Recuerdo una experiencia vivida hace muchos, muchísimos años, que me marcó, me enseñó y le dio una dirección a mi ministerio.
Era por entonces pastor de jóvenes. Un joven adulto, inexperto en las cuestiones ministeriales, que iba abriéndose paso con la misma trayectoria que muchos: andando. Porque, como diría Machado, «al andar se hace camino».
Siempre tuve un formato desestructurado e informal, aunque sé moverme perfectamente en lo protocolar y diplomático. Eso hizo que adoptara los principios del evangelio, pero rechazara sus formas; formas que no eran «del evangelio», sino de «los evangélicos».
Mientras escribo, vienen a mi memoria cientos de ejemplos de esas cosas que decidí combatir y que, muchas de ellas, Dios mediante y para su gloria, fueron desapareciendo. Como el hablar en neutro, por ejemplo.
Esta experiencia puntual fue con un joven cercano en edad. Yo intentaba animar al grupo a soltarse y saltar —algo casi pecaminoso por aquellos tiempos y en aquellos lugares— y a «romper estructuras».
Entonces este joven se pone de pie y me dice: «Obligarme a romper una estructura y obligarme a saltar también es imponer una estructura».
¡Chan y recontra chan! ¡Cuánta razón tenías, Guille!
¿Cuántas veces hacemos cosas solo porque los demás las hacen?
¿Cuántas veces pretendemos que «estar a la moda» es más apropiado que tener un criterio propio?
¿Cuántas veces terminamos siendo simples imitadores de costumbres y «trends», queriendo parecer «modernos y espontáneos»?
Una de las características de Jesús y, por lo tanto, del evangelio, es que Él fue un gran transgresor. La religión se olvidó un poquito de eso y, en lugar de mirar cómo Jesús rompía moldes, nos quiere imponer nuevos moldes.
Como el absurdo de, como dije más arriba, predicar hablando en neutro porque es ¡más santo!
¡Qué burrada!
Me gusta lo transgresor de Jesús y amo ser controversial.
Me divierto cuando me atacan en las redes sociales y disfruto cuando quedan expuestos quienes dicen defender «la sana doctrina» mientras me maldicen y me mandan al infierno.
Digo, enseño y repito que un evangelio que solo se enfoca en la salvación no es evangelio sino religión, y que la iglesia tiene ¡la obligación! de formar al cristiano de esta y de la siguiente generación para encajar —sí, encajar— y transformar la sociedad de esta y de la siguiente generación.
Adaptarnos sin amoldarnos…. Para encajar y transformar.
Pero a veces eso nos lleva nuevamente al punto cero.
Ahí está Guille, gritando desde el banco: «¡Estás imponiendo una estructura!».
Porque con el afán de encajar y transformar, otra vez solo imitamos, perdiendo la esencia, la originalidad, la naturalidad y la creatividad.
Recuerdo que, allá por principios del siglo XXI, con el auge de Facebook, apareció el «CristianoBook».
Más o menos por la misma época apareció GodTube: un intento cristiano de copiar a YouTube para que los «santos» no cayéramos en manos diabólicas.
¿Permanecieron? Evaluálo vos mismo. Y pensá en esto: «…si esto que hacen es de carácter humano, se desvanecerá…». (Hechos 5:38)
Hoy seguimos con la misma corriente. ¿Tenemos que seguir la corriente del mundo para encajar? Sí.
¿Tenemos que aggiornarnos y adaptarnos? Sí.
¿Debemos participar de las redes sociales y sumarnos a las mismas tendencias «de moda»? Sí.
No es imitación. Es comunicación. Es estrategia. Es una forma de alcanzar.
Pero…
¿Por qué nos limitamos a imitar y nada más que imitar?
¿Por qué copiamos formas sin analizar?
¿Por qué, al copiar esas formas, copiamos también sus contenidos sin innovar?
Hoy estuve mirando un reel con la presentación de un humorista y tecladista en Got Talent. ¡Excelente el negro!
Hizo una performance comparando y caricaturizando las diferencias entre las iglesias «de blancos» y las iglesias «negras» en Estados Unidos.
Lo hizo comparando la forma en que ministran y los énfasis que hacen. ¡Atrapó a la audiencia! Incluso a Simon Cowell.
Y, en medio de la presentación, leyó dos veces y de distintas maneras Juan 3:16. ¡Todos escucharon que en Cristo hay vida eterna!
Adaptarnos sin amoldarnos.
Para encajar y transformar.
Ahora pensá: ¿Qué hubiera pasado si, para no molestar, para no ofender, en vez de recitar Juan 3:16 hubiera imitado a Bad Bunny? Hubiera sido un caso más de un cristiano devorado por el sistema y nada más.
Pablo advierte acerca de las malas enseñanzas y de quienes desvían la doctrina, y dice:
«Y esto no es nada raro, ya que Satanás mismo se disfraza de ángel de luz». (2 Corintios 11:14)
Encaja perfecto el viejo refrán: «No todo lo que reluce es oro».
No todo lo atractivo es apropiado.
No todo lo que gana rating es edificante.
No todo lo que todos ven es útil para transformar.
No todos los formatos, ni todas las maneras, ni todos los esquemas son válidos para presentar una alternativa y una forma de vida.
En cambio, cuando hacemos lo que sabemos hacer…
Cuando hacemos lo que se nos dio para hacer…
Cuando nos movemos en nuestro entorno…
Es cuando podemos impactar.
«Satanás mismo se disfraza de ángel de luz»…
No te dejes deslumbrar por las capacidades ajenas.
Ni por los logros sociales.
Ni por la cantidad de vistas, likes y seguidores.
Reforzá lo que sos.
Entrenate en lo que sabés.
Sacale el jugo a lo que hacés bien.
¡Utilizá los dones que Dios te dio!
Para alcanzar a esta… y a la siguiente generación…
Para anunciarles y mostrarles…
Para que todos puedan ver…
¡Que se puede vivir de otra manera!
