¡Qué peligro! Y qué bueno al mismo tiempo…
Recuerdo una escena muy confrontativa e interesante de una vieja serie que se llamaba Memorias de la Casa Blanca (creo que en aquella época ni siquiera les decíamos «series»). Era una historia real, la versión televisiva de un libro con ese mismo nombre, escrito por un sirviente, un mayordomo negro que había entrado al servicio de la Casa Blanca durante la presidencia de Hoover, en Estados Unidos, obviamente.
Era una época de pleno racismo. Legalmente ya no existía, pero se seguían practicando las mismas reservas y restricciones. Por esa precisa razón, todos los sirvientes de la Casa Blanca eran de raza negra.
Había una sirvienta, también negra entonces, que tenía una condición física particular: había padecido polio durante su infancia y caminaba con muletas. Hubo un cambio de gobierno y el nuevo presidente, Roosevelt… ¡usaba silla de ruedas! Contra la costumbre y la opinión de todos, este presidente autorizó a Lilian, la sirvienta, a utilizar el ascensor presidencial.
Pero los gobiernos pasan… aunque la gente queda.
Y la nueva primera dama, la esposa de Eisenhower, quiso prohibirle a Lilian, ya bastante adulta, que siguiera usando «su ascensor».
Y acá viene el corazón de esta reflexión.
La sirvienta le respondió a la primera dama: «Un presidente de los Estados Unidos me autorizó a utilizar el ascensor y solo un presidente de los Estados Unidos puede revocar esa autorización». Y se fue caminando con una altanería más que ganada.
Ayer, casualmente, leía Isaías 14:27 en mi lectura diaria. Un texto que siempre tengo presente porque me habla de la soberanía de Dios: «El Señor Todopoderoso lo ha decidido, y nadie podrá oponérsele».
¿Quién puede decir que no a lo que Dios dice que sí?
¿Quién puede cancelar lo que Dios decretó?
Así, del mismo modo…
¿Quién puede sacarte lo que Dios te dio?
¿Quién puede anular su llamado?
Recuerdo una situación entre triste y cómica que presencié hace ya unos cuantos años. No en vano el Señor nos llamó a un ministerio y a una visión de restauración, por medio de los cuales podemos ayudar a sanar las heridas que la propia iglesia y sus propios ministros hacen —¡hacemos!— o hicieron —¡hicimos!— en los creyentes.
En aquella ocasión, una familia estaba saliendo de una congregación. Por distintas razones, estaban abandonando esa iglesia. Entonces su ya ex pastor les dijo: «Las consecuencias de los pecados que yo restauré van a caer sobre sus hijos».
¡Chan!
¡Y recontra chan!
¡Qué peligro! Y qué bueno al mismo tiempo…
Porque nadie puede cancelar lo que Dios hizo en tu vida.
Nadie puede quitarte lo que Dios te dio.
Nadie puede anular el llamado que Dios hizo sobre vos.
Entiendo tanto a Pablo cuando parece casi gritar: «No es que haya otro evangelio. Lo que pasa es que hay algunos que los perturban a ustedes y que quieren trastornar el evangelio de Cristo». (Gálatas 1:7)
Es totalmente cierto: hay algunos que perturban y quieren trastornar «las buenas noticias» de Cristo… (Para que se retuerzan los fariseos).
¿Pero acaso no hay un orden? Por supuesto que lo hay.
¿Acaso no hay que sujetarse? ¡Más te vale que sí!
¿No deben los dones sujetarse al cuerpo para edificación del cuerpo y los ministerios a la Cabeza? ¡Pero claro que sí!
Pero que alguien te haya nombrado, ordenado o puesto como ministro, diácono, levita, salmista, ujier, asistente, profeta, apóstol, portero, alabancista, electricista, evangelista o cualquier otro «ista» que se te ocurra… no le da a esa persona el derecho a manejar tu llamado y mucho menos a dirigir tu vida.
Del mismo modo, que Dios te haya dado un don, un ministerio o una función tampoco te da derecho ni autoridad para manejarlo a tu antojo, creyéndote más que el que no lo tiene o superior al que está a tu lado.
Si Pablo dice: «…los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (1 Corintios 14:32) ¡Cuánto más cualquier servicio, don o ministerio debe sujetarse a la autoridad que Dios estableció!
Dios no hace acepción de personas y todos somos iguales delante de Él. Pero eso no significa que todos tengamos la misma función ni la misma responsabilidad. Dios establece un orden, y el orden implica autoridad.
Y la autoridad siempre implica rendir cuentas.
¿Te acordás del centurión que entendía tan bien el principio de autoridad y obediencia que Jesús lo elogió? Bueno, así…
Por eso, repito:
¡Qué peligro! Que nadie tenga autoridad absoluta sobre tu llamado ni sobre lo que Dios te dio.
¡Y qué bueno, al mismo tiempo! Que nadie tenga autoridad absoluta sobre tu llamado ni sobre lo que Dios te dio.
Dice Pablo, encabezando su carta a los Gálatas —a esos que se creían un poquito superiores al resto—:
«Pablo, apóstol, no enviado ni nombrado por los hombres, sino por Jesucristo mismo y por Dios Padre, que resucitó a Jesús». (Gálatas 1:1)
No enviado ni nombrado por los hombres…
sino por Jesús mismo y por su Padre, Dios.
¡Qué peligro!
Y qué bueno al mismo tiempo…
Dios es quien llama. Y lo que Dios establece, ningún hombre puede revocar.
