¿La gracia invalida la justicia de Dios? ¿La justicia invalida la gracia?
En los últimos años fuimos testigos de cómo ciertas deformaciones de las ideologías humanas se pusieron prácticamente en contra de los principios de la Palabra de Dios.
No me refiero únicamente a los conceptos de identidad de género y todo lo que eso trae aparejado, sino también a determinadas ideas respecto de la justicia, de la manera de aplicarla y de los derechos humanos.
Ese concepto extraño que sostiene que castigar a un chico, por ejemplo, solamente va a dañar su integridad emocional y no va a producir ningún resultado, y que cualquier medida correctiva forma parte de la violencia machista.
No quiero volver al tema al que inevitablemente me lleva este comentario. Lo que sí quiero señalar es que estas ideas van a terminar generando una sociedad débil, insegura de sí misma, y que las siguientes generaciones corran el riesgo de ser fácilmente manipulables.
Junto con esto aparecieron otras ideas todavía más extrañas que aquellos «extraños peinados nuevos» que mencionaba Charly García. Entre ellas, la de cuestionar el esfuerzo personal y el mérito.
«Premiar el mérito —dicen algunos— es enriquecer a los ricos y condenar a la miseria a los pobres».
Piensan que reconocer el mérito significa dejar a algunos sin posibilidades de desarrollo y crecimiento, y favorecer únicamente a quienes ya cuentan con esas posibilidades. Es como pensar que solo los que nacen en cuna de oro tienen oportunidades en la vida, mientras que los demás están condenados a la perdición y al fracaso.
Ellos piensan eso…
Pero ¿qué dice la Biblia al respecto?
Vuelvo a la pregunta original: ¿la gracia invalida la justicia? ¿La justicia invalida el efecto de la gracia?
Si me quedo en el ámbito teológico, estoy frente a una de las grandes discusiones del cristianismo evangélico y protestante: por un lado, quienes sostienen que la soberanía de Dios determina quiénes serán salvos; por otro, quienes enfatizan la responsabilidad humana y la posibilidad de responder a la gracia de Dios.
Algunas corrientes evangélicas sostienen que el ser humano está destinado a la perdición y que algunos nacen para salvarse y otros para perderse. Sin embargo, la Palabra de Dios nos muestra que el ser humano puede cambiar y ser transformado.
No vamos a levantar de la tumba a Calvino y a Arminio o a Lutero y Erasmo para reflotar aquellas viejas discusiones. Vamos a quedarnos con la Palabra de Dios y a preguntarnos qué dice al respecto.
Y lo que encontramos es que el mérito tiene peso.
Porque, si no fuera así, ¿por qué Jesús elogió a los dos primeros siervos de Mateo 25 y reprendió al tercero? ¿Por qué reconoció a quienes obtuvieron resultados y expuso la actitud de aquel que no hizo nada con lo que había recibido?
¿Por qué Jesús habla de dar fruto y de producir “un fruto que permanezca”? ¿Por qué enseña que debemos ser “podados para dar más fruto”?
Y, ya que estamos hablando de fruto, ¿por qué también dice que “el árbol se conoce por su fruto”?
Salomón, el gran maestro de la sabiduría, también dijo que “en toda labor hay fruto, mientras que las vanas palabras de los labios empobrecen“. En otras palabras, nos está mostrando que nuestras acciones producen resultados. Si no hacemos nada, no habrá resultados que recoger.
El mérito importa.
Así llegamos a Jeremías. El profeta está hablando del juicio contra Babilonia, de aquellos que se levantaron contra Dios y del castigo que les sobrevendría. En ese contexto, dice:
«Vinieron a destruir Babilonia; ya capturaron a sus guerreros y les hicieron pedazos sus arcos. Porque el Señor es un Dios que a cada cual le da lo que merece». (Jeremías 51:56, DHH)
El Señor es un Dios que da a cada cual lo que merece.
¡Ah! ¿Acaso no es lo mismo que dice Apocalipsis cuando anuncia que “él viene para pagar a cada uno según haya sido su obra”? ¿O no es lo que enseña Pablo cuando habla de que “nuestras obras serán probadas por el fuego”? Aquello que haya sido edificado sobre fundamentos equivocados desaparecerá, mientras que lo que permanezca será lo que haya resistido la prueba.
Sí, hay una responsabilidad en hacer las cosas bien. Sí, el mérito importa.
El mérito importa porque habla del esfuerzo que hago. Esmerate en hacer aquello que Dios me dio para hacer.
El mérito importa porque muestra que me interesa cumplir con lo que llegó a mis manos y que no hago las cosas simplemente por hacerlas.
El mérito importa porque demuestra que amo a Dios y su obra, y que no estoy acá solamente para recibir algún beneficio.
¿Qué pasa, entonces, con la gracia?
No pasa nada con la gracia. La gracia sigue siendo el favor inmerecido de Dios. (¿Ves como aparece el mérito a cada rato?) No tenés que hacer nada ni podés hacer nada para comprar el favor de Dios. La salvación no se gana por las obras.
Ni tampoco podés hacer nada o dejar de hacerlo para que Dios te quite lo que no merecías.
En definitiva… el mérito siempre está presente.
La gracia no invalida la justicia, ni la justicia invalida la gracia de Dios. Ambas deben entenderse dentro del propósito de Dios y de lo que él nos revela en su Palabra.
¿Qué estás haciendo para Dios?
¿Qué llegó a tus manos?
¿Qué te dio él para hacer?
¿Qué dones recibiste?
¿Cuál es el propósito de Dios para tu vida?
¿Qué estás haciendo con lo que Dios te dio?
Más allá de cuál sea la tarea específica que Dios te haya encomendado y de cuánto hayas recibido, esforzate y esmerate para que aquello que está en tus manos produzca el mejor resultado posible.
No se trata de ganarte el amor de Dios ni de comprar su favor. Se trata de responder con fidelidad a lo que recibiste.
Porque Dios no te va a pedir cuentas por lo que puso en manos de otros, sino por lo que vos hiciste con aquello que puso en las tuyas.
El mérito… cuenta.
