Evangelio… Iglesia… Reino

Iba a escribir sobre otro tema. Iba a hablar de proceso, ya que hoy mismo es el tema del 4.º capítulo de la serie que estamos predicando: Caminando hacia el propósito. Este 4.º paso es, precisamente, el proceso.

Te iba a hablar de las circunstancias en relación con el proceso. De cómo lo que cambia el destino al que esas circunstancias nos llevan es el enfoque; que, según cómo las miremos y qué hagamos con ellas, se van a convertir en una herramienta de crecimiento y desarrollo o en un lastre que provoca estancamiento.

Pero llegué a Hebreos.

Vos sabés que yo voy siguiendo el plan de lectura bíblica diaria de la iglesia y, a medida que avanzo en él, Dios me va hablando. Tal vez en Proverbios, tal vez en el libro que toque del AT, tal vez en los evangelios o las epístolas, tal vez en Salmos. Ese es el orden del plan.

Dios te habla en su Palabra y puede ser en cualquiera de estas lecturas, pero todos los días hay por lo menos un rhema, esa palabra que te toca especialmente, que te duele para crecimiento, que te anima, te levanta, te confronta. Y a veces puede haber más de una.

¡Y llegué a Hebreos! (Ah, ya te lo había dicho).

Y no puedo pasar por alto esto que, por ignorarlo o evitarlo, puede convertir a la iglesia en una bolsa de gatos religiosos, que se pelean entre sí por una presa, que se atacan sin razón, aunque todos tengan razón, y que no llevan a ningún lado. Solo consiguen que la gente no quiera saber nada con ellos. Con ella, con la iglesia.

«Así que sigamos adelante hasta llegar a ser adultos, dejando a un lado las primeras enseñanzas acerca de Cristo. No volvamos otra vez a las cosas básicas, como la conversión y el abandono de las obras que llevan a la muerte, o como la fe en Dios» (Hebreos 6:1, DHH).

¿Vos te imaginás a un adolescente o adulto comiendo únicamente comida para bebés?
¿Te imaginarías a ese mismo joven, o ya adulto, siendo llevado de la mano por su mami?
¿Qué fruto esperarías de una persona criada así?
¿Qué podés esperar de alguien que por el resto de su vida es tratado como un chico?

Eso hizo la iglesia. Eso hace la iglesia. Y yo me resisto a eso.

Unos versículos más adelante, el autor de Hebreos le da un poco más de contexto a la situación, o al menos explica las razones por las que eso debe cambiar. Dice:

«No queremos que se vuelvan perezosos, sino que sigan el ejemplo de quienes por medio de la fe y la constancia están recibiendo la herencia que Dios les ha prometido» (Hebreos 6:12, DHH).

Seguir dando vueltas sobre lo mismo solamente te vuelve un vago. Y Dios no te llamó para «criar sebo», como diría mi mamá, sino para dar fruto «y que tu fruto permanezca» (Juan 15:16).

El evangelio es reino, el evangelio es acción, el evangelio es fruto, el evangelio es transformación.

Una iglesia que solo predica salvación y segunda venida, que vive discipulando pero no formando, está condenada al estancamiento espiritual.

¿Fuerte? Más fuerte es ver el avance del progresismo y el islam y que la iglesia no haga nada por «corrección política».

Fuimos llamados para «andar en buenas obras» (Efesios 2:10), para «ser sal y luz» (Mateo 5:13-16), para «alumbrar en medio de la oscuridad» (Filipenses 2:15), «para adaptarnos sin amoldarnos» (Romanos 12:2), para afectar y transformar.

Tal vez en este punto sí tendría que detenerme y hablar de circunstancias.

Porque somos de buscar el kairós sin atender al «a tiempo y fuera de tiempo» (2 Timoteo 4:2); de buscar «el vellón en el campo» (Jueces 6:36-40), sin prestar atención al «viento en las balsameras» (2 Samuel 5:23-24)… A pedir permiso en vez de confrontar.

¿Y si las circunstancias que estás viviendo son el terreno apropiado y el momento oportuno para que «sea vista tu luz»?
¿Y si ahí donde estás, aunque veas todo opresión y oscuridad, es el lugar indicado para que puedas «resplandecer»?

Te dejo dos pasajes y me voy. Ya tengo hambre:

«¡Levántate, resplandece! ¡Tu luz ha llegado! ¡Ya la gloria del Señor brilla sobre ti! La tierra está cubierta de tinieblas, y una densa oscuridad envuelve a las naciones; pero sobre ti brilla el Señor, como la aurora; sobre ti se puede contemplar su gloria. Tu luz guiará los pasos de las naciones; los reyes se guiarán por el resplandor de tu aurora» (Isaías 60:1-3, RVC).

«Esto dice el Señor: Yo los desterré y los dispersé entre las naciones, entre países extraños, pero solo por un corto tiempo. Ahora yo mismo seré un santuario para ellos en los países adonde han ido» (Ezequiel 11:16, DHH).

En medio de tu circunstancia podés hacer la diferencia y mostrar una vida transformada para dar ejemplo y mostrar el camino a la bendición, la plenitud… y la salvación.

¿Qué estás haciendo con lo que Dios te dio?

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