Des-graciados

Cuando pensamos a Dios desde nuestra humanidad, lo único que hacemos es rebajarlo de su trono y de su poder.

Cuando entendemos el obrar de Dios desde la óptica humana, confundimos su proceder y alteramos el orden de la creación.

La matemática nos ha enseñado que «el orden de los factores no altera el producto» y, por lo tanto, 3 × 2 es igual que 2 × 3…

Pero rebajar a Dios a la altura de nuestra empatía nos hace creer que él fue creado a imagen y semejanza del hombre.

Pero no. Fue al revés.

Entonces juzgamos con criterios humanos, actuamos con emociones humanas y pretendemos que Dios haga las cosas de la misma manera.

No entendemos la gracia. Tampoco la misericordia y apenas comprendemos el perdón.

Claro, porque cuando me toca de cerca y me conviene, todo está bien. Pero cuando Dios perdona a alguien que yo considero indigno… la cosa se pone oscura.

Por eso alguna vez dije que Dios es injusto.

No porque crea que él favorece a otros y me desmerece a mí, sino porque, si me perdonó, me restauró, me levantó y me llamó, entonces —desde mi lógica humana— ¡es injusto para con los demás!

Yo no me hubiera elegido. Pero no soy Dios. Dios es él.

Yo no me hubiera levantado. Pero no soy Dios. Dios es él.

Yo me hubiera dejado tirado. Pero yo ¡no soy Dios! Dios… ¡es él!

Hace muchos, muchos años —unos treinta y tantos— Dios me dijo que, “aunque se había enojado conmigo, me había perdonado y me estaba llamando para servirle.” (Versión libre de Isaías 12:1.)

El problema era que ¡yo apenas recién lo conocía! Y no entendía demasiado de qué me estaba hablando.

¿Por qué Dios estaba enojado conmigo?

Después entendí algo acerca de la línea de tiempo: para nosotros hay pasado, presente y futuro, pero Dios no está limitado por nuestra manera de vivir el tiempo. Para Dios lo de hace cincuenta años es hoy y lo que va a pasar dentro de cincuenta años también es hoy.

Y entonces entendí.

Tendrías que mirar Interestelar o la serie Dark para entender mejor lo que te estoy hablando… aunque seguramente ya lo comprendiste:

Dios te perdonó antes de que nacieras, incluso de los pecados que ibas a cometer cincuenta años después. Vos te enteraste después de cometerlos. Pero Dios ya sabía.

Dios no actúa como nosotros. ¡Y qué bueno que así sea!

Porque, como te dije, yo no perdonaría. Mucho menos restauraría. Y menos aún levantaría.

Pero Dios es él.

En Isaías 14 Dios vuelve a mostrar el mismo proceder con Israel:

«Sí, el Señor tendrá misericordia de Jacob. De nuevo tendrá a Israel como su elegido, y hará que los israelitas vuelvan a establecerse en su tierra.» (Isaías 14:1, DHH)

Parece «el cuento de la buena pipa». Pero no. Es la gracia de Dios.

¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?

Cuando nos quedamos mirando el pasado, cuando solo nos enfocamos en lo que pasó, cuando solo pesamos los errores y los fracasos… también estamos bajando a Dios de su trono y de su poder.

Estamos mirando nuestra historia desde nuestra perspectiva y olvidándonos de que Dios sigue siendo Dios.

Dios no es hombre.
Dios es Dios.

¿Acaso Hebreos no habla del «trono de la gracia»?

La gracia es eso que no merecés, pero que Dios te da para que puedas acercarte a él.

No sos tu fracaso.
No sos tu pecado.
No sos tu caída.
No sos tu error.

Sos un hijo o una hija de Dios.

Elegido.
Salvado.
Restaurado.
Llamado por Dios.

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