Rutina religiosa

Uno de los discursos tal vez más disruptivos —me gusta mucho esa palabra— o confrontativos de Jesús es cuando Él dice: «No usen vanas repeticiones». (Mateo 6:7)

Era un golpe directo a las costumbres del judaísmo, a la estructura religiosa del fariseísmo, cuyo sistema de oraciones consistía en repeticiones. Una de las expresiones más comunes del judaísmo es el Baruj Atá Adonai, que es la fórmula con la que comienzan muchas de sus oraciones.

El problema con esas fórmulas es que van perdiendo peso por el solo hecho de la repetición.

Por la costumbre, de golpe se convierten en una tradición y nos vamos olvidando del significado y de la profundidad que tienen esas palabras.

Así nos encontramos repitiendo cosas por repetir, diciendo cosas por decir, terminando más enfocados en nosotros mismos que en Dios, con quien, se supone, estamos hablando.

Mencionaba estos días, ayer en la reunión, acerca de orar en el nombre de Jesús. Algunos piensan que sencillamente decir la expresión «en el nombre de Jesús, amén» es la fórmula mágica, como frotar la lámpara de Aladino, para que se cumpla lo que estamos pidiendo y recibir la respuesta.

Pero no es una fórmula mágica.

«En el nombre de Jesús» significa que estamos hablando enviados por Jesús, de parte de Jesús, con la autoridad de Jesús, estando Jesús en conocimiento de lo que estamos diciendo y hablando en su nombre como enviados de Él.

Hay muchas otras expresiones. Entre ellas, nuestro saludo habitual: «Dios te bendiga», que sinceramente lo decimos reemplazando el «buen día», «buenas tardes», «hola, ¿cómo te va?».

Si lo pensamos fríamente, «Dios te bendiga» es una expresión de deseo. Es como decir «que tengas un buen día»; en vez de decir eso, estamos diciendo «que Dios te bendiga».

Ahora yo me pregunto: ¿tengo yo autoridad para decirle a Dios que bendiga a alguien? ¿Tengo yo autoridad para hacer que alguien sea bendecido por Dios?

Esa es otra pregunta. Es otro tema.

Entre las expresiones tan comunes del evangelio está la de orar con la armadura. La armadura de Dios pasó a convertirse en un fetiche, prácticamente en un elemento supersticioso.

Nos enseñaban, allá por los 90, cuando nosotros nos convertimos, que teníamos que orar, recitar al Señor la armadura de Dios de Efesios, capítulo 6, del 10 al 20, para no salir de casa sin esa protección.

Como si recitar de memoria esos pasajes fuera más que suficiente para tener la protección del Señor.

Arrancábamos a la mañana, antes de salir de casa: «Me visto con toda tu armadura para bla, bla, bla, bla, bla…»

Y vamos recitando cada una de las partes, aunque después no lo lleváramos a la práctica, porque nunca entendíamos que se trataba, en realidad, de una enseñanza para tener una práctica especial, para tener una actitud a lo largo de ese día.

También hay otras. No te vayas a pensar que es la única.

Acostumbramos a inventar ideas, expresiones, creyendo que son la varita mágica, que son el martillo de Thor o el rayo de Zeus:
«Decreto, reprendo, digo, bla, bla, bla…»

Y solamente estamos repitiendo vanas palabrerías.

Pero la armadura de Dios tiene un para qué. No es para recitarla. Es para poder estar libres de todos los engaños o las artimañas del diablo.

«Protéjanse con toda la armadura que Dios les ha dado, para que puedan estar firmes contra los engaños del diablo». (Efesios 6:11 DHH)

Venimos hablando hace unos cuantos meses acerca del enfoque,  de los pensamientos, de las palabras negativas, del engaño con el que el enemigo nos quiere manipular.

Venimos hablando hace mucho tiempo acerca de la identidad, de la posición que tenemos que tomar, entender quiénes somos en Cristo y la importancia de la tarea que Él nos encomendó.

Todo eso se solucionaría si sencillamente nos pusiéramos el yelmo de la salvación (Efesios 6:17), que guardara nuestra mente y nuestros pensamientos.

¿Qué es ponerte el yelmo de la salvación?

Entender que estás cubierto porque Jesús te salvó. Entender que Él está por encima de todas las cosas y que la gracia tiene más poder que el juicio.

El yelmo (casco) tiene la virtud de que, si te tiran una piedra o si te tiran un flechazo a la cabeza, lo que hace el enemigo no te va a matar. Tal vez te aturda un poco, pero nada más.

Venimos hablando hace tanto tiempo ya respecto al cuidado de nuestras emociones: a no dejarnos cautivar ni por las pasiones ni por las tentaciones; a no dar lugar a las reacciones emocionales que nos pueden llevar a caminos o a metas perjudiciales, que nos pueden sacar del propósito y del camino del Señor.

¡Qué fácil sería si sencillamente nos pusiéramos la coraza de justicia (Efesios 6:14) y entendiéramos que estamos justificados, que toda nuestra vida ha sido lavada, limpiada por la sangre de Jesús!

Así podría seguir diciéndote acerca del cinturón de la verdad (v 14), de las sandalias del Evangelio (v 15), del escudo de la fe (v 16).

Cada una de esas cosas tiene la virtud de cubrir, de guardar determinadas áreas de nuestra vida para, de esa manera, estar libres de las asechanzas, de las artimañas y de los engaños del enemigo.

Pero no son cosas para vestirte y hacer el acting de que te las estás poniendo.
Son cosas para hacer, para llevarlas a la acción. Son cosas para creer, entender y manejar por fe.

Termina diciendo Pablo, al empezar esta descripción, mientras está mirando a ese soldado que lo tiene preso en esa cárcel en Éfeso, que cuando hayas terminado todo, te mantengas firme (Efesios 6:13).

¿Cuántas veces hablamos acerca de la firmeza?

Hoy es un día muy particular. Hoy no comienza la celebración de nuestro décimo quinto aniversario, pero hoy cumplimos 15 años como iglesia. Y si a lo largo de estos años una cosa he aprendido es esta: no uses vanas repeticiones, sino hablale a Dios de frente, cara a cara, corazón a corazón y con una total sinceridad.

2 comentarios en “Rutina religiosa”

Dejar un comentario