A lo largo de los siglos, de los milenios, desde que el mundo existe y la civilización empezó a racionalizarse, el ser humano fue mutando en su entendimiento, conocimiento y relación con Dios (o “dioses”).
Los registros antiguos, las películas, lo poco o mucho que podemos saber de distintas y antiguas civilizaciones nos muestran que siempre hubo algún tipo de culto a algún tipo de divinidad. Para la teología esto es importantísimo. Lo llama “conciencia natural de Dios” y es la idea de que Dios puso en el corazón humano la inquietud, la idea de la existencia de “algo superior”.
Es curioso, porque realmente fue así. La Biblia dice que Dios “puso eternidad en el corazón del hombre” (Eclesiastés 3:11) y que “escribió sus leyes en nuestros corazones” (Romanos 2:15).
Hemos visto historias trágicas de niños o mujeres vírgenes entregados en sacrificio humano a algunos dioses crueles para conseguir su favor. Hemos visto adorar a cuerpos celestes, como el sol, la luna y los planetas; vimos culto a la tierra, al agua, a las montañas e incluso a algunos animales.
Todo esto en búsqueda de “la entidad superior” que nos da vida y razón de existir.
La modernidad no se quedó atrás y una corriente de la ciencia dice que esas manifestaciones ignorantes de hombres rudimentarios solo eran señales de intentar explicar lo inexplicable (eventos astronómicos o naturales) o la necesidad de creer que “algo o alguien” nos cuida.
Como sea, esto también lo demuestra: el entendimiento, el conocimiento y la relación con Dios han ido cambiando y creo que seguirán cambiando.
Hoy hablamos de una relación cercana a Dios. Hoy conocemos a Dios. Hoy procuramos entablar una relación con Dios, que Él mismo propone y desea. Pero inevitablemente eso sucede desde la posición limitada que nos ponemos o creemos tener en cuanto a Él.
Esta semana terminamos la lectura del libro de Job. ¡Qué tipo fascinante! ¡Qué lectura sorprendente! En lo personal, es uno de los libros de la Biblia que me apasiona leer y estudiar. Ayer te dije que entre mis capítulos favoritos están Job 38 y 39. En los años que leo y predico… perdí la cuenta de cuántas veces hice menciones a Job o prediqué sobre él.
¡Ni qué hablar de la vieja canción de Alvarado! Para los de mi generación, todo un clásico. Para muchos de los “actuales”… algo desconocido de una vieja época. (Todavía no proceso que haya gente que no conozca a Marcos Witt).
“Conozco que todo lo puedes…”, canta Juan Carlos, haciendo énfasis en “…hablaba lo que no entendía y de oídas te había oído”. Ni más ni menos que Job 42, mostrando a un hombre temeroso de un Dios al que no conocía, pero que recibe de este Dios un reconocimiento por hablar lo correcto acerca de Él. Un hombre equivocado en sus apreciaciones, pero deseoso de tener una conversación real con el Todopoderoso.
Hablé de eso estos días. Cosas que él no se imaginaba pero anhelaba y que nosotros tenemos al alcance… pero menospreciamos. No por no valorar, sino por saber que está a disposición. Este Job tenía un entendimiento e imagen distorsionada del Dios a quien servía, pero aun así servía y adoraba.
Solo cuando fue cambiada su visión y entendimiento pudo recibir la bendición y restauración que tanta falta le hacía. Alguna vez Dios me dijo: “Sin transformación no hay bendición ni cumplimiento de promesas” y “sin revelación no hay transformación”.
Ese fue el proceso de Job: tuvo una revelación de la persona de Dios, que le provocó un cambio de visión:
“Hasta ahora, solo de oídas te conocía, pero ahora te veo con mis propios ojos.” (Job 42:5).
Y esa revelación y cambio de visión le trajeron transformación: de visión, de entendimiento, de carácter, de comportamiento. No lo diríamos con esas palabras, pero Job tuvo un profundo “arrepentimiento” (metanoia: cambio de pensamiento y dirección), dejó de ser quien era y empezó a ser una persona nueva:
“Por eso me retracto arrepentido, sentado en el polvo y la ceniza.” (Job 42:6).
Un cambio de visión y entendimiento acerca de Dios te obliga a tener un cambio de comportamiento delante de Dios.
Algo que Pablo entendía bien:
“…nosotros ya no pensamos de nadie según los criterios de este mundo; y aunque antes pensábamos de Cristo según tales criterios, ahora ya no pensamos así de él.” (2 Corintios 5:16).
E inmediatamente agrega:
“Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2 Corintios 5:17).
Parece fantasioso, pero es casi cuántico (¡Uh! Se me va a enojar la señora de física cuántica). Parece magia, pero es ciencia…
Ahora que lo pienso, lo que hoy es ciencia básica elemental, como química de primer año del secundario, en el siglo XII era considerado magia…
La física cuántica sostiene que un elemento cambia cuando es observado (o algo así). La Biblia me está enseñando que, según cómo yo mire a Dios, cambia el efecto y consecuencia de mi relación con Él… y lo que yo pueda recibir de Él.
¡Uff! Me puse solito entre la espada y la pared. La ciencia me va a tratar de bruto ignorante y los teólogos me van a tildar de falso maestro que pongo a Dios a merced de la voluntad humana…
No, señor estudioso metido en sus viejos pergaminos polvorientos… Dios está por encima de todo y su voluntad es inquebrantable. Pero Él me da a mí la capacidad de decidir…
¡Y sí, señora! ¡El evangelio es cuántico!
Qué importantes son la revelación y el entendimiento.
A veces creemos que con ir a la iglesia es suficiente. O que con tomar un compromiso en servir… es “más que suficiente”.
Pero la transformación que nos coloca en una nueva posición espiritual… y natural… viene después de la revelación.
Pedro cambió su destino cuando empezó a mirar a Jesús desde otra posición.
Pablo cambió su enfoque cuando se le cayeron las escamas de los ojos.
Vos no vas a pasar al siguiente nivel mientras sigas mirando a Dios desde la postura del día en que lo conociste o desde la posición del que no puede llegar a Él.
Tu promoción depende de tu transformación, que depende de tu revelación y tu cambio de visión y enfoque. Estos, mientras tanto, dependen de tu cambio de posición.
Es necesario que te “arrepientas” y cambies tu manera de pensar…
