Es un principio de la vida. Es de esas cosas que forman parte de la sabiduría popular, que no sabés quién las dijo o enseñó, pero que todos conocen:
«Si el cielo se pone negro, va a llover».
«Si se siente un aire cálido y pesado, viene tormenta».
«Si una bandada de pájaros se levanta de repente… algún peligro acecha».
«Si el perro da vueltas, se va a acostar…».
Bobadas, supersticiones, mitos, certezas. De todo un poco, cosas que se suman a la tradición de pueblos y culturas y que algo de razón siempre tienen.
Así, en la misma línea, está el principio bíblico: «Todo lo que el hombre siembre, eso va a cosechar» (Gálatas 6:7), que se aplica a todo en la vida. El refranero responde: «El que siembra vientos cosecha tempestades» (Oseas 8:7).
No hay manera de evitarlo. Es así. Es un ida y vuelta, así que, entre paréntesis, te digo que te fijes bien lo que sembrás.
Ah, era entre paréntesis (¡Fijate bien lo que sembrás!).
Principios inviolables o inevitables, como el que te enseña que todo lo que uno quiere que crezca bien debe ser cuidado; que al bebé hay que alimentarlo y abrigarlo; que al potrillo hay que domarlo; que la planta debe ser regada y el árbol debe ser podado.
También una pared que estés levantando necesita una plomada para crecer derecha, mientras que un árbol necesita un tutor para desarrollarse sin torcerse. De la misma manera, una persona necesita cuidado, dirección y formación para desarrollarse, ser productiva y eficiente, y dar fruto al treinta, al sesenta o al ciento por uno (Mateo 13:23).
¿Pero por qué esa manía mediocre de pretender que la planta crezca sola, guacha, «a la que te criaste»?
¿De dónde sacamos ese pensamiento berreta y fatalista de que lo que es, es y no puede cambiar?
¿Cómo querés tener un título sin terminar la carrera?
Hablando de carreras, ¿tendrías la victoria asegurada sin entrenar?
Yo creo mucho en la improvisación. Pero vivir improvisando es un pasaporte al fracaso. La improvisación te sirve cuando te encontrás entre la espada y la pared y tenés que resolver en el acto.
Pero aun la improvisación se tiene que entrenar.
Dijo Salomón:
«Quien cuida la higuera comerá su fruto, y el que mira por los intereses de su señor tendrá honra» (Proverbios 27:18, RVR1960).
¡Ah, pero es un simbolismo! Sí, Salomón te está hablando entre líneas: para recibir lo que buscás, no podés pasar por alto el esfuerzo, el cuidado y la preparación. También recibir el reconocimiento de Dios requiere que cuides sus cosas, te ocupes de su obra y trabajes por cumplir el propósito que tiene con vos.
¿Querés resultados?
¿Querés alcanzar una meta?
¿Querés dar fruto en lo que hacés?
Cuidá lo que tenés en tus manos… ¡cuidá la obra del Señor!
