Isaías 54:17).

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