El testimonio es el brazo armado de la fe. Y no me refiero solamente a la fe como «creer», sino a la fe como creencia: nuestra fe, el cristianismo.
Tal vez, en vez de dar tantas vueltas, debería haber dicho directamente que el testimonio es el brazo armado del cristianismo.
¿Por qué «brazo armado»? ¿Y por qué lo sería?
Básicamente porque la Biblia hace una comparación muy fuerte entre la milicia y el ser cristiano. Y, en ese contexto, el testimonio sería como el estandarte, el distintivo, la escarapela o la señal que identifica al ejército que avanza.
Ah, esperá…
Cuando hablo de testimonio no estoy hablando solamente de pararte a contar lo que eras antes de convertirte al evangelio. No me estoy refiriendo simplemente a qué eras, sino a quién hizo que dejaras de serlo.
Testimonio es ser testigo.
Es hablar de lo sucedido, y no de mí. Es contar quién hizo aquello que fue hecho.
«Dar testimonio», «tener un testimonio», es mostrar con hechos, y no solamente con palabras, lo que Dios hizo en mí.
Es que mis pasos caminen por el camino que digo andar y que mis huellas les muestren a los demás que realmente transité ese camino.
Que se deje ver en mí una vida transformada que muestre a otros cuál es el camino que acerca a Dios.
¡Uff! Sí, no te olvides: el evangelio es una confrontación constante.
Por eso el testimonio no se enfoca en mí. Nace de mí, pero se enfoca en el otro.
El testimonio del evangelio es mostrar, con mi vida, mis acciones, mi legado, mi familia y, a veces, también con palabras, lo que Dios hizo en mí.
Pablo lo dijo siendo muy consciente de sí mismo:
«Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado». (1 Corintios 9:27)
Es que él sabía que existía un peligro.
Fue capaz de escribir:
«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago». (Romanos 7:19)
Y esa conciencia de su propia fragilidad le dio toda la autoridad moral para decirle a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo…». (1 Timoteo 4:16)
Como aquella mujer de Sulam que reconoció: «Me pusieron a guardar las viñas; y mi propia viña no guardé». (Cantares 1:6)
El testimonio parte de mí, nace de mí, pero no es para mí: es para el otro.
Por eso también Pablo dice:
«Y por esto procuramos hacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres». (2 Corintios 8:21, DHH)
Entonces, ¿tenemos que hacer las cosas para la gente o para Dios?
Obviamente, para Dios.
Pero también delante de la gente.
No alcanza con hacer muchas obras si tu vida no las acompaña.
No alcanza con tener muchos dones si solamente sos un «metal que resuena».
No sirve cuidar de muchos si no cuidás de lo tuyo.
Si no cuidás de vos.
El testimonio es el brazo armado de la fe porque puede convertirse en una evidencia visible de la victoria de Dios en nuestra vida, pero también puede ser el lugar donde quedemos derribados en medio de la travesía.
¿Cuántas viñas cuidaste?
¿Cuánto cuidaste la tuya?
Lo bueno es que todavía estás a tiempo.
No sé por cuánto tiempo.
Pero todavía estás a tiempo de reordenar tu trayectoria, revisar tus prioridades y ajustar el GPS de tu fe.
Hacé las cosas bien para Dios.
Hacé las cosas bien para vos.
Hacé las cosas de tal manera que los otros puedan ver…
una vida transformada.
