Inconmensurable

¿Cuánto puede medir una puntilla? Sí, ya sé que prácticamente no existen más y que hubo épocas en que la puntilla y su longitud eran toda una cuestión social.

Algo así como las peinetas en la época colonial…

Las puntillas les daban ese toque elegante a una costura. Era una forma de disimular un dobladillo, un hilván o un pespunte que, con el tiempo, se convirtió en casi una obligación.

Las puntillas eran, además, un detalle de feminidad, elegancia y hasta romance.

Pero ¿cuánto podrían medir? ¿Uno, dos… cinco centímetros?

Hubo otro tipo de puntillas: los ribetes. Esos hilos decorativos que se colocaban en los bordes de estandartes, emblemas, escudos, birretes y cucardas.

Eran de distinto material, grosor y color. Algunos tenían el ancho de un dedo. Otros eran apenas unas hebras de hilo entrelazadas, trenzadas o no, así sueltas nomás.

Le daban elegancia, pero también tenían un trasfondo: realzaban aquello que enmarcaban. Le daban nobleza, posición, autoridad.

¿Sabías que hasta en la Biblia aparecen? ¡Pero claro que sí!

Éxodo los menciona al describir las vestiduras sacerdotales. Otra vez: elegancia, realce, posición, autoridad.

En el caso del talit, los tzitzit, esos flecos que colgaban de sus bordes, tenían además un significado espiritual. Dios había ordenado que los israelitas los llevaran como un recordatorio de sus mandamientos y de su condición de pueblo apartado para Él.

No eran simplemente decoración. Eran un recordatorio visible de una identidad espiritual.

Y hay una tremenda y hermosa historia con el borde del manto de Jesús. Una mujer que llevaba doce años enferma se acercó por detrás y pensó que, si tan solo tocaba el borde de su manto, sería sana. «Porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva.» (Mateo 9:21)

Y acá aparece algo interesante. La palabra utilizada para ese “borde” está relacionada con los tzitzit, los flecos que colgaban de los bordes de las vestiduras. Algunos estudiosos relacionan además esta escena con la expectativa mesiánica que menciona Malaquías en 4:2, donde se habla del Mesías como aquel que trae «salvación en sus alas».

No era que la tela tuviera poderes mágicos. Ella había reconocido quién estaba debajo de aquel manto. Y por eso corrió a tocar apenas el borde.

Ahora, otra vez: ¿Cuánto puede medir un borde?

Por mucho que resalte, por mucho que adorne, por mucho que llame la atención, sigue siendo apenas un detalle. Unos centímetros. Una parte insignificante en comparación con toda la extensión de la vestidura. Y, sin embargo, puede decir muchísimo acerca de aquello que está enmarcando.

Por eso me sorprende y me deslumbra la visión de Isaías. Él estaba atravesando un momento de profunda conmoción. El rey Uzías había muerto. Y en ese contexto, Isaías tuvo una visión…

Vio al Señor.
Bueno… vio el trono.
Bueno… en realidad, ni siquiera eso completamente.

Porque Isaías dice: «El año en que murió el rey Uzías, vi al Señor sentado en un trono muy alto; el borde de su manto llenaba el templo.» (Isaías 6:1, DHH)

El borde de su manto. Eso fue lo que vio. No pudo abarcar a Dios. No pudo describir su totalidad. No pudo medirlo. Vio apenas el borde de su manto.

Y ese borde…¡llenaba todo el templo!

Pensalo. Si aquello que apenas era el borde del manto de Dios llenaba el templo… ¿cuál era la magnitud de Aquel que estaba dentro de ese manto?

Si apenas el borde era inconmensurable para Isaías… ¿cómo pretendemos nosotros medir a Dios?

Pablo tenía una idea al respecto. Y ya sabés que yo estoy convencido de que Pablo supo cosas que nosotros no sabemos y vio cosas que nunca vimos. ¿Viste que él cita casi como superación aquellas palabras de Isaías? «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre…» Pero Pablo agrega algo impresionante: «Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu…» (1 Corintios 2:9-10)

Y cuando Pablo intenta hablar de Dios, vuelve una y otra vez al lenguaje de aquello que no puede ser medido.

Habla de: «la anchura, la longitud, la profundidad y la altura» del amor de Cristo. (Efesios 3:18)
Habla de: «la incomparable grandeza de su poder» (Efesios 1:19)

Y cuando contempla los caminos y los juicios de Dios, termina diciendo: «¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Romanos 11:33)

Insondables.
Inescrutables.
Inconmensurables.

No sé si realmente existieron los gigantes mitológicos de más de tres metros de altura… Pero sí sé que Dios es ¡imposible de medir!

Bueno, Isaías también tenía esa idea: «¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano? ¿Quién midió los cielos con la palma de su mano? ¿Quién con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó con balanza y pesas los montes y las colinas?» (Isaías 40:12, RVC)

Los mares del mundo entran en la palma de la mano de Dios. ¡Ay!

¿Y todavía creés que Dios necesita que vos reprendas al diablo?
¿Y en serio pensás que podés convencer a Dios de algo con tu ofrenda, tu alabanza o tu adoración?
¿Y todavía estás preocupado por cosas que no podés manejar?

¿De verdad pensás que el Dios que sostiene los mares en la palma de su mano perdió el control de tu vida?

Te dejo con esa vieja frase, bien evangélica, pero tremendamente cierta:

«No le digas a Dios cuán grande es tu problema. Decile a tu problema cuán grande es tu Dios.»

Dejar un comentario