Ya estaba definiendo la línea de la reflexión de hoy cuando… un llamado de atención del cielo me hizo detener y prestar atención a otra cosa.
¡Qué difícil es! Por lo menos para mí. Seguramente para vos será más sencillo, pero ¡qué difícil es! Ya es bastante complicado darte cuenta de cuándo Dios quiere dirigirte para un lado u otro. Imaginate cuando te está diciendo que ¡no hagas esto o aquello!
Cuando tenés que tomar una decisión, evaluás distintas opciones, riesgos, aspectos y posibles consecuencias. Más a mi edad —unos 20 largos—, ya no se toman decisiones impulsivas o dirigidas por la pasión, sino que la razón pasa a tener un peso más que importante.
Por eso, cuando estás a punto caramelo para tomar una decisión, estás bien seguro de lo que vas a hacer. ¿No? Bueno… ponele que sí.
Y de golpe Dios te dice: no.
¿Qué pasó? ¿Qué hiciste mal? ¿En qué te equivocaste?
No sé si es peor eso o que Dios te responda “no” a una petición, pero debe ser —es— igual de frustrante.
Pienso en Pablo. Pablito no era un recién llegado. No era, como se decía antiguamente, “un caído del catre”. Tenía trayectoria, historia, experiencia y reconocimiento. Él mismo dice de sí:
“Soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín; soy hebreo de hebreos y, en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que se basa en la ley, irreprensible.” (Filipenses 3:5-6)
Pero cuando se topa con Dios, cuando realmente, como Job, empieza a conocer a Dios, se encuentra con esto:
“Como el Espíritu Santo no les permitió proclamar la palabra en Asia, ellos se limitaron a atravesar Frigia y la provincia de Galacia. Cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu tampoco se lo permitió.” (Hechos 16:6-7)
Digamos todo: ¡qué carácter tenés que tener para, moviéndote con tal autoridad, aceptar que no sos dueño de tu voluntad, sino que te están dirigiendo!
Dije: digamos todo… ¡Qué difícil es reconocer y darte cuenta de que, por muy grande, fuerte y experto que te creés… hay alguien que todavía, como a un chico, te dice qué podés y qué no podés hacer!
Dije: digamos todo… ¡Qué humano que suena eso!
A lo largo de mis años en el Señor me topé en más de una ocasión con fracasos provocados. Situaciones en las que la inexperiencia o la necedad, el capricho o la rebeldía me llevaron a encontrarme en medio del barro.
Recuerdo ahora mismo una, en mis muy incipientes comienzos, donde me creía Superman echando demonios y casi me tienen que sacar en camilla…
También reconozco otras en las que, sabiendo que no tenía que meterme, lo hice igual. En algunas fui cubierto y rescatado y en otras fui confrontado y sacudido.
También hubo otras, menos de las que hubiera querido, en las que me detuve a tiempo y todo siguió entonces su curso normal, en el propósito de Dios.
Ya lo dice Santiago bien clarito: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (Santiago 1:20)
Donde te mandás de metido, estás cerrando el paso a Dios y atando sus manos.
¡Ah, cierto que los religiosos me dicen que no podemos estorbar el plan de Dios!
Perdón… Perdón…
Cuando actuás según la directiva del Señor, no es una garantía de que no haya problemas, pero es una garantía de que todo va a estar según el plan y propósito del Señor.
¿Será por eso que, después, Pablo comenta…?
“Fui porque Dios me había mostrado que tenía que ir…” (Gálatas 2:2)
No era para nada lógico lo que estaba haciendo. Se estaba metiendo literalmente en problemas. Como cuando ese profeta le advirtió que, si viajaba a Jerusalén, iba a ser atado y entregado a los gentiles, pero eso no lo intimidó. (Hechos 21:4, 11-12)
Una cosa es lo que diga un profeta y otra es lo que diga Dios.
Y pensar que algunos se atreven a decir que Pablo se equivocó…
Pablo tuvo algunos problemas con los gálatas. Me parece que ganó más enemigos que seguidores. En esta época sería una pésima estrategia de marketing y posicionamiento.
Pero Pablo ya había aprendido… Es más productivo hacer lo que Dios te manda hacer y dejar de hacer lo que te marca que no.
¿Fácil? Para nada. Es una confrontación total a la razón, la propia voluntad y el carácter.
Justamente lo que el mismo Pablo enseña tantas veces acerca de la transformación, el morir al viejo hombre y revestirnos del nuevo.
Justamente lo que Jesús enseñó acerca del grano de trigo que debe morir para dar fruto.
¿La clave? Y te dejo en paz.
“No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2)
¿¡Otra vez Romanos 12:2!? Otra vez Romanos 12:2.
Hacé caso a Dios… transformate… mediante la renovación de tu mente.
Cambiá tu manera de pensar, para que cambie tu manera de vivir y los resultados de esa nueva forma de vida.
¡Se puede! …vivir de otra manera.
