Una de las cosas que me dan mucha ternura es ver a un padre llevando de la mano a su hijo pequeño. No sé por qué no me pasa con las madres. Seguramente hay algún conflicto en mi interior sin desentrañar o resolver todavía, pero eso ya no es muy importante. Ver esa imagen me da una mirada panorámica y hasta futurista de la vida de ese pequeño hijo.
Algo característico que seguramente viviste y, si no, no te pierdas la oportunidad… es ese momento en que tenés que caminar a paso lento para respetar el paso de tu hijo. Si en ese contexto le soltás la mano, cada tres o cuatro pasos tenés que parar para esperarlo mientras inspecciona el mundo, se sorprende con un insecto o se maravilla con algo que encontró tirado en el piso.
Por supuesto que, si fueras solo, el viaje sería más rápido, pero no estás yendo a trabajar ni a atender una urgencia: estás caminando con tu hijo y guardando momentos que nunca se volverán a repetir.
¿Sabés de qué te hablo? ¡Qué bueno!
Esa imagen tuve cuando leí hoy temprano Isaías 30. Es una palabra fuerte, como gran parte de Isaías. Dios confronta y reprende a su propio pueblo porque, tal como los hijos adolescentes (no pequeños, en este caso), Israel siempre se soltaba de la mano de Dios, creyendo que tenía capacidad y autoridad para decidir su propio camino.
Bueno, en realidad sí, tenía autoridad y capacidad para decidir su propio camino; lo que le faltaba era madurez y entendimiento para que ese camino lo mantuviera dentro de los planes y la voluntad del Señor.
Pero el versículo 18 muestra esa actitud que te estoy contando: un padre paciente y amoroso que espera, a pesar de todo, del paso del tiempo, de los apuros personales y de la caminata lenta… que su hijo llegue a su ritmo y vuelva a tomarlo de la mano.
“Pero el Señor los espera, para tener compasión de ustedes; él está ansioso por mostrarles su amor, porque el Señor es un Dios de justicia. ¡Dichosos todos los que esperan en él!” (Isaías 30:18)
Creo que este texto muestra mucho más el amor de Dios y su paternidad que muchos aun del Nuevo Testamento. Obviamente, no voy a desmerecer a Lucas, Juan, Romanos, Gálatas, Efesios y cualquier otra referencia paulina a esta paternidad y al amor de Dios, pero… ¿qué cosa más gráfica que ver que «te espera para tener compasión»?
Podría esperarte para seguir viaje.
Podría esperarte para retarte.
Podría esperarte para que lo ayudes con algo.
Podría esperarte porque no quiere seguir viajando solo.
Pero te espera para tenerte compasión…
¿Dónde encaja en esta visión la extraña teología del Dios castigador?
¿Cómo relacionamos este comportamiento con la imagen de un Dios lejano, distante?
¿Qué fundamento nos queda para creer que Dios se cansa, te condena o deja de perdonar?
A veces pienso que Dios inventó la paternidad solo para que comprendamos lo que él siente por nosotros y en qué nivel podemos confiar en él. Después me acuerdo de algunos padres que mejor perderlos que encontrarlos y digo: no, no fue por eso.
Pero lo que sí es seguro es que Dios es Padre, quiere ser Padre; ama y quiere amarte; te cuida, te protege, te prospera… y te espera… para restaurarte.
Viene a mi mente el padre del hijo pródigo y ambos hijos de ese padre. El pródigo volvía a su casa recitando el mantra de su restauración, al mejor estilo de un chico memorizando la lista de compras del mercado: lo que le iba a decir a su padre. Pero el texto dice que «el padre lo vio llegar» (Lucas 15:20).
¿Cómo hizo ese padre para «verlo llegar»? Una sola opción. No creo que tuviera cámaras de seguridad. No creo que tuviera un dron vigilando la zona alrededor de su estancia. No creo que algún vecino le mandara un WhatsApp para avisarle… El padre salía diariamente al camino a ver si su hijo volvía a casa.
«Lo esperaba para tenerle compasión».
El hijo pidió perdón y trabajo. Buscaba al menos techo y comida. Pero recibió restauración, posición, ropa, autoridad y fiesta en su honor.
¡Hasta cuando Dios trató a Israel como a la peor prostituta, la humilló públicamente y casi la insultó… después le dice: «Cuando yo haya perdonado todo lo que hiciste» (Ezequiel 16:63)!
¿Fuiste confrontado por Dios?
¿Fuiste reprendido por él?
¿Sentiste la «ley de hielo» de su parte?
Hacé como el pródigo. Levantate. Juntá tus bártulos. Emprendé el regreso. Recitá tu cantito…
Tu Papá te espera para tenerte compasión.
