Imagen…

“Las apariencias engañan” dice el viejo dicho… Y a veces engañan demasiado.

Ayer hablamos acerca de la revelación y la manera en que vemos a Dios. Te decía, ayer, que el primer paso para cambiar de posición espiritual es entender desde cuál posición yo me presento ante Dios.

No se trata, por supuesto, de subirnos a ningún caballo ni creernos nada especial. No es ese el punto y, si lo viste así, rebobinemos (¡qué antigüedad!) y replanteemos el tema.

Se trata de prestar atención a cómo nos vemos en cuanto a la relación con Dios y darnos cuenta de que Dios quiere tener una relación conmigo (¡Y con vos también, eh!)

¿Desde qué lugar buscás acercarte a Dios? ¿Buscás acercarte a Dios? ¿O creés que no estás en condiciones de hacerlo o que no lo merecés?

¿Vas como hijo… o como siervo? ¿Sos el pródigo “rebelde y desclasado”? ¿O el “responsable, legalista y amargado” hermano mayor?

¿Te presentás con arrogancia como el fariseo? ¿O reconocés que sos un indigno pecador como el publicano?

La forma en que nos presentemos delante de Dios influye en cómo nos relacionamos con Él y en lo que recibamos de Él… pero eso no tiene que ser un motivo para “alterar” nuestra imagen.

Vivimos en esa época en la que la apariencia es más importante y las formas valen más que el fondo. No está mal… cuando va acompañado de transformación.

Si solo tenemos determinada imagen, conducta o apariencia para quedar bien, ser aceptados, encajar o ganar seguidores o clientes… no te sirve de nada.

O lo que obtenés es muy pasajero y superficial.

Pero si esa imagen y bla, bla… es el resultado de un cambio de corazón… entonces el fruto es permanente y valioso.

En definitiva… es más importante el interior que el exterior y el fondo que la forma (aunque el amor y la comida entran por los ojos).

Pablo entendía de imagen y mucho de comunicación. No dependía de un algoritmo, pero sabía cómo hacerse escuchar y lograr que le prestaran atención. Pero parece que no le importaba mucho su outfit ni cuán lookeado estaba…

“Parecemos tristes, pero siempre estamos contentos; parecemos pobres, pero enriquecemos a muchos; parece que no tenemos nada, pero lo tenemos todo.” (2 Corintios 6:10)

A mí me “parece” que esta gente no le prestaba mucha atención a la apariencia… sino al mensaje que ellos daban.

¿Cómo hacés para que tu aspecto pase a segundo plano delante de los demás?

1. Entendiendo que tenés algo más valioso que esa imagen.
2. Reconociendo que sos más de lo que parecés.
3. Enfocándote en lo que sos… más que en lo que parecés.
4. Impactando más con tu personalidad transformada que con tu imagen editada.

Como esa mujer, la que representa a la iglesia, la mujer virtuosa de Proverbios 31… de la que se dice:

“Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, esa será alabada.” (Proverbios 31:30)

Su verdadero valor no estaba simplemente en lo que se veía desde afuera, sino en aquello que había sido formado en su interior.

Cuidá tu imagen, pero no dependas de tu imagen.

Cuidá tu aspecto… pero cuidá tu interior.

Cuidá lo que mostrás… en tus formas y apariencia… y en tu “palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”.

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