«¿Qué tenés que no hayas recibido?»
Así confronta Pablo a los arrogantes corintios en 1 Corintios 4:7. Un pueblo engreído por la abundancia económica y, si fuera poco, por las manifestaciones sobrenaturales que desarrollaban y experimentaban.
La respuesta automática sería que muchas cosas las recibimos gracias al esfuerzo personal. Y es algo muy válido. Pero aun así, aunque haya sido por tu esfuerzo, alcanzaste algo que no tenías y, en definitiva, lo que tenés, antes no lo tenías.
Podría hilar más fino en ese punto y decirte que, si pudiste esforzarte, trabajar o estudiar, aun eso fue porque Dios lo permitió. Todas las cosas requieren cierto grado de esfuerzo y de nuestra intervención… pero, a la corta o a la larga… todo viene de Dios.
¡Ni qué hablar si hablamos de dones espirituales!
Ya etimológicamente, «don» significa regalo, así que recibiste algo que no tenías y que te fue dado. Es cierto que Pablo dice que procuremos los mejores dones (1 Corintios 12:31), y eso nos muestra que tenemos una responsabilidad: debemos desearlos, procurarlos y ejercerlos. Pero aun así, el que los da es Dios.
Nada hay que tengas que no hayas recibido…
¿Viste cuando tus hijos te reclaman que «no toques sus cosas» y vos te quedás con los ojos en modo huevo frito?
¿Viste cuando vos hacías lo mismo con tus padres?
¿Viste cuando te dicen que «no te metas en lo suyo»? Y vos decís: «¿Con qué plata lo compraste?».
Nada hay que tengas… que no hayas recibido.
Entiendo perfectamente la capacidad de gobierno y dominio con la que Dios nos creó y programó. Eso, por sí solo, hace que nos aferremos a algunas cosas y que valoremos el sentido de propiedad.
Ayer mismo, cuando te hablaba de liberalismo y capitalismo, una de las columnas de esas corrientes ideológicas es el respeto a la propiedad privada. Así que, nuevamente, es más que entendible que nos creamos dueños de lo que poseemos, de lo que alcanzamos, de lo que ostentamos y de lo que logramos por medio del esfuerzo.
Pero aun así…
Nada hay que tengas que no hayas recibido.
¿Por qué nos creemos más por tener lo que otro tiene? ¿Por qué nos sentimos menos por no tener lo que tiene el otro?
Si Jesús les dio a aquellos tres hombres «a cada uno según su capacidad» (Mateo 25:15), ¿por qué te gloriás de lo que tenés como si fuera tuyo, o te avergonzás de lo que te falta como si te perteneciera?
En la segunda carta, Pablo vuelve a la carga. Parece que los corintios eran bravitos con este tema:
«Si alguno quiere gloriarse, que se gloríe del Señor. Porque el hombre digno de aprobación no es el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba» (2 Corintios 10:17-18, DHH).
¡Ay! Sí, otra vez: el evangelio es una confrontación constante.
Si te gloriás de lo que tenés, y lo que tenés no es tuyo sino que te fue dado… ¿por qué no te gloriás del Señor?
¿O no te das cuenta de que Él está en vos?
¿O no se nota… que está en vos?
Seguramente resulta más fácil mandarnos la parte de aquello que podemos ostentar y manipular… cuando no podemos mandarnos la parte por lo que no se ve ni podemos manejar.
¡Ups! ¡Ya! Hasta acá…
Nada hay que tengamos que no hayamos recibido, sino que todo lo que tenemos, todo lo que alcanzamos y todo lo que somos proviene del Señor.
Chau.
