Descanso

¿Está mal tomarse un descanso? ¿Está mal despejarte, bajar un cambio? ¿Está mal “hacer nada” por un rato?

En absoluto. No solo no está mal, sino que es algo necesario. Incluso el dormir. La tradición de las ocho horas de sueño no es un simple invento ni tampoco un mito. Así como tu celular necesita recargarse, también tu cuerpo, también tu mente… y no existe un cargador superrápido para seres humanos.

Yo reconozco que, en lo personal, tuve que aprender a tomarme esas licencias. No soy para nada un “workaholic” (adicto al trabajo), aunque muchos piensan que sí. ¡Para nada! Es más, por tendencia natural tengo una inclinación a la “ley del menor esfuerzo”. Solo que, en vez de aplicarlo a la “fiaca crónica”, me convertí en un militante de la practicidad.

¿Por eso me apasiona la tecnología? Seguramente que sí. No hay cosa más placentera que un botón haga las cosas por vos o que un robot o un asistente de IA te resuelva tareas.

Es cierto que, en pro de esa practicidad, soy capaz de pasar horas interminables haciendo algo, si sé que me va a servir para hacer menos esfuerzo después o para automatizar alguna rutina diaria.

Otros se persiguen por la culpa. Creen que cualquier tipo de actividad recreativa o descanso está mal. Que estamos robando tiempo a la productividad o que estamos fallando en las tareas que debemos realizar.

Otros pecan de responsables y saturan su propia capacidad, ya sea para dar ejemplo, para generar mayores resultados o, como también ocurre en algunos casos, para escapar o evadir situaciones en sus casas o compromisos inevitables. ¡Yo me inventaba tareas cuando, antes de conocer al Señor, venían a mi casa a buscarme para ir a la iglesia!

Queda entonces bien en claro que el descanso no es malo, sino bueno; y, de bueno… necesario. ¡Más de uno se estará poniendo contento ahora y algún otro tal vez se esté tirando en el sillón para festejar esta reflexión! ¡Si hasta Dios descansó!

Es cierto. Dios también descansó (Génesis 2:2-3). Y si el que “no se fatiga con cansancio” (Isaías 40:28) y el que “no se adormecerá ni dormirá” (Salmo 121:3-4) quiso descansar… ¡¿cuánto más vos y yo, pequeños seres mortales?!

Pero Dios descansó cuando terminó su obra (Génesis 2:2). No lo hizo antes.
Es bueno descansar, y necesario… pero en el momento indicado, oportuno y apropiado.

Una cosa es descansar para reponer fuerzas y otra muy distinta es hacerlo porque no podés tolerar una hora de trabajo. Una cosa es irte a dormir después de un día agotador, y otra muy distinta es tomarte una siesta porque te estresó lavar los platos.

Es bueno descansar. ¡Y es necesario!
Pero aun las cosas buenas, usadas en exceso, terminan siendo perjudiciales.

Vivimos en una época donde se prioriza la “alimentación saludable”. ¿Me caerá bien desayunarme un kilo de avena?

Necesitamos incorporar proteínas. ¡¿Qué mal me puede hacer una docena de huevos a media mañana?!

También pasa con el entrenamiento… hasta que leí que un gurú del fitness dijo que “el que no entrena todos los días es un mediocre”.

¡Muchachos…! (“Ahora nos volvimo’a ilusionar”… ah, no).

Toda exageración es mala y todo exceso es perjudicial. También el descanso:

“Duerme un rato, descansa un poco, cruza los brazos, toma una siesta, y te sorprenderá la pobreza como un ladrón, y la miseria como un atraco a mano armada.” (Proverbios 24:33-34, PDT)

“Dormir un rato”. Perfecto.
“Descansar un poco”. Genial.
“Cruzar los brazos”. Bueno.
“Tomar una siesta”. Dicen que hace bien. A mí no me gusta.

Pero todo junto es la puerta abierta a la dejadez, el fracaso y la miseria.

Ya lo dijo Plutarco, en el siglo I: “Todo en su medida y armoniosamente”. (Si se lo escuchaste a otro… no era propia; apenas estaba citando a Plutarco).

Las cosas buenas dejan de hacerte bien cuando ocupan un lugar que no les corresponde.
Que el descanso sea un tiempo de renuevo, pero nunca una excusa para desperdiciar tu potencial.
Que la distracción y el dormir sean parte de un sano equilibrio… y no los enemigos de tu propósito.

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