Tengo que confesar que mi corazón me llevaba a escribir otra cosa. Cuando leí a Pablo diciendo que no importa cómo anuncies el evangelio, aunque no seas sincero al hacerlo, aun para obtener algún beneficio personal o para competir con otro «anunciador»; o sea, que no importa ni la forma ni la intención, dije: ¡Agárrense!
«Pero ¿qué importa? De cualquier manera, con sinceridad o sin ella, anuncian a Cristo; y esto me causa alegría. Y todavía me alegraré más». (Filipenses 1:18 DHH)
Pero el corazón es engañoso… ¡Ufa!
Así que no voy a hablar de los que critican, señalan, acusan o juzgan la forma de predicar de otros.
Porque «el corazón es engañoso…».
Son los mismos que dicen, por ejemplo, quién puede o no puede presentarse delante de Dios, o tener comunión con Él.
Son los que no prestan mucha atención a los requisitos que da el Salmo 15 sobre quién puede o quién no, sino que ponen sus propias condiciones.
Son los que piensan que todavía estamos en épocas de Moisés o Abraham, donde «literalmente», para encontrarte con Dios, debías subir al monte Sion.
Son los que no entienden que Jesús… descendió.
Descendió del cielo… y se hizo hombre.
Descendió al estanque… y sanó al paralítico.
Descendió del monte… y liberó al endemoniado.
Descendió a Gadara… y liberó a otro endemoniado, peor que aquel.
Descendió de Nazaret a Capernaum… y sanó a muchos.
¡Incluso Dios descendió del cielo!
Montado sobre un querubín… «porque se agradó» de David. (Salmo 18:9-10)
Dice Isaías que Dios:
«…el Altísimo, el que vive para siempre y cuyo nombre es santo, dice: “Yo vivo en un lugar alto y sagrado, pero también estoy con el humilde y afligido, y le doy ánimo y aliento”». (Isaías 57:15 DHH)
Sí, Dios vive en un lugar inaccesible para la carne humana y para el corazón carnal.
Sí, Dios vive en «un lugar alto y sagrado», al cual nadie puede acceder.
Sí, es cierto que Dios «resiste al soberbio, pero concede gracia al humilde» (Santiago 4:6).
Sí, también es cierto que Dios «no echa fuera al corazón humillado» (Salmo 51:17)
Pero la manera del encuentro sucede… porque Dios desciende.
Desciende de su gloria.
Desciende de su majestad.
Desciende de su trono.
Para que puedas acercarte a Él.
No se trata de esfuerzos sobrehumanos, ni santidades de cartón. Se trata de que muestres a Dios un corazón dispuesto, reconozcas tu incapacidad y busques acercarte a Él.
No te confíes en tus fuerzas… «el corazón es engañoso» (Jeremías 17:9)
