Punto Ciego

Hoy hablaba con un conocido sobre el concepto de “punto ciego”. Esa particularidad que tiene el ojo humano que oculta un sector del campo visual y, sin saberlo, podemos no ver algo supuestamente “a la vista de los ojos”.

Lo mismo pasa (creo que ya conté esto) con mi auto. La verdad es que los ingenieros de Renault, más que un premio, merecen una reprimenda. ¡Ayer mismo casi atropello a una moto!

El parante delantero del lado del acompañante bloquea la visión en un ángulo lateral, de tal manera que me impide ver algo o alguien que, en ese ángulo, se esté acercando. Tengo que tener mucho cuidado, moverme un poco para aumentar el campo visual o, lo ideal, tener un acompañante que me diga amablemente: “¡¡Cuidado!!”… y así se caen carteras y celulares al piso.

Esto es lo que podríamos llamar “enfoque objetivo” o “mirar objetivamente”. Básicamente, se trata de un punto de observación desde fuera del sujeto observador.

¿Nunca te dijeron: “Tenés algo en la cara”, “en los dientes” o simplemente “te manchaste la blusa” (o la remera)? ¿Por qué no te diste cuenta y tuvo que decírtelo otra persona? Porque caminabas con un punto ciego, un sector de tu cuerpo que escapa a tu visión.

Necesitás un “acompañante” o un “observador objetivo”.

Y, como en la vida todo es replicable y nos deja una enseñanza… ¿qué te hace pensar que en tu vida social, emocional, afectiva o espiritual no pasa exactamente lo mismo?

Jesús les habla a los fariseos en la famosa metáfora de la paja y la viga, enseñándoles que primero se fijaran en lo suyo antes de juzgar lo ajeno (Mateo 7:3-5; Lucas 6:41-42). Es un mal permanente y cotidiano: nos resulta muy fácil señalar lo del otro e ignorar lo propio.

¿Será que convivimos tanto con nuestro propio error que ya nos acostumbramos?
¿Será que no nos molesta porque es nuestro?
¿Será que lo mío se justifica y lo del otro no?
¿O será que, directamente, no lo veo?

Precisamente Jesús hace hincapié en eso: “¿Por qué te pones a mirar la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tienes en el tuyo?” (Lucas 6:41, DHH).

El susodicho no puede ver el tronco; no es que lo ignore: simplemente no lo ve.
Necesitamos un “observador objetivo”. Necesitamos bloquear el “punto ciego” de nuestra vida.

David era consciente de eso. Tonto no era. Conocía sus propias miserias y no las ocultaba. Como Pablo, las ponía delante de Dios y las trataba con Él. Por esa razón dice:

“¿Quién se da cuenta de sus propios errores? ¡Perdona, Señor, mis faltas ocultas!” (Salmos 19:12, DHH).

David se dio cuenta… de que podía no darse cuenta.

Sin buscar justificaciones ni aprovecharse de la situación, se expuso delante de Dios y le dijo: “Perdoná mis faltas ocultas”.

Todos tenemos y cometemos errores, eso es más que obvio.
También podemos actuar mal creyendo actuar bien.
Pero lo más valioso es admitir la posibilidad de que no veamos nuestros propios errores.

Por eso mismo Salomón escribió: “No seas sabio en tu propia opinión” (Proverbios 3:7).
¡Obviamente aprendió bien de su padre!

Abrí tu mente. Date la oportunidad de aceptar que pudiste haberte equivocado. Dale a los demás la oportunidad de ver tu humildad, porque la humanidad y sus fallas ya se ven por sí solas.

¡Nadie es perfecto!, dice el viejo dicho… y es verdad: Nadie es perfecto. Tampoco vos…

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