¿Viste la película La mosca? Fue un impacto, con un rotundo éxito momentáneo allá a mediados de los 80, con un tema más que curioso: un científico estaba investigando la teletransportación, eso que es tan habitual en mi amada Star Trek, y, haciendo la primera prueba en humanos (él mismo), hubo una falla: una mosca se metió en la cabina y su ADN se mezcló con el propio al hacer la transportación.
Te lo explico más sencillo: la mosca se fusionó con él y el tipo pasó a ser parte humano, parte mosca.
El problema fue que el ADN de la mosca resultó más fuerte que el humano (no te asustes, es solo ficción y teoría). Por eso de que las cucarachas van a dominar el mundo y han resistido, junto con las moscas, todo tipo de cataclismos y cambios de eras geológicas.
Siempre pensé que Jeff Goldblum fue la mejor elección para representar a la mosca humana. ¡El tipo tiene cara de mosca!
Al margen y, como decía, a diferencia de Peter Parker, que adquirió habilidades de las arañas, o el Avispón Verde, que lo único que tenía de avispón eran esos lentes grandes, nuestro personaje (¡no recuerdo su nombre!) se convirtió, paulatina y progresivamente, ¡en una mosca gigante humanoide! (¡No puedo sacarme de la cabeza la escena donde se le caen la nariz y las orejas!).
Siempre me gustó decir que, así como a Mr. Mosca, nosotros tenemos una mutación del ADN. Si algún médico o científico lee esto, me va a denunciar, y bien hace, pero no estoy hablando de ciencia, sino usando un concepto científico como ilustración de la obra del Espíritu en nosotros.
Así que, si sos científico del CONICET, no te desmayes, por favor.
Siguiendo la idea, me gusta decir que, al recibir a Cristo y empezar el proceso de transformación (metamorfosis), posterior a la metanoia (cambio de manera de pensar), todos estos conceptos bien de don Pablo (Romanos 12:2; Efesios 4:23), Dios nos hace «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4).
Y ser «participante» de la naturaleza de Dios es «ser uno con Cristo» (Juan 17:21; Gálatas 2:20). Y lo mejor que grafica eso es esta caricatura: ¡recibimos el ADN de Dios!
Esto es más interesante cuando lo cotejás con Juan 1:12 y Romanos 8:15-16, que dicen que «tenemos el derecho de ser hechos hijos de Dios» y que «recibimos el espíritu de adopción, por medio del cual llamamos a Dios Papá».
Y ahí cierra el círculo:
- Tengo credenciales para ser hijo.
- Dios me «adopta».
- Decido ser hijo.
- Empiezo mi transformación.
- Dios me permite compartir su naturaleza, su esencia.
Pero en medio de todo esto está el «proceso» de la «transformación».
Digo, creo, pienso… Así como el personaje de La Mosca (¡¿cómo se llama?!) va teniendo una metamorfosis dolorosa y traumática, así como una mosca real se convierte de larva a insecto, así como el gusano se convierte en mariposa pasando por una experiencia también traumática… ¿Cómo resulta la transformación de hombre carnal a hombre espiritual, pasando por caminar como hijo de Dios?
La lucha de la carne contra el Espíritu es un estamento de la vida cristiana. Estuvo, está y estará. Es el medio por el cual somos «procesados» (otra vez: proceso).
Sí, me había olvidado del proceso. Hace un par de meses compramos una nueva mixer porque la vieja… bueno, ya era vieja. ¡Y esta vuela! Metés algunos ingredientes en el vaso, le das al botoncito, se enciende la turbina ruidosa y molesta… y solo te queda una pasta semilíquida con lo que vos sabés que tenía, pero que ya no puede reconocerse.
Proceso. Procesos… ¿Qué sentirá el tomate? ¿Qué dirá el zucchini?
Sí, el proceso que te lleva a ser transformado duele. Es traumático. Es confrontativo y conflictivo.
Te dije que está siempre presente la lucha. Pablo lo dice así: «Pero así como en aquel tiempo el hijo que nació de modo puramente humano perseguía al hijo que nació por obra del Espíritu, así sucede también ahora». (Gálatas 4:29)
Así es, así fue y así seguirá siendo. Es la única manera para ser metamorfoseado por medio de la decisión y determinación de ser, finalmente, hecho hijo de Dios y formar parte de su naturaleza divina.
Recibir a Cristo y empezar la transformación es como que (¡alerta, religiosos! Si es mucho para vos, dejá de leer)… empezar la transformación es como que en tu interior empiece a crecer un ADN distinto que te va convirtiendo en otra cosa, que gana y ocupa lugar dentro tuyo, que altera tu forma y tu pensamiento, que te hace dejar de ser vos… para ser Él.
Algo como Alien… ¿viste? ¡Otro caso de un parásito dentro tuyo! (Sí, estoy comparando al Espíritu Santo con un parásito. ¡Shhhhh!).
El punto es: «Cristo tiene que ser formado en tu interior» y hacer desaparecer al vos real, como la mosca hizo desaparecer al fulano ese que personifica Jeff Goldblum. Que presione, que empuje, que cambie y altere tu forma, tu aspecto, tu pensamiento. Que, ¿por qué no?, se te caigan los detalles que te caracterizan, como la oreja y la nariz, y empieces a ser «una nueva creación».
¡Ay, Pablo, ay…! Ahora entiendo cuando decías:
«Hijos míos, otra vez sufro dolores de parto, hasta que Cristo se forme en ustedes». (Gálatas 4:19)
Cristo tiene que ser formado, y para eso debemos ser:
- Trasvasados.
- Despojados.
- Reformados.
- Transformados.
- Confrontados.
- Procesados.
Y todo eso para empezar, apenas empezar, a dar los primeros pasos para llegar «a la altura de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13).
No impidas el proceso.
No detengas el proceso, no te conviertas en una masa gelatinosa sin forma.
No te quedes solo mirando cómo se te cae la nariz.
No quieras revertir el proceso: la mariposa nunca volvió a ser gusano.
Dejate ser confrontado.
Dejate ser procesado.
Dejate ser transformado.
Para reflejar en todos lados la muerte y la vida de Cristo.
