Es una historia bastante peculiar. No es de las conocidas popularmente, las que trascienden el ambiente cristiano, como Moisés y el mar Rojo o los Diez Mandamientos. Incluso Jonás es conocido de forma masiva. La historia del hombre tragado por la ballena está replicada en el cuento de Pinocho, y muchas historietas revivieron la misma escena.
Pero nuestro personaje de hoy es conocido puertas adentro de la iglesia. Fue un muchacho bastante irreverente. Diría, para ser más claro, un “borrego malcriado” al que se le subió el poder a la cabeza. Yo insisto y mantengo mi teoría: la mejor forma de gobierno no es la democracia, sino la monarquía, pero es inaplicable porque está sujeta al carácter, la personalidad o las capacidades del candidato o heredero de turno.
Bueno… este es un buen ejemplo. Su padre fue “de lo mejorcito” del país. No sé si tenemos, en la historia universal, algún gobernante que pueda cargar con ese título, pero las crónicas de la época y la historia posterior dicen que no hubo rey como Salomón. Decir su nombre es sinónimo de sabiduría. También de riqueza. Para los más entendidos en la Palabra, también es sinónimo de promiscuidad y desvío… Así como no todos están capacitados para llevar una corona, tampoco todos lo están para sostener gran sabiduría y poder.
No te apures, no te hablo de él, sino de su hijo: Roboam. Si estuviera escribiendo sobre Maldiciones Generacionales, tendría que inferir que los desvíos de Salomón, o sus mil setecientas mujeres, le quitaron tiempo para educar, criar y formar a Roboam. Creo que puedo afirmar que era “un nene de papá”, un creído, un maleducado, soberbio y arrogante, un muchachito (para no decir la palabra que tengo en la punta de la lengua) que “se llevaba el mundo por delante”.
¡Ya sé! Un Joffrey Baratheon versión bíblica. Aunque supongo que no sería tan cruel… (el que lee, entienda).
Roboam no entendía de sujeción ni de respeto por la experiencia. No aceptaba cuestionamientos ni obedecía a sus mayores. Como todo rey, tenía un cuerpo de asesores y consejeros, todos heredados de su padre. El tío Absalón sabía de asesores. En el momento de su golpe de Estado, se quedó con el consejero principal de David, abuelo de Roboam, para saber cómo enfrentar y vencer a su papá.
Si el padre le hacía caso a su consejero… él haría lo mismo… y el resultado sería similar.
Pero Roboam no. Él quería los suyos propios y puso por encima de los “viejos sabios”… bueno, de los ancianos… a los “pibes” con los que se había criado. Eligió tener una relación horizontal antes que una vertical, porque en la horizontal él podía sobresalir y, en la vertical, quedaba expuesto como un novato.
¡Uh, perdón! No, no estoy hablando de geometría ni de gimnasia. Una relación vertical es de ancianos a jóvenes; una relación horizontal es de pares…
“Pero Roboam no hizo caso del consejo de los ancianos, sino que consultó a los muchachos que se habían criado con él y que estaban a su servicio…” (2 Crónicas 10:8).
Este detalle, para muchos insignificante, es lo más relevante en la historia y la vida del rey Roboam I. Fue el que provocó la división del reino e hizo que once tribus (once provincias) se independizaran y formaran un reino propio.
¡Qué triste que seas reconocido en la historia como el provocador de un caos!
¡Qué feo que lo único trascendente de tu reinado sea haber sido un caprichoso, soberbio y malcriado!
Cuando nuestra inseguridad, disfrazada de arrogancia, nos hace rodearnos de gente de menor condición, estamos destinados al fracaso.
Cuando nos sentimos muy cómodos con iguales o inferiores, nos estamos condenando a la mediocridad y al estancamiento.
Cuando, por el contrario, apuntamos a rodearnos de personas con mayor capacidad, mayor experiencia y mayor sabiduría… estamos activando los mecanismos necesarios para llevarnos al siguiente nivel.
Roboam quiso sentirse poderoso mostrando autoridad y rigidez sobre su pueblo. Resultado: lo abandonaron y redujo sus recursos a menos del diez por ciento.
No te encierres solo en tu pensamiento. No seas sabio en tu propia opinión.
No te conformes ni te contentes con los que aprueban todo lo que decís. El necio no escucha consejos; el sabio escucha y se hace más sabio.
No te ciegues con tu propio criterio. No te limites a estar encerrado en tu propia cueva. Cuanto más conocés a Dios, más te falta por conocer.
¿Podrás decir que ya conocés todo?
¿Podrás decir que no necesitás aprender?
Buscá, escuchá y aceptá el consejo sabio, el escalón que puede llevarte al nivel donde Dios te quiere colocar.
